Del tiempo y sus efectos

José Manuel de la Huerga se adentra en juegos metaliterarios como la sucesión de apuntes a modo de hojas volanderas

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Una larga trayectoria literaria en diversos géneros explica los resultados literarios que ofrece José Manuel de la Huerga en Apuntes de medicina interna, un título polisémico. De «apuntes» habla a lo largo de las páginas Abel, el narrador, para referirse a los descubrimientos biográficos sobre su abuelo, don Alejandro Rojo, un médico eminente que ejerció con entrega admirable su profesión en tierras de Cantabria. Se habla de «apuntes», que en realidad son el cuerpo literario de la obra. Esta condición de literatura volandera en apariencia acaba siendo un hábil recurso metaliterario, no exento de una captatio benevolentiae: «Yo no sé escribir novelas. A lo sumo, unos apuntes familiares» (p. 197). De esta forma, el novelista soslaya posibles errores, achacables a la condición diletante del protagonista-narrador.

De Medicina, interna, escribe el nieto del Dr. Don Alejandro Rojo, Abel, un joven de 25 años que llega a El Castril a pasar el verano, con ciertas dudas personales respecto al temario del MIR: «Le prometí a mamá que si me dejaba venir a El Castril, estudiaría. No lo estoy cumpliendo». Dos personajes se lo impedirán: Mabel, la que fuera criada de confianza de la casa y conocedora del pasado («Pero Mabel siempre tiene algo que contar») y Noe, un amor de infancia que hallará ahora feliz, aunque fugaz, consumación. El recuerdo apasionado de Mabel por la familia del Dr. Rojo será lo que lleve a Abel a recuperar la imagen de su abuelo y vislumbrar la de su abuela, su madre y su tía: «Sin pretenderlo, mis conversaciones con Mabel buscan la hebra del pasado. Nadie antes lo había intentado reconstruir» (p. 30).

El proyecto de Abel le lleva a un triste convencimiento: «Conozco mejor al Dr. Rojo que a mi abuelo». Su afán será lo que le impulse a una indagación entusiasta, que le irá descubriendo una saga familiar lejana de los tópicos que la abuela y la madre han ido tejiendo.

A la recuperación del pasado, en el bloque primero, abril, 1993, llega Abel a través de un cauce narrativo novedoso, la memoria de los seres humildes: el marginal tío Berto, Mabel, la criada de la casa, Virucos, la enfermera del Dr. Rojo y Sarah, «La Niña Fea» de la infancia. Cada uno de ellos ofrecerá una cara del prisma humano del doctor Rojo e irá perfilando la personalidad de Abel y su capacidad literaria: «No sé si conseguiré dejar escrita parte de la biografía de mi abuelo, que es la que interesa» (p. 90). A través de Mabel se rescata la entrega absoluta del Dr. Rojo para con todos los seres necesitados, sin que falte una actitud valiente para con los maquis, especialmente con el mítico Juanín. La muerte de Mabel será una ruptura en la recuperación del pasado, pero la aparición del tío Berto (la oveja negra de la familia, comprometido con causas perdidas y aquejado de una grave enfermedad) y la excelsa personalidad de Virucos le sirven al novelista para mantener el hilo argumental.

El segundo bloque, julio, 1993, se abre con la presencia de Sarah, «la Niña Fea» de la infancia. Sarah, como le gusta llamarse, va a ser la conciencia del narrador y, sobre todo, la rígida correctora de sus «apuntes». Como el tío Berto, es mujer que ha enriquecido su extracción rural con experiencias culturales y está en condiciones de influir en Abel.

La mirada de los tres personajes (pero especialmente la de Berto y Virucos, ambos despreciados por la familia del Dr. Rojo) perfilarán desde su independencia la vida del abuelo, en la que no faltan situaciones extremadamente borrascosas, desconocidas para Abel: «Conozco bien la biografía del Dr. Rojo, para enmarcar en una orla, pero hay otra parte de su vida a la que no me he conseguido asomar.» (p. 131). En este seguimiento, Sarah adopta un papel decisivo: corrige los «apuntes» («Quién me iba a decir que la Niña Fea sería mi jueza») y lo hace con rigor: «La especialista ha emitido su informe: como materia inicial puede interesar, pero mientras no conozca a mi protagonista en profundidad, la historia no pisa tierra» (p. 140). La actitud de Abel para con Sarah y con Virucos cumple un doble objetivo: reivindica la condición femenina, algo impensable en la saga de los Rojo, y conduce al lector al desenlace de la novela. Se trata de un final sorprendente, que tal vez bordea el peligro de caer en una anagnórisis extremada respecto a Edu y Berto, los hijos del Dr. Rojo.

El bloque tercero, octubre, 1993, el más breve de la obra, presenta estructura de epílogo. En el tren nocturno Valladolid-Barcelona, Abel lleva a cabo su balance vital. Está convencido de haber alcanzado la madurez con su experiencia humana y creativa, de ahí el valor de terapia de sus «apuntes: «Entré en abril, (…) como un niño, y me marcho, (…) con la certeza de haber hecho todo lo posible por dejar de serlo» (p. 195). Abel se ha replanteado el pasado de su familia y su propio presente, pero se cuestiona sobre todo su futuro, en el que no percibe una vocación precisa: «No sé muy bien qué hacer con mi vida. Puede que en una semana esté de vuelta en Valladolid y llame a algún compañero para que me deje fotocopiar otra vez el temario».

Se mantiene el juego metaliterario, que sin duda recordará a muchos lectores el soneto de Lope de Vega. Va a Barcelona a casa de Sarah, que le ha ofrecido su casa para que escriba la historia de su abuelo, pero en la línea siguiente retorna a sus «apuntes»: «Pero ya están aquí, no me he dedicado a otra cosa en el último medio año». Marcha contento con la nueva imagen de su abuelo y con el deseo de volver, convencido de haber puesto orden en la familia y en su interior: «Pienso volver, ahora que cada cual descansa en mi memoria debidamente colocado». Ha cumplido con la función del creador, dando estructura humana a sus antepasados y una forma literaria novedosa a estas páginas.