La caída de Barcelona

De la herencia cosmpolita del 92 a la capital de la insignificancia: Colau promueve una ciudad ignara y sectaria con la sonrisa cómplice del independentismo

Sergi Doria
BarcelonaActualizado:

Hace veinticinco años, Barcelona acababa de celebrar los mejores Juegos Olímpicos de la historia. Pasqual Maragall consolidaba una alternativa metropolitana a la Cataluña pujolista. Al nacionalismo no le hizo ninguna gracia la nominación olímpica: sus cachorros, entre los que figuraba el desastroso exconseller Joaquim Forn, boicotearon la inauguración del Estadio con pancartas de «Freedom for Catalonia»; el entusiasmo ciudadano se impuso al sabotaje separatista.

La Barcelona del mejor Maragall –hay un mal Maragall del tripartito haciendo tonterías con Carod en Jerusalén– trazaba el mapa de las ciudades mediterráneas y proponía compartir capitalidad de España con Madrid… Su hegemonía municipal contaba con el motor de la Corporación Metropolitana: 27 municipios mancomunados contrarrestaban el poder rural de Convergència. Todo eso se fue al garete cuando el PSC empezó a cometer errores.

Por ejemplo, el fiasco del Forum que convirtió a Joan Clos en un personaje risible; el socialismo siguió cediendo a la contraofensiva nacionalista y a los caprichos eco-comunistas de Iniciativa. En la memoria, algunos ejemplos del dogmatismo identitario: prohibición de los toros (excusa animalista para suprimir una fiesta «española»); cierre del Museo Militar (excusa antimilitarista para menguar la presencia del Ejército español); reconstrucción de las cuatro columnas de Puig i Cadafalch que «enjauló» la vista de la ciudad desde Montjuïc.

La ofensiva contra la Barcelona del maragallismo arreció bajo el gobierno de Xavier Trias. Su concejal de Cultura, Jordi Ciurana, decía que debíamos «acabar con el cosmopolitismo mal entendido». Este cronista le contestó que en la URSS estalinista el cosmopolitismo era un delito; el edil no supo qué decir. El trabajo «simbólico» de demolición de la Barcelona «cosmopolita» prosiguió al ritmo de las obras del Born: nos privaban de una biblioteca pública pagada por el Estado y dejaban unas piedras con las que ahora no se sabe muy bien qué hacer, aparte de homilías para adictos al Régimen. El 12 de agosto de 2013, con tres cuartas partes de los barceloneses de veraneo, el alcalde Trias –reconvertido en indepe– quitó de la fachada del ayuntamiento en San Jaime la placa de la Constitución de 1837. Con esta medida, impulsada por Esquerra, la Democracia Catalana de Laporta y el minoritario Reagrupament, se enviaba a los almacenes municipales el recuerdo del liberalismo que combatió a los carlistas.

Sin memoria

El concejal Portabella zanjó el asunto con su arrogancia habitual: la placa era una reliquia del pasado. Resulta paradójico que aquellos que se llenan la boca con la memoria histórica estén tan obsesionados en borrar la memoria que conecta a Barcelona con la Historia de España.

Son los mismos que al salir del Parlament miran de reojo la estatua de Prim: el militar liberal molesta a los carlistones «en forma de República». Son los que no reconocen la Barcelona capital del libro hispanoamericano; que esconden nuestro patrimonio cervantino; que niegan una calle a Dalí; los que regurgitan estribillos de Llach e ignoran a los autores catalanes que escriben en castellano.

El pasado día 6, el ayuntamiento hizo entrega a Arturo Pérez-Reverte del premio Barcino de novela histórica. Al acto, que presidió Jaume Collboni, solo asistieron los concejales del PP y Ciudadanos; el resto de asientos, vacío: nadie de Esquerra, PDECat, los Comunes y, por supuesto, de las CUP. Lo del «archivo de cortesía» no les suena.

Esta es la Barcelona ignara y sectaria que promueve Ada Colau con la sonrisa cómplice de los partidos independentistas. La Barcelona que fue descalificada en la primera ronda de las candidaturas para la Agencia Europea del Medicamento. En lugar de tanto lacito por los secesionistas presos, deberían ponerse uno por la agonía económica, social y cultural de nuestra ciudad. Veinticinco años después de los Juegos, Barcelona está secuestrada por once concejales «comunes» que colaboran, por acción u omisión, con los estrategas de la ruptura con España. De la Marca Barcelona a la capitalidad de la insignificancia.

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