Agosto en Barcelona

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ANTES de irme de viaje por el norte de España, he estado una semana trabajando en esta Barcelona de agosto que se derrite ante un termómetro exagerado. Da gusto moverse por las calles de una ciudad en la que los semáforos parecen estar sincronizados de verdad; hasta me atreví a entrar en el gran templo del consumo, esa tienda de departamentos que domina la Plaza de Catalunya enla que mi madre se pierde tardes enteras completamente desquiciada.

Tenía que comprar unos cubiertos de plata para regalar a mi ahijada. A su madre, cuando era pequeña, le hacía una ilusión loca comer con su propia cuchara, con su cuchillo y con su tenedor, todo con el nombre de la niña grabado en el mango, un regalo de su padrino que ella adoraba. Debo confesar que desconocía esta tradición, pero también me sorprendió, y mucho, la ilusión con la que la madre describía esas comidas infantiles. En mi ignorancia, me dirigí al gran gigante de Plaza Cataluña, encontrando incluso sitio para aparcar en la puerta misma de la tienda. Por supuesto que encontré lo que buscaba, grabador incluido. Aproveché para mirar cómo se comportaba el consumo en plena etapa de rebajas y pude sacar más de una conclusión sorprendente.

La primera -gran, impresionante- sorpresa llegó en el departamento infantil, que es a donde me dirigí pensando que igual habría un apartado de «bautizos». A primera vista me sentí en un centro comercial de Guayaquil, Medellín o Manila, ya que los compradores eran en su inmensa mayoría de etnias exóticas. ¿Será que sólo compran los inmigrantes?, me pregunté impresionado. ¿Será que los autóctonos están todos de vacaciones? «No», me dijo una dependienta a la que le pregunté por los cubiertos de plata. «Es el baby-boom de los inmigrantes. Son nuestros mejores clientes desde hace unos meses. Por lo menos en esta planta», me aclaró la chica.

Efectivamente, los compradores exóticos prácticamente desaparecieron en la planta de caballeros y en la de menaje, que es donde finalmente encontré una también sorprendente sección de platería. Allí tomé contacto con todo un mundo de accesorios para el hogar que va mucho más allá de cuberterías y de marcos para fotos. Los artesanos en plata han creado un mundo de detalles para que brillen en cada rincón de la casa, aditamentos inverosímiles y bellos que daban ganas de comprarlos incluso ignorando su utilidad.

El grabador de los cubiertos me hizo esperar menos de media hora. En el subterráneo, junto a un relojero y a un zapatero de los de antes, la gran tienda ofrece este tipo de servicios alejados del ruido de las plantas superiores.

Sí. Agosto en Barcelona es de lo más agradable. Si no fuera por el calor...