Cayetana y «olé»

ROSA SANZ HERMIDA
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El espectáculo de Cecilia Gómez se abre y cierra con el retrato, proyectado en el fondo del escenario de «Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo», pintada por Goya. Este cuadro de la décimotercera duquesa de Alba es una imagen elocuente de la vinculación de la Casa de Alba con las artes, que durante siglos han favorecido con su protección y patrocinio. En este sentido, el homenaje que brinda la bailaora a la actual duquesa de Alba, se inscribe dentro de una práctica secular: el tributo del artista al mecenas, hoy en día menos frecuentada que en épocas pasadas. Ahí queda eso: un guión «escrito y bailado desde la admiración a una mujer única», que se revalorizará con los años, cuando se hayan borrado tantos cuchicheos de papel cuché que dificultan, creo yo, calibrar cabalmente esta producción.

Es cierto que la Gómez no se revela aquí como una gran figura del flamenco; su baile es discreto, con un braceo elegante y un taconeo que quizá sea lo mejor de la gaditana. Pero en su faceta de coreógrafa, guionista y directora Cecilia Gómez se presenta de una pieza, con un trabajo sólido, bien planeado, cuidado hasta en sus detalles más mínimos. Un espectáculo atractivo, con cuadros llenos de frescura y gran poderío visual, en los que la única objeción sería la de recortar la excesiva duración de alguno de ellos, ya que termina cayendo el ritmo («Alegrías») y debilitándose los clímax («Cayetana»). Por lo demás, todo funciona muy bien: espléndido cuerpo de baile e impecable su ejecución; fantásticos los músicos, con un estupendo solo de violín en el acto cuarto y «entonados» cantaores; un vestuario precioso y una puesta en escena sobresaliente.

La gira vallisoletana contó, además, con el baile de Antonio Canales, autor de la primera coreografía («Flamenco») y ayudante de dirección de la producción; el bailaor se despeinó arrancándose en otros momentos («Alegrías», fin de fiesta) y logrando que el contenido público rompiera en aplausos y olés.