Conducir con responsabilidad

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Conducir un coche es como todo acto humano un acto cuya realización exige responsabilidad. Son obvias para todos las consecuencias que se derivan de conducir un camión, un coche o una moto.

Las carreteras y las autopistas se llenan durante los meses de verano con motivo de las vacaciones. Lo cual significa también un aumento de accidentes. Bueno será que pensemos un poco en el deber cívico y moral de conducir observando las normas de tráfico, con prudencia y con mucha solidaridad. Las cifras del número de accidentes, de muertos y de heridos en carretera se han convertido ya en pura estadística. Se compara si son muchas más que en el pasado verano. Sin embargo, detrás de estas cifras hay personas y familias. Todo esto debiera ayudarnos a ser más conscientes de nuestra responsabilidad cuando conducimos un coche o una moto, para obligarnos a hacerlo con la máxima prudencia y también con un sentido afinado de la justicia y del amor hacia los demás, ya sean miembros de nuestra propia familia u otras personas.

La mayoría de accidentes de circulación son debidos a errores humanos: velocidad excesiva, adelantos prohibidos, falta de respeto a las señales de tráfico, exceso de alcohol, etc. No cabe duda de que conducir mal, imprudentemente, en malas condiciones físicas, es una patente de homicida o de suicida.

Es muy cierto que cuando conducimos un medio de comunicación no lo hacemos en medio del desierto, aislados completamente de los demás. Lo hacemos en las autopistas y carreteras, al lado y en medio de muchas otras personas y familias que también circulan. Esto hace que no seamos responsables tan sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás; y tanto la nuestra como la del prójimo no es nuestra, sino de Dios. Por eso, conducir bien es sinónimo de solidaridad. Es un deber de justicia y de amor.

Cualquier vida humana es valiosa e importante. Pero lo más triste es que la mayoría de estas víctimas son personas jóvenes en plena primavera de la vida, y que el noventa por ciento de las causas de los siniestros son infracciones del Código de Circulación que se pueden evitar. También es cierto que, como consecuencia de estos accidentes de circulación, aumentan mucho las personas jóvenes hemipléjicas, las cuales ven limitadas sus capacidades para toda la vida.

La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Los hemos de cuidar razonablemente, teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. El Catecismo de la Iglesia católica, hablando del respeto a la vida corporal, afirma que «los que bajo el efecto de la embriaguez o por gusto inmoderado de la velocidad ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, el mar o el aire, se hacen gravemente culpables».

Bueno es que invoquemos la protección de san Cristóbal, pero a la vez es necesario que seamos conductores responsables y prudentes.