Sergi Doria - Spectator in Barcino

Auge madrileño, declive barcelonés

«En estas décadas de ofensiva soberanista, con gobiernos municipales nacionalistas y neocomunistas, el ensimismamiento ha provocado la decadencia económica y cultural de Barcelona»

Sergi Doria
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Queda lejos la Barcelona que fue punta de lanza del europeísmo: desde el siglo XIX hasta los Juegos del 92. Presa del sopor separatista y el maniqueísmo comunero, vemos cómo las empresas emigran a Madrid donde la globalidad priva sobre el ombliguismo nacionalista.

En Barcelona-Madrid. Decadencia y auge (ED Libros), José María Martí Font parte de un artículo de Pasqual Maragall del 27 de febrero de 2001. Con título premonitorio -«Madrid se va»- se completa dos años después con «Madrid se ha ido». En 2003 la urbe autocomplaciente de Joan Clos pretendía mover el mundo con el Fórum, ocaso del municipalismo socialista.

Frente al Madrid pujante, los prejuicios pujolistas hacia la realidad metropolitana. El error nacionalista, escribe Martí Font: «No entender que Barcelona obedece más a una dinámica de capital económica e industrial de un país de cincuenta millones de personas que a ser la capital política de un área geográfica de siete millones». El sorpasso madrileño, añade, se ha consumado: «Las tensiones que produjo el referéndum independentista no han hecho más que acelerarlo».

En lugar de aspirar a la cocapitalidad de España -propuesta maragalliana- y cooperar, desde la complementariedad, en impulsar proyectos ilusionantes -lo propone Miquel Molina en Alerta Barcelona (Libros de Vanguardia)-, el independentismo postula una república catalana e ignora que el futuro es de las metrópolis, no de las regiones. Desmantelando la Corporación Metropolitana, abunda Martí Font, «Pujol alteró de forma sustancial el peso de la realidad urbana de Barcelona respecto al conjunto de Cataluña, al conjunto de España y al mundo global».

En estas décadas de ofensiva soberanista, con gobiernos municipales nacionalistas (Trias) y neocomunistas (Colau), el ensimismamiento ha provocado la decadencia económica y cultural de Barcelona. Sirva de ejemplo la oferta de Javier Solana, ministro de Cultura en el 82, a Jordi Pujol: convertir el Liceo en el motor operístico de España. Pujol dijo no; mejor pobres y catalanes que ricos y españoles. Hoy, el Teatro Real compite al alza con el Liceo. Si no fuera por la actividad de entidades privadas -Caixafórum, Fundación Mapfre-, la situación sería peor.

En Paràgrafs de Barcelona (Àtic dels Llibres), Jordi Corominas lo corrobora: «Madrid nos pasa sin mucho ruido la mano por la cara... Vas un fin de semana a la capital y sientes la pobreza de la oferta temporal de nuestros centros, como si con una serie de procesos presupuestarios y políticos hubiéramos perdido la iniciativa y quisiéramos ser cosmopolitas de mentirijillas».

Hace unos días se glosaban en el Círculo del Liceo los 182 años de su conservatorio musical. Aquel 21 de febrero de 1837, con las tropas carlistas acechando Madrid, el 14 Batallón de la Milicia Nacional organiza un baile para financiar la adquisición de uniformes. Nace así el Liceo Filo-Dramático de Montesión, embrión del Conservatorio del Liceo y, diez años más tarde, del Gran Teatro del Liceo. De la Constitución de 1837 quedaba una placa en el Ayuntamiento que Trias envió al baúl de los olvidos: al neocarlismo le estorba el marchamo liberal barcelonés. Para Corominas, una estupidez: «Ahora tenemos el escudo municipal, medio hundido con intención fracasada de vejez, patético como un moco pegado a la pared». La obsesión estulta por borrar el pasado que no concuerda con la historia oficial se proyecta en una placa republicana de vivienda social en la calle San Luis: «Mi sorpresa fue grande cuando al cabo de un tiempo volvía a pasar ante el edificio, a pocos metros de Pi i Margall, y vi que de la placa solo quedaba su rastro rectangular en el muro. Me gustaría saber qué medida impulsó al Ayuntamiento a quitarla. Quizá pensaron que era franquista».

La sociedad civil de la que blasonaba el catalanismo ha devenido en funcionariado de militancia gregaria: la mediocridad nacionalista resulta más alimenticia que la tradición emprendedora liberal. Y no solo en el ámbito empresarial, también en las asociaciones vecinales y sindicatos, sacrificados al encuadramiento político: «Los movimientos reivindicativos que florecieron a caballo del cambio de milenio han sido fagocitados por el independentismo, asimilados en el activismo de orden y uniformidad de las organizaciones como la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural», señala Martí Font.

La intoxicación nacionalista encripta Barcelona. Si antaño Madrid se identificaba con el régimen franquista, hogaño da lecciones de tolerancia a los manifestantes separatistas que banalizan la guerra civil al grito de «No pasarán». Si en la capital se exhiben sus esteladas, en Barcelona es más difícil ondear la rojigualda: los antifascistas -o sea, violentos- acosan: esta semana Arran atacaba sedes del PP y de Cs.

La marca Barcelona se cuartea. De la vanguardia creativa a la ciudad de turistas. Eso sí, con un equipo de fútbol campeón. No en vano, el museo más visitado de Cataluña es el del Barça. Junto a Gaudí, lo que nos queda.

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