Antonio José Ponte recrea la Cuba actual en «La fiesta vigilada»

DAVID MORÁNBARCELONA. «Soy tan raro en la literatura cubana como en una calle de La Habana». Así se presenta el poeta, ensayista y narrador Antonio José Ponte (Matanzas, Cuba, 1964), rara avis de las

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DAVID MORÁN

BARCELONA. «Soy tan raro en la literatura cubana como en una calle de La Habana». Así se presenta el poeta, ensayista y narrador Antonio José Ponte (Matanzas, Cuba, 1964), rara avis de las letras centroamericanas a quien la crítica suele situar más cerca de la narrativa centroeuropea que de los recargados ambientes caribeños. «Le temo mucho a la incontinencia verbal, y siempre me he cuidado mucho de no usar el lenguaje como coartada», aclaró ayer Ponte durante la presentación de «La fiesta vigilada», novela que se hace fuerte en la frase corta y la estructura fragmentaria para reconstruir el cuarto de siglo en el que Cuba estuvo privada de fiesta. «En 1968 cerraron los bares y los cabarets y la fiesta se convirtió en algo privado. En 1993, cuando entró el dólar y el turismo, se reabrieron locales y se recuperó la imagen de Cuba de los años cincuenta», explicó el autor.

El vacío festivo es, sin embargo, sólo una de las muchas puntas de esta cordillera narrativa con la Ponte recorre «la ruina de un país», homenajea al Graham Greene de «Nuestro hombre en La Habana» y recuerda su expulsión, en 2003, de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba por colaborar con la revista «Encuentros».

El sujeto y la cámara

«El narrador soy yo y no soy yo . De algún modo, yo soy el sujeto y, al mismo tiempo, la cámara», aseguró Ponte, quien reconoció haber escrito «La fiesta vigilada» en condiciones «bastante difíciles». «La hice en la misma época en la que expulsaron de la Unión, pero no quería que fuera un relato visceral», añadió.

De ahí que «La noche vigilada» sea una mezcla de fragmentos de autobiografía, crónica e intriga con los que el autor compone un retrato de un país «que no funciona» y del que, igual que el narrador de la novela, está pensando en exiliarse. «Es un dilema que se te presente siempre que sales de Cuba», aseguró Ponte, para quien el exilio no deja de ser un mecanismo para «aliviar la presión social» del país. «Las autoridades cubanas siempre han usado el exilio como válvula de escape para aliviar la tensión social, ya que se supone que cuando te exilias ya no puedes hablar de Cuba. Se ha explotado mucho la desligitimización del discurso del exiliado».

Instalado desde el pasado mes de julio en Madrid, Ponte aprovechó su paso por Barcelona para cargar contra todos esos intelectuales que, desde el extranjero, defienden el sistema cubano. «Es ridículo, porque ves gente a la que respetas cuyo coeficiente intelectual parece que decrezca en cuanto se ponen a hablar de Cuba». Según el autor de «Contrabando de sombras», «los intelectuales que defienden el país no tienen acceso a la realidad y no podrían vivir como cubanos ni una semana».