La conversión ecológica

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EL libro del Éxodo llama al Horeb la montaña de Dios. En algunas páginas de la Biblia el Horeb se identifica con el Sinaí, pero en realidad el Horeb es una montaña próxima al Sinaí, en la que Dios manifestó su nombre a Moisés y le llamó a la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

También en el Horeb, el profeta Elías vive un episodio muy significativo, narrado en el capítulo 19 del primer libro de los Reyes. Elías, perseguido, ha de huir hacia el Horeb. Llegado allí, el Señor le dice: «Sal y quédate en pie ante mí en lo alto de la montaña, que yo -el Señor- pasaré». «Entonces -sigue la narración de la Biblia- pasó antes del Señor un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta».

Esta es la lección del profeta Elías en el Horeb: Dios no está en las fuerzas destructivas ni en la violencia y la destrucción de la naturaleza; Dios se hace presente en el susurro, que respeta la naturaleza.

Los obispos italianos parten de este hecho ocurrido en el monte Horeb para sacar una invitación a respetar la naturaleza, en la jornada que ellos llaman «de la salvaguarda de las cosas creadas» y que organizan un domingo de cada año.

«Hemos de mirar las cosas creadas -afirman los obispos de Italia- con aquella pureza de corazón invocada por Jesús en las bienaventuranzas, que llega a ver todas las cosas creadas como dones de Dios, tanto los lirios del campo como los pájaros del cielo.

En este tiempo estival, en el que muchos ciudadanos reencuentran un renovado contacto con la naturaleza, este contacto puede llegar a ser una ocasión para tomar conciencia de la necesidad de lo que Juan Pablo II llamaba la conversión ecológica.

Vivimos en un mundo marcado por el pecado y a la vez redimido por la gracia de Jesucristo. Esta doble realidad -el pecado y la gracia- atraviesa todas las cosas. San Pablo, en su carta a los Romanos, contempla un mundo que sufre dolores de parto esperando su liberación y el poeta Virgilio se acercó a esta visión con aquel famoso medio verso de la Eneida que dice «Sunt lacrimae rerum», que podríamos traducir diciendo que «¡en la misma naturaleza, todo llora!».

La actual crisis ecológica es una manifestación más de este llanto. Podemos afirmar que el mismo cambio climático, que afecta a la calidad del aire, tan necesario para la vida, es también una manifestación de este llanto. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia invita a reflexionar sobre las relaciones entre la actividad humana y los cambios climáticos. Estos, dada su extrema complejidad, han de ser constantemente estudiados y seguidos a nivel científico, político y jurídico, en el ámbito nacional y en el ámbito internacional.

«El clima -dicen los obispos italianos- es un bien que ha de ser protegido y exige, tanto a los industriales como a los consumidores, un mayor sentido de responsabilidad». Pienso que trabajar en favor de la calidad del medio ambiente natural es hoy una especial responsabilidad también de los cristianos.