Encíclica para el diálogo

DOS años después de su primera encíclica Dios es amor, centrada sobre el amor cristiano, Benedicto XVI ha dado a la Iglesia su segunda encíclica sobre la esperanza cristiana, cuyo título en latín es

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DOS años después de su primera encíclica Dios es amor, centrada sobre el amor cristiano, Benedicto XVI ha dado a la Iglesia su segunda encíclica sobre la esperanza cristiana, cuyo título en latín es «Spe salvi», palabras que toma de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 24: «En esperanza hemos sido salvados». Si se me permite expresar un deseo, esta encíclica debería ser objeto de la reflexión y el diálogo en el seno de las comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de Adviento y también en la próxima Cuaresma. De manera especial, creo que esta carta pontificia debería ser asumida por las instituciones cristianas de ámbito universitario y más concretamente por las obras dedicadas al fomento del diálogo entre el cristianismo y las culturas actuales.

Al igual que «Deus charitas est», esta segunda encíclica tiene también una impronta muy personal del que durante muchos años fue profesor universitario de teología. El Papa Ratzinger se expresa en su doble condición de intelectual y de pastor, o de pastor intelectual. Siempre con un estilo amable, dialogante y positivo -del que dio buena prueba en sus mensajes durante su viaje a Valencia-, despliega su análisis sobre la situación de la cultura actual, en diálogo especialmente con el ámbito alemán -filosófico y teológico- al que él pertenece y que tanta influencia ha tenido en Europa.

¿Dónde cabe situar la intención y el núcleo de esta carta? A mi entender, Benedicto XVI asume lo que constituyó uno de los propósitos fundamentales de su antecesor inmediato, Juan Pablo II. Con toda la energía de su carácter y de hombre de acción, el Papa Wojtyla se propuso responder al reto de la secularización. Lo hizo con sus grandes capacidades y sobre todo en el ámbito de la acción. Benedicto XVI asume este mismo reto, pero en un nivel más profundo, en diálogo sobre todo con los humanismos de nuestros tiempos, situando el diálogo allí donde, en opinión de algunos, se deciden muchas de las cuestiones más graves de nuestro tiempo: en el nivel de la visión del hombre, en el ámbito de la antropología.

¿Cabe una visión del hombre sin trascendencia? ¿No sigue siendo verdad que, como dijo Pascal, «el hombre supera infinitamente al hombre»? El Papa afirma que «el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». La esperanza para el Papa tiene un contenido. El afirma que «llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza». Así se comprende otra afirmación de la encíclica: «Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, está sin esperanza». La lectura de la encíclica ha traído a mi memoria el nombre de Pablo VI. Con su fina sensibilidad intelectual, tan abierto sobre todo a la cultura francesa, Montini -en el clima del Concilio Vaticano II- fue el inspirador de un diálogo y un acercamiento entre el cristianismo y la modernidad. Ahora los problemas son nuevos y quizá más graves que hace cuarenta años. Pero Benedicto XVI continúa en este mismo empeño invitando a un diálogo y a una autocrítica tanto a la modernidad como a la fe cristiana.

Lluís Martínez

Sistach

Cardenal-arzobispo

de Barcelona

GLOSA DOMINICAL