Cela, junto a Josep Pla y Néstor Lujan
Cela, junto a Josep Pla y Néstor Lujan - ABC
SPECTATOR IN BARCINO

Cela, centenario barcelonés

Esta semana se ha puesto colofón barcelonés al centenario de Camilo José Cela

BARCELONAActualizado:

La única vez que hice campana en mi vida escolar se remonta a 1974. Cursaba el cuarto curso de Bachillerato en los Escolapios de San Antón cuando una tarde parda y fría de invierno que amenazaba con una hora de Física y otra de Educación Física, un compañero de clase y un servidor –tocados ambos por la condición de «lletraferits»– enfilamos la ronda de San Antonio con rumbo a la avenida Puerta del Ángel donde abría sus puertas, junto al cine París, la hoy desaparecida Librería Porter. En mi caso, la expedición tenía su riesgo: mi padre trabajaba en Catalana de Gas, edificio tomado hoy por H&M y podría toparse conmigo en horas lectivas.

Escopeteados por la adrenalina y un ejemplar de «Viaje a la Alcarria» en el bolsillo de la trenka, nos adentramos en aquel espacioso templo de los libros que hoy ocupa una tienda de modas. Don Camilo presentaba una edición de bibliófilo: aguafuertes de un pintor de cuyo nombre no me acuerdo, trufados con textos del escritor que acababa de publicar aquella purga de su corazón que tituló «Oficio de Tinieblas 5». Con paso sigiloso y la agitada conciencia de los fugitivos, aguardamos a que Cela terminara de firmar aquellos libros –más bien cartapacios– que costaban miles de pesetas a una adinerada clientela con predominio de señoras con abrigos de visón.

Y llegó el momento esperado. Rodeados de miradas adultas, con el corazón batiendo y cierto tembleque en las manos sudorosas pusimos al lado de los aguafuertes, la humilde edición de Austral. Don Camilo nos dirigió una de aquellas miradas aparentemente severas que preludiaban una frase socarrona con voz tronante: «¡Hombre! ¡Por fin me encuentro con dos lectores de verdad! Ya estaba un poco harto de todas esas... ¡A ver! ¡Esos nombres!», Satisfechos por ser considerados «lectores de verdad», pronunciamos nuestros nombres con orgullo: «A Miguel Nieto y Sergio Doria, de su amigo Camilo José Cela» escribió segando el nombre con una raya oblicua y segura de tinta que atravesaba el título de «Viaje a la Alcarria».

Esta semana, en el Círculo del Liceo, se puso colofón barcelonés al centenario de Camilo José Cela. Moderados por Sergio Vila-Sanjuán, el director de la Real Academia de la Lengua, Darío Villanueva, y el catedrático y decano de Literatura Española de la Universidad de Barcelona Adolfo Sotelo recorrieron todas las facetas de un escritor casi siempre simplificado por su personalidad mediática.

Se concluyó que Cela había rubricado media docena de novelas memorables; que vivió la paradoja de pasar de ser censor en 1943 a censurado en 1946: Sotelo –que prepara la gran biografía del escritor cuando se libere del decanato– aludió a las páginas zarandeadas por el lápiz rojo de «Las colmena», felizmente recuperadas en la edición del centenario. Además de su Galicia natal y la luminosa Mallorca que alumbró aquel lujo de revista abierta al mundo que fue «Papeles de Son Armadans» –si la hubiera hecho en Madrid se la habrían censurado, apuntó Villanueva–, Barcelona fue para Cela el trampolín editorial que culminaría, a partir de 1954, en la fecunda etapa mallorquina. Como recordó Sotelo, «La colmena» iba a ser en 1946 la primera entrega de «Caminos inciertos», proyecto de mil páginas planteado con Carlos F. Maristany, el editor barcelonés que en 1945 le había publicado en Zodiaco «Pisando la dudosa luz del día», poemas de «adolescencia cruel» datados en 1936 y la sexta edición del «Pascual Duarte» –primera impresa en Barcelona– con prólogo de Gregorio Marañón. Supimos también del escritor que quiso ser pintor hasta que Ruano se lo desaconsejó con una sentencia marca de la casa: «Pinta mejor cuando escribe que cuando pinta».

En la Ciudad Condal, Cela tomó la decisión de dejar el Atlántico y la meseta por el Mediterráneo: «De mi viaje a Barcelona he sacado conclusiones muy saludables y ahora veo de otra manera ese asqueroso mundillo literario de Madrid». Así lo consignaba en carta a Ángel Zúñiga mencionada por el profesor Sotelo en su libro «Viajeros en Barcelona».

De aquellas estancias de posguerra, el contacto con el Ateneo que dirigía el literato camisa vieja Luys Santa Marina; las visitas a Sitges con Ignacio Agustí y César González Ruano de anfitriones. La relación con Destino y la batalla «peseta a peseta» con Josep Vergés a la hora de cobrar los artículos... Como dejó escrito en el artículo «Redescubrimiento de Barcelona», La Vanguardia Española, diciembre del 45: «Volé por las calles donde gozaba perdiéndome y me dejé llevar por los amigos...».

La tarde en que Cela nos firmó «Viaje a la Alcarria», salimos volando de la librería Porter ante la mirada perpleja de las señoras con abrigos de visón y el rumor de los tapones de vino espumoso. Cuando mi padre llegó a casa, le pedí que me firmara una tarjeta para justificar mi ausencia escolar... Al mostrarle, como disculpa de mi falta, el ejemplar firmado, reaccionó de forma parecida al escritor: una mirada seria dio paso al comentario irónico sobre las palabrotas de don Camilo que en aquellos tiempos de tardofranquismo sonaban a liberadora transgresión. Sirvió de atenuante que mi compañero de escapada era también un alumno con buenas notas. El domingo de aquella semana mi padre volvió a pagarme los libros que yo escogía en el mercado de Sant Antoni.