EL BOTELLÓN DE LAS MASAS

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SERGI DORIA

TIENEN estos tiempos hedores de botellón y rumores de bronca. Un vecino irresponsable pone la música a toda pastilla y el inmueble tiembla de infame «rap» maquinero... Los decibelios invaden cada piso, pero nadie protesta porque duda de la protección legal contra la contaminación acústica. El «derecho» del energúmeno es machacar con su martilleo cacofónico la intimidad de sus vecinos... Y si rechistan, peor para ellos: les subirá la tensión arterial. En París y las ciudades galas, la juventud mimada de la República jacobina y chauvinista cultiva esa tradición tan francesa de romper cristales, quemar coches y darle al cóctel Molotov. De Gaulle lo llamó la «chienlit». El exceso de adoctrinamiento igualitarista, el cultivo de los jóvenes como flores de invernadero les impide transitar por la intemperie, el momento de dejar de ser adolescente y calibrar los desafíos de la libertad: olvidar los piropos maternales, para afrontar los dicterios de desconocido que les exigen eficacia. Cuando uno comienza a trabajar debe olvidarse de la motivación que hace salivar a los pedagogos progres para apostar por la voluntad.

El último fin de semana olía a tierra mojada, en una primavera que es todavía invierno gris, exasperante y entumecedor; olía a asfalto y a gasolina parisina del 68, aquel año infausto en que volvieron a dominar la sociedad las tonterías de Rousseau, aquel filósofo ginebrino que equiparó el salvajismo con la espontaneidad infantil. Mientras los medios de comunicación informaban del macrobotellón conectado a golpe de móvil, ese «pásalo» que entusiasma a los partidarios de las manis peronistas y de los caceroladas en la hora nona, este periodista escribía sobre las «Cartas a su hijo» de lord Chesterfield. En las misivas que Philip Dormer Stanhope, cuarto conde de Chesterfield, enviaba a su hijo bastardo, trazaba los rasgos del hombre bien educado, el que sabe guiarse por el mundo con desenvoltura, ingenio, elegancia y espíritu crítico. Recuperar ese epistolario, espigar las preocupaciones de aquel aristócrata que no distinguía entre el amor paterno y la obligación de ser preceptor permite constatar la magnitud de la catástrofe educativa que galopa como caballo de Atila por Occidente. Se preguntan los alemanes si sus jóvenes son tontos y nuestros políticos utilizan cada reforma educativa como un arma arrojadiza contra el partido adversario. Si «formación» viene de «forma»... ¿qué esperamos de una persona formada? Aquel lord de mediados del XVIII tenía muy claros los consejos para evitar que su hijo vagabundeara por el laberinto selvático del buenismo tontorrón. Lamentablemente, los progenitores actuales están desbordados por el «pásalo» de unos retoños que vindican derechos y desconocen deberes. Ni la figura del maestro, ni la lectura gozan de prestigio social. Y los niños crecen como los reyes de la casa ignaros de la máxima de La Bruyère: «Uno no vale en este mundo sino lo que quiere hacerse valer». Y para hacerse valer hay que estructurar una sociedad meritocrática, donde la equidad no se confunda con el igualitarismo, esa propensión al rebaño de miles de jóvenes beodos en torno al botellón, los orines, la marihuana y el vómito. Esos jóvenes con los cerebros baqueteados a golpe de decibelio y consumismo, necesitados de la satisfacción inmediata que conduce al canibalismo social. Esa urgencia de obtener al momento el objeto deseado, sólo puede desembocar en la frustración y el contenedor calcinado. Y con la frustración, el círculo vicioso recomienza: es lo que pasa en un París donde los hijos de la Ilustración ya no se encuentran. En una Europa donde las cartas de lord Chesterfield ya no tienen destinatario. El individuo libre está hoy en paradero desconocido; tal vez aturdido por el botellón de las masas.