Silva convertida en selva

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ANTONIO PIEDRA

ACABA de aparecer un libro interesante. No resisto señalar aquí algunas sugerencias colaterales, producto de mi relación personal con Jorge Guillén, por si fueran de algún provecho. Se trata de la edición de Guillermo Carnero, "Cienfuegos y otros inéditos", en torno a un texto no publicado del maestro del 27, y que el poeta presentó como memoria de acceso a cátedras de universidad en 1925. Interesante por tres razones: porque se da cuenta detallada de un rigor académico ya inexistente en la promoción universitaria de nuestros días, porque documentalmente se especifican las causas políticas que apartaron al poeta de su docencia en la guerra civil, y porque en esta apasionante depuración emerge siempre el hombre de carne y hueso dispuesto a vivir y a ejercer esa relación vital con la dignidad que le resta.

Y a esto último quiero referirme centrado en una sola referencia. Se publica aquí, entre otros documentos, el discurso que Jorge Guillén pronunció en la inauguración de curso en el paraninfo de la universidad de Sevilla, el 12 de octubre de 1936, ante el general Queipo de Llano. Un trance que sitúa al hombre en su nimiedad ante el poder y la muerte. De este discurso se han hecho lecturas penosas y de escasa consistencia moral. Pero con leer este discurso, una pieza de ambigüedad calculada, no basta. Y no basta porque Jorge Guillén llega a Sevilla en septiembre del 36 con la cruz a cuestas: ha sido encarcelado en Pamplona acusado de espía y se libra del paredón por la buena gestión de firmas que presenta su padre ante el general Mola, ha sido vilipendiado en su Valladolid profundo, y ha tenido que optar por vivir y normalizar su vida en medio de la tragedia general de España.

De aquí que las comparaciones resulten en este caso más que odiosas, dudosas y de escasa fiabilidad. Comparar el discurso de Unamuno en Salamanca, el mismo día y hora, con el de Guillén es facilísimo pero no resiste un análisis sereno. Primero: Guillén no tenía la autoridad de Unamuno y le hubieran fusilado en situ. Segundo: el rector de Salamanca lo hacía desde dentro -apoyado por el régimen que comenzaba- y Guillén bajo el palio del perseguido. Tercero: don Miguel sale del paraninfo escoltado por Carmen Polo de Franco y Jorge Guillén por la depuración y el terror de la norma. Luego vendrían más argumentos para el terror como esa traducción de Paul Claudel sobre los Mártires de la Cruzada. ¿Qué podía hacer un hombre señalado por una pistola "tradutora"? La simplificación sigue siendo el peor enemigo de la inteligencia. Este libro, al menos, no se calla las claridades.