Cómo reciclar la basura en agosto

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Relajarse es lo natural durante este mes de agosto, aunque para ello tenga que hacer uno notables esfuerzos. Y el mayor de todos es leer diariamente la Prensa, y no sólo por motivos esenciales, sino también por los meramente circunstanciales. Conquista uno su trozo de playa, lo tunea (lo que antes se llamaba personalizar) convenientemente con la toalla, sombrilla, mochilita y demás..., coloca la empalizada de lectura, con cualquiera de los volúmenes de la trilogía de Stieg Larsson y con los diarios del día y se estampa en su terreno conquistado.

Puesto que es prácticamente imposible manejar el tocho de Larsson sumido en la horizontalidad de la toalla sin tener los triceps y los abdominales de Aznar, resuelve uno echarle una ojeada a la Prensa. Y levante lo que levante (salvo el bendito ABC, o la bendita grapa de ABC), lo que hará será desplegar una vela que de inmediato atrae a un viento que antes no existía..., las páginas cobran vida, se enroscan como sierpes y ha de leerse la noticia, supuestamente refrescante, con una urgencia y una tensión tremendas, y con el riesgo de confusiones, empastes, equívocos, malentendidos y chorradas que aumentan aún más la perplejidad de lo que se escribe por el mero hecho de que es agosto y la gente ha de relajarse.

A causa de ese juego de hojas volanderas, de textos empastados y lecturas en tensión he tenido estos días pasados auténticos «poltergeist» en mis ojeos a la prensa diaria, sucesos extraños y artículos enfundados en los más ridículos disfraces. Hasta incluso creí leer (una vez fuera de la toalla, ya fui incapaz de encontrarlo) uno que se titulaba «Me cago en mis viejos», que conseguía la proeza de reunir en poco más de un folio tanta basura literaria como un edificio entero de Benidorm de la otra, la de la bolsa negra. Así es agosto, se genera basura compulsivamente, y el publicarla es, en cierto modo, algo así como reciclarla.

En una imaginativa serie de entrevistas agosteñas creí leer hace unas horas que el político Felip Puig decia algo sensato y abogaba por el derecho a decidir del pueblo catalán a propósito de la educación de sus hijos, «no se puede imponer el catalán como única lengua de enseñanza...»

Pero no era más que un golpe de aire, a su declaración se le había pegado una carta al director de una leridana llamada María Caro, pues Felip Puig, como es natural, no iba a decir tal sensatez, sino que el derecho a decidir del pueblo catalán es el que es, o sea, el que él señale; porque Felip Puig termina su declaración agosteña sacando pecho: «Nunca he escondido que mi deseo último es la independencia». Ser independiente es el sueño de cualquier individuo, aunque, claro, militando en un partido no es fácil: ¿No estará pidiendo el señor Puig su carta de libertad en Convergencia?