Aremy y Ricardo  observan un mapa de Valladolid delante de la iglesia de San Pablo.

RICARDO MENA Y AREMY PALMA: «Cada vez que llegamos a Valladolid nos sentimos en casa»

Estudiantes de la ciudad mexicana de Valladolid

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Tres años después de la primera edición de la «Expedición Nuevo Mundo» de intercambio entre estudiantes de ciudades homónimas de México y Castilla y León, estos dos jóvenes han decidido volver a la región para reencontrarse con los amigos con quienes compartieron la experienciaVALLADOLID. Ricardo Mena (R.M.) y Aremy Palma (A.P.) son dos jóvenes vallisoletanos, pero nacieron muy lejos de la ciudad del Pisuerga. Proceden de la ciudad homónima a la castellana en México, situada en la península de Yucatán. A sólo unos minutos de Chichén Itzá, el que en su día fue el principal centro ceremonial del imperio maya, y a hora y media de las turísticas playas de Cancún, «la otra Valladolid» muestra orgullosa, junto a las construcciones coloniales, los vestigios del esplendoroso pasado indígena que tampoco ocultan las mujeres en sus coloridos «huipiles» y rebozos los días de fiesta.

Hace tres años estos dos chicos se embarcaron, junto con otros 88 estudiantes mexicanos y españoles, en una expedición promovida por la Junta de Castilla y León de intercambio entre las ciudades de Valladolid, Soria y Burgos de ambos lados del océano que pretendía unir los lazos de amistad entre los jóvenes castellanos y mexicanos. El objetivo se consiguó con creces y, prueba de ello, es que hoy, tres años después de la expedición y con el dinero que han conseguido compaginando trabajo y estudios, están cumpliendo el sueño y, según afirman, «la necesidad» de volver a la tierra de la que, hace 500 años, salieron algunos de los colonizadores de lo que se denominó el «nuevo mundo».

-¿Qué conocíais de Valladolid antes de venir con la expedición?; ¿sabíais que existía una ciudad homónima a la vuestra en España?

-R.M.: Sólo sabíamos que existía la ciudad, pero no conocíamos la arquitectura, las costumbres, el tamaño, ni la población. Pero por mi mente nunca había pasado que algunas construcciones como es el zócalo o la plaza principal de nuestro Valladolid estuviesen construidas como una representatividad de lo que es la ciudad aquí.

-Entonces, ¿creen que hay similitudes entre el Valladolid yucateco y el castellano?

-R.M.: Valladolid es una de las zonas más coloniales de Yucatán, por lo que se acostumbra a que en el Parque Principal esté la catedral, o iglesia central, como aquí. Eso es una coincidencia aunque obviamente, las construcciones a nivel de estructuras, no son iguales; todo lo que hay es más austero en el Valladolid mexicano, pero la forma, es la misma: la catedral, casas y edificios altos, la zona antigua, los balcones... El ayuntamiento es muy parecido a la zona céntrica de aquí.

-¿Y entre la gente?; ¿encuentran similitudes entre los vallisoletanos de los dos lados del «charco»?

-R.M.: Lo principal que nos asemeja es el lenguaje, aunque tiene sus variedades y modismos dentro de cada uno. En cuanto a la gente, en realidad, no conocemos demasiado el modo de vida de aquí, las costumbres, o la actividad económica que hacen las personas mayores. pero rigiéndome por las edades, y el grupo de personas con el que he convivido, que es la juventud, he visto que nos gustan un poco las mismas cosas; somos gente que estudia si puede, que, en ocasiones, lo compaginamos con un trabajo, que nos gusta salir de fiesta, estar con la familia...

- A.P.: A mí, algo que me llamó mucho la atención desde que vinimos la primera vez con la expedición es que, a nivel histórico, cuando llegaron los conquistadores, creo que si decidieron ponerle Valladolid a nuestra ciudad tuvo que ser por algo; debieron sentir un pedazo de la ciudad española en la nuestra. Y me hace ilusión pensar que mis antepasados que, son mitad mayas y mitad españoles, decidieron ponerle Valladolid por algo y que no fue sólo fruto de la casualidad; entonces, cada vez que llego a Valladolid, me siento en casa; siento que aquí puedo respirar un trocito de mi México. Es una sensación de estar en casa, pero al otro lado del océano, que no es la misma que cuando llegas a Madrid o a otras ciudades españolas.

-¿Qué es lo que más les llamó la atención cuando llegaron a Valladolid por primera vez?

-R.M.: La verdad, es que todo me gustó, pero si me das a escoger, me quedaría con lo que vimos en el centro; nosotros le llamamos zócalo, a lo que ustedes llaman Plaza Mayor; ahí sí que de repente, me invadió un sentimiento de que, aunque estaba sólo, pierdes el miedo de estar en otro continente y sabes que si paseas unas cuadras a la redonda, no te vas a perder; es como un sentimiento especial de vallisoletano. Y ya, hablando de monumentos, el Museo Nacional de Escultura, me gustó muchísimo.

-¿Qué significó la expedición?

-A.P: La expedición fue vivir y reunirme con mis raíces, que siento que están aquí en España, y fue también perdonar el hecho histórico de la Conquista y la represión sobre esa otra parte de mis antepasados mayas. Así que la expedición fue aceptar ese hecho histórico y querer a este país.

-R.M: La expedición cambió mi vida y mi perspectiva; sobre todo, la visión de hasta donde puedo llegar, ya no tanto desde el punto de vista histórico, como dice Aremy, ni por lo que he conocido turísticamente, sino por la idea de ser tan afortunado de haber podido cruzar el océano y conocer gente con la que te identificas enormemente, y con la que disfrutamos el simple hecho de estar juntos.

Yo hablo más de la calidad humana que me fascinó. Te sientes realmente afortunado cada vez que ves el álbum de fotos o relees alguna de las cartas que te envían otros expedicionarios con los que has compartido la experiencia. Es algo mágico que te marca la vida.Y también supuso una necesidad y una emoción de volver otra vez a esta tierra y que, en cierto modo, estamos continuando ahora.