CRÍTICA

Derroche de encanto

Marie-Nicole Melieux, contralto; Philippe Jaroussky, contratenor. Lugar:Auditorio Miguel Delibes.

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Mucho se habrían sorprendido los que todavía piensan que la música «culta» es para una élite minoritaria si hubieran asistido a los dos últimos conciertos del auditorio vallisoletano. No deja de ser reconfortante que en días de cerveza y fútbol se llene una sala sinfónica, que acaba jaleando a sus intérpretes porque han emocionado al público con su arte. La diferencia es que este tipo de «ocio» proporciona un efecto más duradero, intenso y profundo que la simple descarga de adrenalina de un derby deportivo, y máxime cuando se presenta un programa con un título como «Amor, pasión, celos y furia en el s. XVII».

Estos cuatro afectos omnipresentes en la música barroca han servido a Philippe Jaroussky, Marie-Nicole Lemieux y el «Ensemble Artaserse» para tejer un relato sonoro sin transiciones (ni pausas ni aplausos). Esta es una de las diferencias respecto a otras propuestas habituales en este tipo de repertorio, que permite apreciar el estilo de época al margen de diferencias estilísticas.

En este sentido la selección de las piezas y su disposición resulta muy acertada y coherente, poniendo de relieve el protagonismo de las voces e instrumentos, que se equiparan en variedad, virtuosismo, capacidad imitativa, ornamentación e incluso timbre (espectacular la fusión de la voz de Jaroussky con las cornetas en el «dio» final de «Amanti, io vi»).

La puesta en escena ha jugado, sin duda, un papel fundamental en el éxito de la velada y de sus protagonistas. Jaroussky y Lemieux han apostado por una visión muy «barroca» de esta música, esto es, muy teatral, explotando las potencialidades expresivas de los textos a través de una representación vívida, chispeante y divertida en piezas bufas y verosímil en las líricas y elegiacas.

Esta interpretación, unida a unas voces con un empaste estupendo, una línea canora límpida y bien modulada, y una capacidad extraordinaria de insuflar vida a cada palabra del curso poético. La guinda de la velada, «Pur ti miro», deliciosa propina de una sutileza y ternura cautivadoras.