Inocencio Arias —tercero por la derecha— con algunos de los invitados a la comida. - F. BLANCO
AL PAIRO

Chencho Arias, un regalo

Por encima de vicisitudes políticas y poltronas a tiempo parcial, ha sabido hacer de su servicio al Estado no sólo una profesión, sino el «leit motiv» de toda una vida

FERNANDO CONDE
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Cuentan que al pie del lecho de muerte, arrodillado ante la figura paterna, el Rey Juan Carlos recibió un último encargo de su progenitor: «Majestad, sobre todo, España».

Algo así, evidentemente sin la fórmula regia de respeto pero con parecido alcance, es lo que la vida ha debido de encomendarle a un almeriense de Albox llamado Inocencio Arias, Chencho para la Historia. «Sobre todo y ante todo, España» es quizá el sintagma que mejor pueda definir la labor de este diplomático heterodoxo y campechano, al que el tiempo le ha regalado un papel protagonista y de privilegio no sólo en la España democrática de los últimos treinta años, sino en el mundo de finales del XX y principios de éste. Personaje singular este Chencho Arias que, por encima de vicisitudes políticas y de poltronas a tiempo parcial, ha sabido hacer de su servicio al Estado no sólo una profesión llevada con responsabilidad y buen tino, sino el «leit motiv» de toda una vida.

Una vez más la Fundación Gabarrón y El Norte de Castilla han brindado a unos pocos afortunados la oportunidad de compartir mesa y palabra con un personaje del que, como aconsejara Gracián, se puede aprender. Escuchar a Chencho Arias es como exprimir el zumo secreto de muchas claves que a la mayoría se nos escapan. ¿Qué ocurrió, por ejemplo, en aquel Jardín de Ginebra en el que, recién enfriada la Guerra Fría, el líder ruso Mijail Gorbachov aceptara la mano tendida del representante máximo del capitalismo en el mundo, aquel actor secundario al que los españoles despreciábamos pero al que los americanos, con mucho mayor conocimiento de causa, valoran aún hoy como uno de los cuatro mejores presidentes de la historia de Estados Unidos? ¿Qué ocurrió, por ejemplo, en aquella reunión de la ONU en la que nunca se llegó a condenar la guerra de Irak, como algunos palmeros —así llama Chencho a quienes aplauden cualquier decisión del zapaterismo por peregrina que sea— han querido hacernos creer? Chencho Arias sólo se lamenta de no haber podido estar en Yalta, aunque sólo fuera tomando apuntes. Decía con mucha razón aquel gobernador de Nueva Francia llamado Decourcelle que la diplomacia es la distancia más larga entre dos puntos. Y un diplomático es, por tanto, un hombre capacitado para andar más despacio que el resto, por aquello de que hay caminos que no admiten una metedura de pata.

Chencho Arias es un hombre lento, cercano, vivo, elocuente hasta en los silencios, simpático, con un remusguillo de acento andaluz en el recuerdo, hábil, certero. Escucharle es como escuchar a uno de aquellos viejos conquistadores del África cuando, de regreso a Europa, contaban las maravillas contempladas. Resulta abrumador ser testigo de un análisis del mundo actual fundamentado, lleno de precisiones decantadas en las tinas de la experiencia, de las bambalinas de las grandes reuniones, de las citas de los grandes líderes. Cuando Chencho dice que la España de Zapatero no marcha, no es una opinión más, sino la transmisión de un mensaje que circula por las altas esferas. Y habría que escucharlo y descifrar un contenido, por otro lado, bastante evidente.

«España ha perdido mucho prestigio en el mundo». «Este gobierno es el peor de la democracia». «Irán tendrá su bomba nuclear». «Obama es un gran orador». Son algunos de los titulares ofrecidos por el hombre de la sempiterna pajarita, por el hombre vestido como de regalo. Un regalo de y para la historia de España.