DESDE EL IESE

Las cosas por su nombre

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SON las diez de la noche. Estoy esperando a embarcar en el avión y observo cómo una madre se esfuerza en que su hijo recién nacido no se desvele. Me pregunto cómo alguien en su sano juicio puede justificar el infanticidio.Esto es lo que acaban de hacer un par de individuos en un artículo en el que sostienen que un feto y un recién nacido son dos seres «moralmente equivalentes», de modo que las mismas razones que justifican el aborto sirven también para el infanticidio.

Para argumentar su postura los autores se inventan una definición de persona. Sólo es persona —dicen— quien puede decidir sobre su futuro. ¡Con esa definición la lista de situaciones que tendrían el mismo final sería enorme! Y además se inventan un nuevo término, lo suficientemente dulcificado para que no cause rechazo. En vez de infanticidio los autores hablan de «aborto post parto». Una vez más la manipulación del lenguaje al servicio de los peores crímenes.

Advierten sin rubor que la mejor opción sigue siendo el aborto en las primeras fases del embarazo, pero proponen que, si las circunstancias cambian (alguna enfermedad no identificada durante la gestación, algún problema en el parto, o incluso circunstancias económicas, sociales o psicológicas), los padres puedan tener la opción de matar al recién nacido.

La lógica del argumento es tan contundente y la acción tan aberrante que puede conseguir el efecto contrario al que se propone. Si no hay diferencia entre un feto y un recién nacido, igual que ellos hablan de «aborto post parto» para referirse al infanticidio, podría hablarse —como leía en un comentario a la noticia— de «infanticidio pre parto» para referirse al aborto, porque, al fin y al cabo, eso es lo que el aborto es, un infanticidio.

Joan Fontrodona es profesor de ética empresarial, IESE Bussiness School.