Apolo y Dionisos

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Resulta curioso, pero en ocasiones es más difícil hablar de una interpretación excelsa que de una que ha pasado sin pena ni gloria; la contemplación de aquélla puede provocar verdaderos estados de «afasia»: un quedarse, literalmente, sin palabras para verbalizar el cúmulo de sensaciones suscitadas por una experiencia estética perturbadora (como de hecho ha ocurrido con la actuación de Joshua Bell y The London Philharmonic Orchestra). Pero aún a riesgo de no hacer otra cosa que bordear lo inefable, vaya aquí una breve síntesis de este último concierto del ciclo «Grandes Orquestas».

La veterana formación inglesa abrió la velada con la «Sinfonía nº 32» de Mozart en una ejecución concisa, vigorosa, con breves intervenciones solísticas que se entreveran con su personalidad tímbrica en una masa sonora compacta. En esta obra, como en las «Danzas Sinfónicas» de Rachmaninov o en la obra de Brahms se pudo apreciar el talento de Vladimir Jurowski, un director de batuta matizada y gran claridad de ideas.

La parte central la ocupó el «Concierto para violín y orquesta en Re mayor» de Brahms, una partitura mayúscula en su escritura, densidad y requerimientos técnicos, desgranada con minuciosidad compás tras compás por solista y orquesta. En la actuación de Bell se han concitado medida y exceso a partes iguales: estupenda síntesis de lo apolíneo y lo dionisiaco. Fuego y furia, ternura y calma han ido alternándose sin solución de continuidad en una versión llena de temperamento. Llama la atención cómo se mezcla y dialoga el violinista con la orquesta, sin buscar sobresalir de ella, aunque inevitablemente no lo consiga: el peculiar color de su Stradivarius, del que saca un sonido maravilloso, es inconfundible. A esta delirante sonoridad contribuye también el manejo de su arco «François Tourte», que consigue producir un timbre homogéneo en fortes y pianísimos, en notas tenidas, notas sobreagudas o en dobles cuerdas con un vibrato muy ligero y matizado. Evidentemente Bell posee una técnica extraordinaria, depuradísima, siempre al servicio de la decibilidad de la música, del latido del alma.