del agua mansa

ÚLTIMAS BOCANADAS

Con el impuesto de patrimonio y el archivo de Salamanca, las últimas bocanadas de este Gobierno aceleran el resbalón

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Se mueren porque, sencillamente, desprecian la vida. Les importa un rábano. Mandan y legislan hasta el último aliento como los sátrapas de Eurípides: imaginando que las perdidas anunciadas, a la postre, se convierten en ganancias porque la gente ni sabe ni entiende ni les merece. Por esto se aferran a la cancamusa de siempre con los inútiles argumentos de siempre. Hace ahora cinco años exactamente, se ponía en marcha en Castilla y León la campaña electoral para las municipales y autonómicas del 2007. El socialista Villalba fue un candidato madrugador. Imaginó que haciendo una campaña larga, agresiva y a la modorra —que donde no hay harina todo es mohína—, ganaría las elecciones. Las perdió por engreído sustancial, por zapatero solemne, y por botarate con cincha.

Se empeñó en lo que ahora se emperra el avispado Rubalcaba: aplicar el impuesto de patrimonio a todo aquel que tiene una casa, una plaza de garaje, una parcela o una herencia recibida por la previsión de sus padres, porque es un impuesto para pudientes, y supone, según decía Villalba, «una dilapidación» y «un favor exagerado a los ricos». El gran estratega de León se pasó al 87% de los habitantes de la Meseta por el arco de triunfo, y Herrera arrasó suprimiendo el impuesto de patrimonio. Ahora ni saben ni contestan a cuántos afectaría el asalto, pero es igual. Pretenden lo mismo: resucitar lo que ellos ya consideraron obsoleto en 2007. Les mola equiparar a España con la India con una ley que incluye sólo de boquilla a los ricos para desvalijar a los pobres y a la clase media. Las inteligencias de Villalba riman hoy —no les entra la métrica en la mollera— con las de Rubalcaba. Encantados con las mismas tonterías: que la misa de doce pase a la una y media.

Con el 20-N se van a partir la crisma a discreción porque ya cunde entre los españoles la advertencia de Shakespeare cuando señalaba que lo peor no es odiar al contrario, sino tratar al semejante con una gran indiferencia. A estos zapateros rubalcabianos les da todo igual: están tan hambrientos de euros en ensalada que sólo Blanco y Rubalcaba discurren más que cien cocineros del Bulli juntos. En Castilla y León la castaña en marrón glasé la están cocinando con Zamora y Salamanca. Lo de Zamora —el faisán de Camacho al poder— es propio de miopes que ven la lanza pero desprecian la daga oculta.

Lo de Salamanca, con las últimas medidas de la ministra Sinde, que ha despachado hace unos días a una de las suyas porque, sencillamente, no remata con la piqueta el último ladrillo que queda en pie del Archivo de la Guerra Civil, es propio del tipo de mujeres que tanto detestaba Óscar Wilde sintiéndolo mucho: «las feas y las que se pintan». Sinde es de las que se pintan porque, fuera de mentiras y gordas a porfía, le sobra el rímel hasta en la web de enlaces. Con el impuesto de patrimonio y el archivo de Salamanca, las últimas bocanadas de este Gobierno aceleran en Castilla y León el resbalón de la caída. Menos mal que los genios como Rubalcaba nunca comenten errores porque entonces, al menos, errarían grandiosamente.