Sergi Doria - Spectator in Barcino

Cataluña y el paganismo banal

Porta Perales califica al paganismo de «rutinario, familiar, difuso, omnipresente y versátil; orienta la conducta del ciudadano y tiene respuesta para todo»

Sergi Doria
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Cuando el pensamiento crítico zozobra, acosado por todo tipo de chantajes emocionales, como ocurre en Cataluña, conviene recobrar fuerzas con un ensayo como «Paganos» (ED Libros), del articulista de ABC Miquel Porta Perales. Veterano antagonista del nacionalismo, en los tiempos en que muchos seguían viendo al nacionalismo como una fuerza constructiva, Porta Perales no se refiere al Procés, pero casi todos los indicadores del paganismo banal contemporáneo que denuncia, convergen –capcioso verbo– en las pompas y obras de esa religión sucedánea que es el nacionalismo.

Porta Perales califica al paganismo de «rutinario, familiar, difuso, omnipresente y versátil; orienta la conducta del ciudadano y tiene respuesta para todo». Pasemos lista: ecologismo, animalismo, culto al cuerpo y la imagen, sociedad como iglesia, ídolos y mitos, «pueblo como comunión de los creyentes», nación, estado, democracia («real»), mística, virtud, sexo, velocidad de lo instantáneo, deporte, gastronomía, magia, azar, frivolidad, mercado, redes sociales, sustitución de Dios por el yo humano.

Hemos aplicado a la situación catalana esta veintena de indicadores que el autor atribuye a una legión de «crédulos, fanáticos, farsantes y vanidosos».

Ecologismo. «Visca la terra», productos de proximidad, tractores ocupando las carreteras… ¿Recuerdan las protestas contra la MAT, la línea de alta tensión entre España y Francia?

Animalismo. Obsesión contra la Fiesta Nacional. Contra los «correbous» de les Terres de l’Ebre, nada que decir.

Culto al cuerpo e imagen. No hay culto al cuerpo, pero la perfección y sincronización icónica caracteriza las movilizaciones independentistas.

Sociedad como iglesia. La comunidad catalana, reconvertida en «pueblo elegido» y bendecida desde Montserrat, aspira a alcanzar una Tierra Prometida «en forma de República».

Ídolos y mitos. Un clásico del nacionalismo que le sigue dando réditos desde la Renaixença.

Pueblo como comunión de creyentes. El «pueblo» no existe, advierte Porta Perales: «Lo que sí existe es un conjunto de individuos que suelen agruparse bajo la tutela de un Estado». Los populismos -sean secesionistas, podemitas o de ultraderecha- tienen todo el día el pueblo en la boca. Un «pueblo» sinónimo de bondad y verdad. «La bona gent» que invocaba Carod Rovira.

La Nación y el Estado. Al nacionalismo identitario y chovinista, Porta Perales opone el patriotismo, entendido como sinónimo de libertad y ley. La nación de ciudadanos. En el caso catalán, el Estado de Derecho frente al quimérico Estat Català.

La democracia apellidada «real» «participativa» o «avanzada». Otro término manoseado por la pinza podemita-independentista. La democracia representativa no les sirve, postulan el «poder popular», los «procesos participativos»: referéndums que acaban celebrándose sin las mínimas garantías... (veáse 1-O). Este discurso, señala el ensayista, quiebra la legalidad democrática: «Conduce a un proyecto de ingeniería social deliberada que pretende conformar ciudadanos de acuerdo al modelo diseñado por quienes –imbuidos de superioridad moral– se consideran a sí mismos los verdaderos representantes del ‘pueblo’. Paradoja: en nombre de la democracia se socava la democracia». ¿Les suena?

La utopía: en la Cataluña secesionista se le llama República Catalana. Un lugar en el que se comerá helado de postre, se doblarán los sueldos y pensiones, no habrá paro y el superávit fiscal permitirá adquirir máquinas tan avanzadas que lo curarán todo. Como la Historia nos ha enseñado, entre la promesa y su supuesta realización hay que sobrellevar una travesía del desierto... para acabar en el infierno.

La virtud. La Cataluña independentista es altruista, comprometida, igualitaria, pacífica, solidaria –«volem acollir»–, buena... Los que se oponen son los malos. En el caso que nos ocupa, España y la Unión Europea.

Sexo. Recordemos la película de Betriu, «Furia española». Ahora se titularía «Furia catalana» y la bandera azulgrana sería una estelada.

El deporte. ¿Qué más se puede decir sobre la instrumentalización política del Barça por el independentismo?

Magia y milagros. «Demasiado pensamiento mágico y poco pensamiento lógico. La magia es una impostura y el mago un impostor», alerta Porta Perales. Cataluña es la tierra del pensamiento mágico. Toda una sociedad atada a un Destino. A los magos ya los conocemos.

La frivolidad. El autor menciona una treintena de ejemplos de frivolidad en todos los ámbitos. Sirvan para Cataluña estos dos: «Se frivoliza la identidad cuando deviene rito de paso y frontera interior. Se frivoliza la democracia cuando se practica por la vía plebiscitaria o refrendaria».

Velocidad y redes sociales. Quién padezca un grupo de independentistas en wassap sabrán de qué va la cosa. Convocatorias, encuestas, consignas para mantener prietas las filas... «Endavant endavant sense idea i sense plan».

Los indicadores citados conforman sociedades cerradas y fundamentalistas que han sustituido a Dios por apaños humanos que intentan consolar a sus consumidores de sus mediocres realidades. El fundamentalismo, refiere Porta Perales, es «iluminado, maniqueo, absolutizador, milenarista, cientifista, moralista, reactivo y excluyente».

Léanse «Paganos» y pondrán a punto el espíritu crítico en plena campaña navideña.

Lean «Paganos» y vigorizaran su espíritu crítico.

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