ARQUITECTURA Y DISEÑO

Bestiario románico en Castilla y León

La arquitectura románica cuenta con una evidente función simbólica no sólo en su trazado sino, sobre todo, en la pintura y esculturas que completan sus elementos constructivos, que van más allá de la mera y simple decoración. En ello se centra ekl «Bestiario románicoen España», cuyo autor da las claves de esta simbología, que no sólo se centra en lo religioso

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Cuando hablamos de románico, y particularmente en Castilla y León, estamos evocando no solo una etapa de la historia del arte, sino también una serie de características históricas de tipo religioso, social, económico o bélico (no olvidemos el telón de fondo de la Reconquista) propias y exclusivas de dicha época, las cuales influyeron directamente en el tipo de arquitectura que todavía hoy podemos disfrutar y, esperemos, lo cual es nuestra responsabilidad, poder legarla en las mejores condiciones posibles a las siguientes generaciones. Para ello nada mejor que conocer y visitar este ingente patrimonio compuesto por más de mil doscientos edificios entre iglesias, ermitas, basílicas y monasterios.

El románico, en general, lleva tiempo despertando una intensa curiosidad que, en muchos casos podríamos definir ya como verdadera pasión. No es para menos, sobre todo porque, creo yo, hay muchas cuestiones dentro de su arquitectura de oscura interpretación, lo que excita aun más nuestro interés e imaginación, todo ello al margen de las obvias cuestiones puramente artísticas o estilísticas.

Estas razones históricas arriba señaladas conformaron en Castilla y León un tipo de edificio que algunos han dado en llamar rural, tal vez por contraposición a otros edificios europeos más urbanos y monumentales, aunque no por ello más importantes en lo relativo a su intensidad estética y expresiva. En lo concerniente al capítulo arquitectónico hemos de tener muy claro que nuestras iglesias románicas, como tales edificios religiosos, mantienen todas las características comunes al resto de las culturas precedentes. Desgraciadamente algunas de estas particularidades se nos suelen pasar por alto, como son los aspectos simbólicos propios de la arquitectura sagrada, fiel reflejo de un cosmos creado por Dios (elementos constructivos circulares como el ábside, la cúpula o el arco de medio punto, símbolos de la morada celestial) para comunicarse con el hombre en la tierra (elementos arquitectónicos cuadrados o poligonales como la planta de las naves, símbolo terrestre, o las torres, elementos verticales que sugieren una conexión espiritual Tierra-cielo).

A esto habría que añadir detalles tan significativos como la orientación de los templos en el eje este-oeste, de profunda significación solar (que responde a la referencia evangélica «Yo soy la luz que ilumina el camino»), o el empleo de estrictas medidas y proporciones alusivas a la numerología sagrada tradicional relacionada con la divinidad y su morada (Ezequiel, 40, 1-49).

Así pues, hemos de considerar en nuestra contemplación del románico, que no se trata solamente de un mero estilo de arquitectura, sino de una auténtica cultura de la imagen, sobre todo si atendemos a la abundante iconografía simbólica tallada o pintada en los distintos elementos y volúmenes constructivos.

Cargada de complejo simbolismo, también de ancestral tradición cultural, la iconografía es, quizás, la parte más desconocida del románico. Puesto que la mayor parte de la población, como en civilizaciones precedentes, no sabía leer ni escribir, la imagen, fácil de comprender por su propia naturaleza, se convirtió en vehículo trasmisor de la doctrina que el estamento clerical quería trasmitir al pueblo, justificando así su exuberante presencia.

Los temas iconográficos empleados para catequizar al pueblo son tan amplios como la vida misma. Podríamos clasificarlos en seis grandes capítulos: La Biblia (Antiguo, Nuevo Testamento y Apocalipsis); la vida cotidiana (representación de oficios, calendarios y escenas de luchas o torneos, reflejo de la época); la escatología (infierno y cielo, demonios, condenados y bienaventurados); vicios, pecados y virtudes y, por último, sin olvidarnos de la decoración geométrica y vegetal, el bestiario, que responde a otra tradición iconográfica milenaria por medio de la cual las características zoológicas de los animales sirven para ejemplificar las actitudes morales del cristiano y empujarle a actuar como podría hacerlo, por ejemplo, el pelícano (símbolo de Jesucristo), que se abre el pecho con el pico para alimentar con su propia sangre a sus hijos y evitar su muerte; o el león, también símbolo de la divinidad, que se mantiene siempre vigilante ante el peligro, como feligrés ante las asechanzas del demonio.

Lugares de interés

Para tener una idea aproximada de la importancia de nuestro patrimonio románico, me atrevo a sugerir la visita a varios edificios de nuestro territorio autonómico: En Ávila, la Basílica de San Vicente y otros templos de la ciudad; en Burgos, el Monasterio de Silos, Rebolledo de la Torre y San Pedro de Tejada (Puente Arenas); en León, San Isidoro y su Panteón Real, Sahagún (San Tirso y San Lorenzo) y San Miguel de la Escalada; en Palencia, San Martín en Frómista, Santiago en Carrión de los Condes, San Pedro en Moarves de Ojeda, el Monasterio de San Andrés de Arroyo, Santa María la Real y Santa Cecilia en Aguilar de Campoo; en Salamanca, las iglesias de la ciudad incluida la Catedral Vieja; lo mismo en Segovia (San Millán, San Esteban o San Lorenzo, por ejemplo), San Frutos del Duratón y Sepúlveda; en Soria, los templos de la ciudad y el claustro de la Catedral, la del Burgo de Osma y las dos iglesias de San Esteban de Gormaz, Santa María de Huertas y la ermita de San Baudelio en Berlanga de Duero; en la ciudad de Valladolid, Santa María de la Antigua y los monasterios de Pesquera y Valbuena de Duero y, por último, en Zamora, su Catedral y los de templos de la ciudad, Benavente (San Juan del Mercado y Santa María del Azogue) y la Colegiata de Santa María la Mayor en Toro.