Josechu Arroyo, Tomás Hoyas y Miguel Delibes, de izquierda a derecha, al recibir el primero el premio Miguel Delibes de Periodismo en 2008
Josechu Arroyo, Tomás Hoyas y Miguel Delibes, de izquierda a derecha, al recibir el primero el premio Miguel Delibes de Periodismo en 2008 - ICAL
Obituario

Tomás Hoyas, o la humanidad del humanista

Fue uno de los últimos «escritores en periódicos» que poblaba las redacciones

ValladolidActualizado:

Tengo prometido a Tomás Hoyas que una de estas noches «cuando te mueras, porque llevas muy mala vida y un día nos darás un disgusto» iré a la verja de la casa de Cervantes a declamar a voces sus columnas. Y es que cada vez más las redacciones de los periódicos semejan la cocina de una hamburguesería donde las palabras se descongelan, se fríen y empaquetan con embudos metálicos, de forma que ya no cabe buscar belleza en esos párrafos de patatas iguales, secas y amarillas. Tomás Hoyas Díez (Valladolid, 1955-2018) ha sido uno de los últimos «escritores en periódicos» que poblaba las redacciones ahora diezmadas por el cambio tecnológico y la crisis del papel, y durante un cuarto de siglo se ganó el jornal -precario siempre- componiendo columnas en las que glosaba la actualidad encadenando sinestesias y sinécdoques con polisíndeton, anáforas y pleonasmos con los que lo mismo engarzaba latinajos que citas cultas o dichos populares, pero no en vanos ejercicios de estilo, sino siempre en reflexiones compasivas y llenas de humanidad en las que se ponía de parte del débil y del pequeño, con humildad, con sentido del humor y con un respeto infinito al lector, lo que no es moco de pavo en este mundillo de opinadores arrogantes y «marisabidilla», como diría él.

Por un azar de la vida resultó que Tomás había sido profesor de literatura de todos los dibujantes que habían pasado por la edición de Castilla y León de El Mundo, así que en aquella redacción yo buscaba cobijo profesoral en su nube de humo y le enseñaba, inseguro, los bocetos de mis viñetas, y siempre se me quitaba de encima con alguna frase rimbombante. «Josito, cuando la zorra va a grillos, el sacristán a cardillos y el cura pregunta a cuántos estamos de mes, jodidos están los tres», y seguía escribiendo editoriales sobre el músculo financiero regional, los regadíos del Canal Bajo de Payuelos o la alternativa Sur Duplicación de la Autovía del Duero a su paso por los viñedos emblemáticos, temas que luego entreveraba en sus conversaciones literarias o filosóficas cada madrugada, pues era ave nocturna y nunca consintió plegarse a horarios convencionales, ni a una vida convencional en general.

Su condición de redactor especialista le puso en la lista de prescindibles en una de esas feroces reducciones de plantilla cuando por fin había conseguido cambiar su condición de «colaborador» por la de «redactor contratado», pero no por eso perdió su humor socarrón. El director le llamó a su despacho y él, apoyado en el quicio de la puerta con media sonrisa, preguntó como Michael Palin en la Vida de Brian: «¿Crucifixión?». Poco tiempo después le rescató El Norte de Castilla, atento a los naufragios de la competencia, donde ha aportado su calidez y su bonhomía opinando sobre la noticia de cada día estos últimos tres años, pero donde no tenía hueco para cerrar las columnas con su tradicional alusión a Valle-Inclán. «Mire, Hoyas -le habrá dicho hoy allá en el cielo- tiene usted obituarios en toda la prensa de Región, pero ninguno a la altura de los que escribía usted. Tiecojó». Señor, señor y cachisenlamar.