El lapsus de Montoro

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Como es bien sabido, aquí, en el Callejón del Gato, la Vida nunca ha dejado de ser un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que exhibe las caries; el Infierno, un caldero hirviendo en el que los pecadores se achicharraran como boquerones; el Cielo, una kermés sin obscenidades, adonde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María; y la Teoría Económica, un exhaustivo vademécum con el inventario de las máximas de la abuela. Nunca estirar más el brazo que la manga, la avaricia rompe el saco, y parejos teoremas de aproximado calado analítico y conceptual. No es de extrañar, pues, ese furor neocalvinista, esa repentina devoción nacional por el aceite de ricino presupuestario. La entusiasta fe del carbonero que todo el mundo parece depositar en los «ajustes» fiscales. Inopinada querencia sadomasoquista que, más pronto que tarde, habrá de abocarnos a la consabida paradoja de la austeridad. Círculo vicioso en el que los recortes del gasto a fin de achicar el déficit mutilan un crecimiento potencial raquítico. Algo que constriñe la recaudación tributaria del Estado, el lastre añadido que agrava el problema del servicio de la deuda soberana, generando más déficit y más… deuda. Tal como acaba de augurar, por cierto, el último informe sobre España del FMI.

Así las cosas, el ministro Montoro, de Hacienda, ha dado en terciar al castizo modo. O sea, con uno de esos aparatosos brindis al sol tan del gusto del honrado pueblo. Que va a promover una nueva ley para meter a los políticos manirrotos en la cárcel, ha venido a insinuar el flamígero don Cristóbal entre aplausos del graderío. Muy benemérito propósito el suyo que, sin embargo, presenta una pequeña pega. Y es que esa estricta norma legal ya existe. Responde por Ley General Presupuestaria (47/2003) y, por más señas, la elaboró, ¡ay!, el propio Montoro cuando Aznar, en su anterior etapa ministerial. No, si va a resultar lo que dijo aquel otro: que la memoria es un gran cementerio.