Ejemplar de la edición de «Cántico» de 1936 con anotaciones de Dámaso Alonso, conservado en la Real Academia Española
Ejemplar de la edición de «Cántico» de 1936 con anotaciones de Dámaso Alonso, conservado en la Real Academia Española
Artes&Letras

Noventa años del primer «Cántico» de Guillén

El poeta vallisoletano irrumpía hace ahora nueve décadas en el panorama literario español con una obra que crecería en posteriores entregas y renovó la estética del momento

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En este diciembre de 2018, a punto de expirar, se cumplen los 90 años de la publicación de Cántico de Jorge Guillén, su primer libro de poemas. Me refiero a la primera entrega de Cántico, como le gustaba decir al poeta vallisoletano, que apareció en diciembre de 1928 en la Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset. Un libro de 75 poemas que conocerá tres ediciones más que ampliaron su contenido: la que se publica de Cruz y Raya en Madrid de 1936, la que aparece en México en 1945 ya desde el exilio americano, y la última y definitiva que se edita en Buenos Aires en 1950. En 1928, Jorge Guillén tenía 35 años, un año antes había consolidado su andadura como miembro destacado de la Generación del 27, y ejercía de catedrático de literatura española en la Universidad de Murcia.

Hablamos de alguien en plenitud intelectual y poética, que escribía poesía desde 1919, pero que, por distintas razones, nunca quiso publicar hasta nueve años después. Unas veces, porque sus primeras composiciones le sonaban a modernismo rubeniano, y no se identificaba ni con ese planteamiento estético ni con ese modo de vivir. Otras porque su trayectoria profesional -entre una formación rigurosa que duró años, sus devaneos con la filosofía, y su propensión a la crítica literaria que ejerció desde los años 20-, frenaba una decisión que, en el segundo poema de Cántico, calificaba el propio Guillén como «El prólogo» de hechos que con demasiados «rodeos rizan la artimaña». Hasta que en ese poema da el portazo definitivo: «¡No importa! Perezcan/ los días en prólogo./ ¡Oh prólogo: todo,/ todo hacia el Poema».

1928, sobre todo, fue un año de gracia en la poética española del siglo XX. La aparición de Cántico supuso la eclosión de una referencia estética renovadora cuya influencia nutrió a generaciones de poetas posteriores. A este respecto, advertía José Bergamín en la Gaceta Literaria el uno de enero de 1929 -unos días después de aparecer Cántico- que no estábamos ante un sucedáneo o repetición literaria al modo de «Valéry. Ni Góngora, ni Juan Ramón Jiménez», que era lo que entonces primaba y se imponía como canon, sino con otro tipo de fenómeno muy distinto. Con algo que, según el crítico inmisericorde que fue Bergamín «se compromete, da la cara: una cara de la razón».

Desde la otra vertiente de la crítica -la que mira a la poesía como fenómeno de transformación de los adentros y del modo de escribir-, José Martínez Ruiz -Azorín-, con una diferencia de escasos días sobre la rotunda opinión de Bergamín, aseguraba que la auténtica cuestión que dilucida Guillén en Cántico se decidía, exclusivamente, en la razón poética ya que, escribía, «Cántico es la física de un gran poeta lírico» que, de manera muy distinta, edifica «un universo nuevo, tal como lo ve la inteligencia moderna». Lo que, según el maestro del 98 -Jorge Guillén tomó sus equidistancias sociológicas y poéticas con esa generación-, inauguraba «una época en la evolución de la literatura española».

Retrato de Jorge Guillén
Retrato de Jorge Guillén - LAGOS

Al hablar la crítica inmediata de razón, de inteligencia, de transformaciones formales, y de formulaciones envueltas en exactitudes anímicas, muchos pensaron -algunos hoy también lo piensan- que se estaba ante una versión hispana de la poesía pura propugnada por Valéry o el simbolismo, confundiendo cordialidad y pensamiento. Jorge Guillén, en los preámbulos a la publicación de Cántico, había conocido y frecuentado a Valéry en 1921, e incluso escrito sobre su poesía: «Iba a su casa por la mañana, sin previo aviso. Y allí, pues… había un momento de conversación muy sencillo, muy familiar». Le interesaba, puntúa el vallisoletano, «la elevación del tema y el rigor de estilo».

Pero de esto, a ser considerado un epígono de la poesía pura, media un abismo. En esos momentos precisos, Guillén vivía en estado de gracia y en la plenitud de su amor. El propio Juan Ramón Jiménez -poco después se enemistarían hasta la muerte, pero esta sería otra cuestión- reconocía que el Cántico de 1928 había sido «concebido, trazado, expresado al mismo tiempo y !con qué maestría!, en alto francés y en alto español». O sea, que en cuanto a contenido, nada que ver con la poesía pura concebida como química. Al propio Guillén ese angelismo le crispaba: «Poeta Puro... ¿Y eso con qué se come? Eso es una antigualla que me molesta mucho, porque eso quiere decir que es un tópico, que es falso desde el primer día. Si pura implica intelectualismo o frialdad, entonces es lo contrario de mi poesía, y el que lo diga no me ha leído».

Circunstancias felices

Cántico de 1928 fue el resultado, primero, de un cúmulo de circunstancias felices -casamiento, una profesión como enseñante que ejercía con gusto, la llegada de los hijos, la irrupción de la amistad poética con los lazos que establece la Generación del 27, una historia positiva a pesar de los nubarrones de la vida, y sobre todo la sensación de que «el mundo está bien hecho»- y, segundo, de una voluntad bien planificada y estructurada para escribir vital y poéticamente sobre esa realidad desbordante y elemental. Dirá: «Siempre parto de lo elemental, del cuerpo que soy, de lo esencial que es el aire que respiro. Y el aire que respiro me pone en relación con el mundo, con el mundo en el que no estoy nunca solo, somos nosotros, es el aire nuestro».

¿Quiere decir que no hay historia en este primer Cántico? Claro que existe, pero se trata de un relato que, originariamente, mira a la historia vivida desde el asombro y con una evidencia: «la nada y la luz aún se miran». O sea, que ve las cosas como cualquier amante y con la exactitud de quien pasea feliz y jubiloso por las veredas del Campo Grande de Valladolid: «Tiempo en profundidad: está en jardines./ Mira cómo se posa. Ya se ahonda./ Ya es tuyo su interior. ¡Qué transparencia/ de muchas tardes, para siempre juntas!/ Sí, tu niñez, ya fabula de fuentes». ¿Poesía pura? Demasiada literatura para tanta sinceridad y belleza juntas. Todo lo demás, siguiendo a Teresa de Jesús, lo reduce Guillén, en este primer Cántico, a tópico y a bullicio: lo menos guilleniano del mundo.