Un Dürrenmatt recargado
Una de las imágenes de la obra dirigida por Blanca Portillo - Son Aoujil
TEATRO / «LA AVERÍA»

Un Dürrenmatt recargado

Autor: Friedrich Dürrenmatt. Dirección: Blanca Portillo. Versión teatral: Fernando Sansegundo. Intérpretes: Daniel Grao, Emma Suárez, Fernando Soto, José Luis García-Pérez, Asier Etxeandia, José Luis Torrijo. Teatre Romea

sergi doria
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El adjetivo que viene a la mente, después de ver “La avería”, itinerario por los sombríos vericuetos del lenguaje procesal, es calificar este Dürrenmatt del 79 de “kafkiano”. Repasar el argumento de la obra parece confirmar tal diagnóstico. Un representante comercial de fibras sintéticas que pilota un lujoso Studebaker se queda tirado en un paraje rural y es acogido por un grupo de “aparentemente” venerables ancianos para que pase la noche en su caserón y saboree las “delicatessen” que prepara una enigmática “mademoiselle” (Emma Suárez).

Pero lo que había de ser una entrañable velada, repleta de anécdotas de jubilados y caldos excelentes, deviene en un inquietante proceso judicial de los anfitriones -juez, fiscal, abogado defensor, y verdugo- en torno a la vida del visitante, ejemplo del hombre faustico, el “self made man” que ha trepado por la vida “a codazos” y que en lugar de perseguir los sueños los ha agarrado al paso, sin plantearse daños colaterales. Verbigracia: la experiencia de la mayoría silenciosa en una sociedad deshumanizada donde priva la competitividad y el éxito, sostenida por la máxima maquiavélica de que el fin puede justificar los medios. El delito del visitante es, precisamente, su “modernidad” y la acusación del tribunal su falta de responsabilidad moral pese a los atenuantes del abogado defensor: “La ambición es un cáncer, pero no es un crimen”.

Un Dürrenmatt que conjuga Kafka con Camus al que Blanca Portillo aplica una ambientación entre gótica y vampírica: por ejemplo, las formas de Nosferatu del fiscal. Es una lástima que la excelente interpretación quede camuflada por tanto maquillaje y tono ampuloso, cuando lo que acentúa el efecto “procesal” de la obra sería, precisamente, lo contrario: personajes de apariencia anodina, sin tanta coreografía, más cercanos al susurro de confesionario que al bullicioso esperpento.

El texto de Dürrenmatt tiene suficiente sustancia para no haberle de aplicar tanto complemento “vitamínico”. Como afirma el juez de “La avería”, la vejez no tiene ningún mérito porque viene sola y esta pieza en clave kafkiana sobre la expiación necesaria para enfrentarse a la verdad de nuestras vidas no necesitaba de afeites ni aderezos gestuales. Es como inundar de salsa una langosta recién pescada.