Pilar Gómez Bedate, escritora, traductora y profesora zamorana
Pilar Gómez Bedate, escritora, traductora y profesora zamorana - ABC
Artes&Letras / Literatura

Pilar Gómez Bedate: una mujer libre

El pasado agosto fallecía la escritora zamorana, quien además de mantener viva la estela poética de su marido, Ángel Crespo, dejó una obra propia como crítica, biógrafa, poeta y animadora de revistas

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El pasado 13 de agosto falleció en Zaragoza -hospital Miguel Servet- la escritora, traductora y profesora universitaria Pilar Gómez Bedate. Pocos días antes -27 de julio- la escritora, que nació en Zamora en 1936, sufrió un derrame cerebral en su pueblo adoptivo de Calaceite (Teruel), del que ya no se repuso. Fue la compañera inseparable del poeta Ángel Crespo al que siguió, fielmente, en su exilio americano, en el retorno a España una vez instalada la democracia, y en las distintas vicisitudes vitales e intelectuales que jalonaron la vida del gran poeta manchego hasta su muerte, acaecida en Barcelona en 1995. Enamorada del poeta y de su poesía, Pilar Gómez Bedate, de temperamento conciliador y de gran talento literario, nunca le faltaron esfuerzos ni voluntad para mantener viva la estela poética de su marido, que fue uno de los grandes renovadores de la estética contemporánea española.

Incansable hasta el final, deja estudios sin concluir, poemas por retocar y ediciones en marcha

Apenas unos días antes de su fallecimiento -el 1 de julio concretamente-, rindió la escritora zamorana el último homenaje a su esposo organizando la Primera bienal Ángel Crespo. Allí acudimos poetas, traductores, escritores y amigos de toda España. Nadie imaginamos que, tras unas jornadas memorables en las que reinó el entendimiento y la altura de miras -de lo eterno siempre se aprende-, serían las últimas. Es verdad que tenía 81 años, pero no es menos cierto que mantenía intactas la agilidad de pensamiento, la sagacidad en el discurso, la palabra palpitante hasta dar con lo inesperado e inédito, y muchos proyectos editoriales en marcha.

No puedo por menos de rememorar en este suplemento literario el día que nos conocimos. En una mañana otoñal de 1987 -hace ahora la friolera de 30 años- me llamó Rosa Chacel y me dijo sin más preámbulos: «Antoñito, vente para acá que esta tarde llegan del Brasil Ángel y Pilar Crespo, y no estaría nada mal que te dieras un garbeo». Y allí me presenté. Fue para mí una auténtica encerrona, porque Rosa Chacel pretendía que Ángel Crespo me examinara de latín. Cosa que hizo a fondo. En suma, que aprobé el examen y de allí salimos amigos, y yo además con un nombramiento oficial de secretario de cartas latinas que aún conservo.

Tampoco puedo pasar por alto, aquí y ahora, un hecho decisivo para la creación del patrimonio literario en Castilla y León, y que se debe en gran parte a la decisión de Pilar Gómez Bedate. Pocos meses antes de la muerte de su marido, se firmó en Valladolid el convenio de donación a la Fundación Jorge Guillén del gran archivo de Ángel Crespo. Durante estos últimos años, ha habido un auténtico trasiego de documentos, de ediciones, de exposiciones, de catalogaciones y de proyectos en común. Últimamente -¿quizás porque intuía un final próximo?-, Pilar insistía en culminar como fuera la entrega de documentos, como así se hizo hasta el último momento.

Fue una mujer con inquietudes concretas y con una intelectualidad disciplinada y universalizadora

Pero no todo cuanto se diga de Pilar Gómez Bedate pasa necesariamente por el cedazo o tamiz de Ángel Crespo. Fue una mujer con obra propia, con inquietudes concretas, y ante todo con una intelectualidad disciplinada y universalizadora. Siendo una mujer discreta y en apariencia tímida, tomaba sus propias decisiones. Cuando el ambiente en la Barcelona luminosa y cosmopolita se convirtió en viciado e irrespirable, Pilar Gómez Bedate vendió la casa, que había elegido con su marido como destino final de sus vidas, y se trasladó a Madrid para vivir normalmente en libertad sonora. Como traductora -dominaba varios idiomas y tradujo con gran acierto a clásicos y modernos-, como profesora en diversas universidades nacionales y extrajeras -se jubiló siendo catedrática de literatura española en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona-, como crítica y biógrafa, como animadora de revistas, e incluso como poeta, ha dejado un corpus muy definido, amplio, y en absoluto menor. Incansable hasta el final, han quedado entre sus papeles estudios sin concluir, poemas por retocar, ediciones en marcha, y esa chispa de vitalidad que no acaba con la muerte.

En suma, una vida entera dedicada a la poesía por amor, a la investigación literaria como forma de vida, a la estética por afán de perfección, y al cultivo de las «facciones eternas» que decía Juan Ramón como autenticidad y bagaje de una mujer libre.