LOS OLIVOS DEL FRÍO

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Llevan ya años entre nosotros. Ávila, Salamanca, Zamora... Ahora le toca el turno a Valladolid, con unos sorprendentes olivos plantados en el año 2000, de la variedad arbequina y que han dado su primera cosecha en firme. 20.000 litros de seda aceitosa para dar vida a todo tipo de platos que quieran maridarse con este aceite de excelente calidad. Parafraseando a la periodista burgalesa Belén Delgado en su famoso lema «Los toros del frío», sobre la Ganadería Antonio Bañuelos, he titulado este artículo «Los olivos del frío», para rendir pleitesía a estas nuevas cosechas.

Lo curioso de la comercialización de estos caldos es que se han abordado publicitariamente como si se tratara del vino más exquisito de una bodega de Ribera del Duero. La llamada hoja de cata nos dice: «de aroma intenso a fruta fresca, manzana y membrillo. Ligero toque de almendra y un delicado fondo balsámico y especiado. De entrada dulce en boca, con paso untuoso y aterciopelado, ligero en su amargor y suave en su picor, que le confieren elegancia, potencia y personalidad propia». Política de comercialización que no es de extrañar si se sabe que los primeros olivos en Valladolid fueron plantados por bodegueros de prestigio.

A más de uno ha sorprendió que los olivos se estén dando tan bien en la Comunidad y que pese a las nieves y los hielos, su aceite sea de gran calidad. Mi primer contacto con esta realidad fue hace tres años en Tudela del Duero, muy cerca de Valladolid capital. A la puerta de un restaurante vi plantado un olivo de gran tamaño, cuajado de grandes y elípticas olivas. Mientras acariciaba las aceitunas y sus hojas, la nieve continuaba, parsimoniosa, cayendo sobre mí cabeza. Las fotos atestiguan este encuentro. Le pregunté a mi amigo Antonio cómo era posible este milagro de la primavera en diciembre y me explicó que existían cooperativas y que se vendía el aceite elaborado en los supermercados de la zona.