Daniel Tercero - Dazibao

Populismos siglo XXI

«El populismo abre un horizonte de posibilidades y una ventana de oportunidades en momentos de crisis económicas y sociales»

BarcelonaActualizado:

Habrá que esperar un tiempo para saber si ha nacido un nuevo género ensayístico en Europa y si este tiene un subgénero español. El populismo está de moda -no solo en las urnas- y la explosión literaria no ha hecho, quizás, más que empezar. Analistas, politólogos, sociólogos y periodistas, en general, intentan explicar los populismos del presente y algunos, incluso, hasta crear doctrina de cara al futuro. Sin embargo, el populismo no se puede explicar sin recurrir a la historia y eso es lo que hace Federico Finchelstein.

Este profesor de Historia en la New School for Social Research de Nueva York (EE.UU.) es un argentino (Buenos Aires, 1975) que lleva estudiando los procesos populistas y el fascismo desde hace lustros. Un desconocido en España cuyo paso, hace ahora unas semanas, se ventiló casi a escondidas (poco más de un par de entrevistas en los diarios). Su último libro, Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2019), debería ser el punto de partida de cualquier interesado en conocer el populismo del siglo XXI y las bases teóricas por las que se llega a él.

Finchelstein (y no es el único) advierte a los facilones y aprovechados de hoy que el populismo puede convivir con la democracia y que esta forma de gobernar se distancia del fascismo por la no utilización de la violencia («el fascismo borra el sistema democrático de representación electoral, mientras que el populismo viene recreando la democracia desde 1945»). El fascismo (palabra manoseada cada día por el politicucho de turno) es el padre del populismo, y este es una versión corregida y adaptada a los tiempos. El historiador argentino no se cansa de repetir que el populismo es no solo compatible con las elecciones democráticas sino que las urnas son totalmente imprescindibles para el populismo. De la misma manera, el profesor también recuerda que el populismo puede ser tanto de derechas como de izquierdas (con sus matices y diferencias) y que el primer populista de la historia fue Juan Perón.

Así, el populismo surgió después de 1945 y, con la llegada de los últimos protagonistas (Donald Trump, Tayyip Erdogan, Viktor Orban y Nicolás Maduro, por poner algunos ejemplos), se podrían diferenciar cuatro fases históricas. Una primera («populismo clásico») que afectaría a Sudamérica básicamente y tomaría como ejemplo el peronismo, al que le seguirían el varguismo (Brasil), el gaitanismo (Colombia), el periodo de José María Velasco Ibarra (Ecuador) y casos similares en Venezuela, Perú y Bolivia. La segunda etapa («populismo neoliberal»), con efectos en Sudamérica y los primeros brotes en Europa (Carlos Menem, Fernando Collor de Melo, Abdalá Bucaram, Alberto Fujimori y Silvio Berlusconi). La siguiente fase («populismo neoclásico de izquierda»), con los Kirchner (Argentina), Hugo Chávez y Maduro (Venezuela), Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia) y los partidos Podemos (España) y Syriza (Grecia). Y la última fase («populismo neoclásico de derecha y extrema derecha»), cuya expansión es total y efectos todavía no evaluados con ejemplos en EE.UU., Filipinas, Guatemala, Austria, Italia, Finlandia, los ya citados Erdogan y Orban y los más recientes UKIP (Reino Unido) y Frente Nacional (Francia), entre otros. Finchelstein no cita ningún caso español en este grupo, ya que su libro es original en inglés y fechado en 2017. Pero es en esta fase en la que tiene cabida Vox, tal y como se desprende de sus declaraciones hechas en las entrevistas (por ejemplo: El Mundo, 4 de julio de 2019).

Pero más allá de clasificaciones -más o menos discutibles y más o menos analíticas- lo más relevante del libro de Finchelstein es, realmente, el decálogo de puntos comunes que todo populismo practica y potencia. Dieciséis aspectos por los que se conoce al populismo, cuyo ejemplo concreto (no hay dos populismos iguales) combina algunos de estos «rasgos comunes». Todo un decálogo como punto de partida para la discusión académica. Uno: «La adhesión a una democracia autoritaria, electoral, antiliberal, que rechaza en la práctica la dictadura». Dos: «Una forma extrema de religión política». Tres: «Una visión apocalíptica de la política que presenta los éxitos electorales, y las transformaciones que esas victorias electorales transitorias posibilitan, como momentos revolucionarios de la fundación o refundación de la sociedad». Cuatro: «Una teología política fundada por un líder del pueblo mesiánico y carismático». Cinco: «La idea de que los antagonistas políticos son el antipueblo, a saber: enemigos del pueblo y traidores a la nación». Seis: «Una visión débil del imperio de la ley y la división de poderes». Siete: «Un nacionalismo radical». Ocho: «La idea de que el líder es la personificación del pueblo». Nueve: La identificación del movimiento y los líderes con el pueblo como un todo». Diez: «La reivindicación de la antipolítica, lo que en la práctica implica trascender la política tradicional». Once: «La acción de hablar en nombre del pueblo y contra las elites gobernantes». Doce: «Presentarse a sí mismos como defensores de la verdadera democracia y opositores a formas reales o imaginadas de dictadura y tiranía (Unión Europea, estados paralelos o profundos, imperios, cosmopolitismo, globalización, golpes militares, etc.)». Trece: «La idea homogeneizadora de que el pueblo es una entidad única y que, una vez el populismo convertido en régimen, este pueblo equivale a sus mayorías electorales». Catorce: «Un antagonismo profundo, incluso una aversión, con el periodismo independiente». Quince: «Una antipatía hacia el pluralismo y la tolerancia política». Y dieciséis: «Un énfasis en la cultura popular e incluso, en muchos casos, en el mundo del entretenimiento como encarnaciones de tradiciones nacionales».

El populismo abre un horizonte de posibilidades y una ventana de oportunidades en momentos de crisis económicas y sociales. «El populismo está genéticamente e históricamente ligado al fascismo. Se podría sostener que es su heredero: un posfascismo para tiempos democráticos, que combina un compromiso limitado con la democracia y que presenta impulsos autoritarios y antidemocráticos».

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