Plaza de toros de Peñafiel (Valladolid)
Plaza de toros de Peñafiel (Valladolid) - ABC

Pasión taurina con Historia

Vestigios rupestres o la plaza más antigua de España prueban la dilatada relación de Castilla y León con el mundo del toro

VALLADOLIDActualizado:

Los cohetes anuncian el inicio del festejo. La plaza está llena, con la afición dispuesta a disfrutar de la corrida, la novillada, la suela, el encierro... Es el día a día del verano en Castilla y León, donde los toros forman parte indisoluble de muchas fiestas. Y lo hacen desde tiempo atrás. La pasión taurina de esta tierra no es nueva. De hecho, acceder a varios de esos cosos es sumergirse también en parte de la historia. Una historia que se remonta mucho tiempo atrás y que prueba la relación que desde antaño han tenido los habitantes de lo que hoy es Castilla y León con el mundo del toro, ese animal sagrado, objeto de juegos y caza, símbolo de admiración, devoción, pasión, fuerza, fertilidad y virilidad.

Y conocer un poco más sobre la tradición, el pasado y presente de la tauromaquia en la Comunidad es posible a golpe de click gracias a la página web abierta recientemente por la Junta (www.tauromaquia.jcyl.es), en la que se recoge información de todo tipo relacionada con una fiesta declarada en 2014 Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. «Un hecho patrimonial de primer orden digno por su singularidad y relevancia de ser conservado para generaciones futuras, atendiendo y respetando la evolución normal que como espectáculo se pueda ir produciendo con el paso del tiempo, pero sin pervertir su esencia». Ése es el fin con el que el Gobierno regional dotó a la tauromaquia -referida a las corridas de toros celebradas conforme a la normativa vigente, heredera de las reglas establecidas a partir del siglo XVIII- de esta máxima protección y tutela, con la que los poderes públicos deben garantizar su «conservación, protección y enriquecimiento».

Es en ese indisoluble mano a mano del mundo del toro y Castilla y León en la que se fundamenta esa protección. Y es que hay que echar la vista muy atrás para encontrar el primer vestigio que lo atestigua. Ya en una pintura rupestre, «El toro de hachos», en Valonsadero (Soria), se aprecia al hombre frente al animal en actitud de lidia y lucha. También en época celtíbera, la «Piedra de Clunia», en Huerta del Rey (Burgos), es la primera estela taurina en la que se representa un enfrentamiento ritual entre un hombre armado con escudo y espada y un toro. Y su rastro se puede seguir por el Imperio Romano y la Alta Edad Media. A los años 815 y 1080 se remontan las primeras noticias de festejos taurinos en estas tierras, en concreto en León y Ávila, con motivo de la boda del infante Don Sancho de Estrada. A partir de ahí, se multiplican y hay datos que fijan en el siglo XIII las corridas de toros. Prueba de ello otras piezas de ese patrimonio que salpica la comunidad: el capitel del Colegio de los Mercedarios de Toro (Zamora), en el que un hombre cita a un toros, o los frescos con escenas de tauromaquia en la iglesia de Pinarejos (Segovia).

Cosos con solera

Que en el siglo XVI la fiesta estaba consolidada y organizada lo prueba un documento de 1598 conservado en el Archivo Histórico Provincial de Valladolid sobre la villa de Medina del Campo y sus espectáculos taurinos de San Juan y San Antolín. Aunque es ya en el siglo XX cuando se desarrolla la tauromaquia tal y como se conoce hoy, con reglamentos para tal fin. Lo que no impide que ya tiempo antes se fuese haciendo también un hueco incluso en la arquitectura. De las plazas y calles, cerradas para la ocasión con carros, talanqueras o tablados, en las que se celebraban los festejos, se fue evolucionando a otras construidas a la efecto. Es el caso de la de Peñafiel (Valladolid), con un amplio perímetro, rodeada de viviendas con balcones que hace unos días se han vuelto a llenar para disfrutar del festejo en un coso que conserva la fisonomía del siglo XVIII y que fue declarado Bien de Interés Cultural en 1999. A esa misma centuria se remonta la Plaza de Béjar (Salamanca), la más antigua de España, tal y como verifica la partida de su alumbramiento entre 1711-1714. Cosos históricos, como también lo son el de Toro (Zamora) o el empalizado de Montemayor de Pililla (Valladolid), que cada año se levanta para la Función de la Cruz y transmite de generación en generación ese patrimonio vivo. De palos también la vallisoletana de Serrada; toda de piedra, la de Villafranca de la Sierra (Ávila), o de pizarra, la de Santa María la Real de Nieva (Segovia)

Es también el sustento de industrias artesanales asociadas a la fiesta -sastres, bordadores, zapateros, fabricantes de muletas y capotes...- y el corazón que hace latir y sirve de pulmón a un paisaje único: la dehesa, donde el toro de lidia vive en extensivo, aprovechando de manera «racional» los recursos naturales y también permite la conservación del propio ganado.

Pero no sólo de tradición vive la tauromaquia. La afición se mantiene muy viva. Según la última encuesta estatal de hábitos y prácticas culturales en España, de 2014-2015, Castilla y León se sitúa muy por encima de la media en asistencia a espectáculos o festejos taurinos. Lo hizo un 23,3% de la población, sólo por detrás de los navarros (34,6%) y muy por encima del promedio nacional: 9,1. Y gustan tanto las corridas de toros, novilladas y rejones como otros espectáculos. Un 21,3% de los castellano y leoneses disfrutó de un festejo mayor (un 8,1% en España) y un 23,9 (3,6 a nivel nacional) de otros.