Aula del colegio Miguel Hernández en Valladolid

«No soy gitano, soy niño»

La Administración y las asociaciones trabajan para que la presencia de los niños y niñas gitanas en la escuela sea asumida tanto por el colectivo gitano como por el resto de la sociedad como un elemento cotidiano en el que la única «rareza» detectada sea fruto de las experiencias personales de cada alumno

TEXTO: FÉLIX IGLESIAS FOTOGRAFÍA: FRANCISCO DE LAS HERAS
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VALLADOLID. Una docena de niños y niñas están volcados sobre los cuadernos. Leen y dibujan en medio del silencio a pesar de que hacía unos pocos minutos habían convertido el patio en un auditorio de risas, gritos y charlas enloquecidas. Son unos niños más del colegio Miguel Hernández en el barrio de los Pajarillos de Valladolid. Por mucho que uno se esfuerce en adivinar su procedencia no se logra saber si son payos, gitanos, colombianos o búlgaros. Ésa es la idea que tiene el equipo de profesores de este colegio, encabezado por su directora María José Gómez. Esta idea la comparte también el director general de Formación General e Innovación Educativa de la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León, Marino Arranz: «En realidad, no sabemos el número de matrículas de escolares gitanos que hay, sólo el de minorías culturales».

Para Juana Pérez, orientadora del equipo psicopedagógico que atiende la zona en la que se encuadra el colegio Miguel Hernández, es más sencillo todavía: «Los niños gitanos, como los payos, los magrebíes o los rusos son de diferentes familias, cada una con sus particularidades». Y es en ese núcleo familiar donde surgen las particularidades de los alumnos y no de sus raíces culturales y tradiciones. De hecho, el programa de educación compensatoria afecta a individuos por encima de colectivos, aunque es evidente que los alumnos extranjeros tiene una primera particularidad que es la necesidad de aprender el idioma. Es más, las necesidades educativas específicas abarcan a todo tipo de alumnos, aunque también es cierto que las circunstancias sociales que rodean a determinados colectivos pueden tener efectos descompensatorios frente a alumnos pertenecientes a ámbitos sociales más estructurados.

Valores y prejuicios

Por lo que respecta al alumnado gitano es quizá el colectivo con familias más estructuradas, ya que por tradición el núcleo familiar es básico en su forma de ser, con un especial cuidado de los niños y los ancianos, «unos valores que por contra están perdiéndose en el resto de la sociedad», lamenta Juana Pérez. En este sentido, Marino Arranz afirma que en la labor de integrar a las minorías culturales muchas veces el problema está enquistado en la mayoría social, cargada de estereotipos y prejuicios arrastrados durante siglos de incomprensión.

A pesar de esa losa de desencuentros, el colegio Miguel Hernández, que en 1997 mereció un premio Nacional de Mejora Educativa, es un crisol de interculturalidad, que no de multiculturalidad, ya que más que segregar se apuesta por la integración. Para su directora esta vocación es compartida no sólo por los 29 profesores que integran la plantilla, así como por los colaboradores que participan en sus variadas actividades extraescolares, sino por los padres, pieza fundamental en la ejemplar labor de este centro público, dotado de absolutamente todos los medios humanos y materiales para una enseñanza de calidad e integral: «Trabajamos con los padres, pues son esenciales en que esta labor tenga reflejo en el barrio», asegura la directora de este colegio, que imparte Infantil y Primaria para unos trescientos alumnos.

Plan Marco

Pero no se trata de mero voluntarismo. Detrás de ésta y otras iniciativas hay muchos años de trabajo y dedicación consciente. Así, desde la Administración educativa se está trabajando en un Plan Marco de Atención a la Diversidad que se desarrollará entre este año y el 2007, según el director general de Formación Profesional e Innovación Educativa. Mientras tanto, desde la asunción de las competencias de la educación no universitaria por parte de la Junta de Castilla y León en el año 2000 se están desarrollando programas para compensar los desfases de los alumnos con necesidades educativas especiales. Entre esas medidas están una escolarización equilibrada entre los diferentes centros, aunque el propio consejero de Educación, Javier Álvarez Guisasola, reconoció en las Cortes regionales que el 80% de este alumnado está matriculado en centros públicos. También se está trabajando con la atención personalizada, que empieza por planes de acogida cuando llegan los nuevos alumnos al objeto de facilitar su integración. Finalmente, destacan las medidas curriculares que permiten una adaptación de cada centro a las necesidades específicas de sus alumnos.

Las niñas

A pesar de las reticencias iniciales por personalizar en el colectivo gitano la política de integración educativa del Gobierno regional, Marino Arranz asegura que la escolarización en las primeras etapas de la enseñanza obligatoria es prácticamente plena entre los niños y niñas gitanas. Otra cosa es el tramo final, ya en Secundaria: «Se cosecha un fracaso por diversos motivos, especialmente entre las mujeres», indica el representante de la Consejería de Educación.

Entre los factores, la mayor complejidad del currículum y una mayor exigencia presencial en las aulas. En cuanto a las mujeres, a partir de los 14 años -la Logse elevó el tramo educativo obligatorio a los 16 años- algunas abandonan el instituto para regresar al hogar y asumir cargas familiares, cuando no para prepararse para el matrimonio. Sin embargo, según señala desde el Secretariado Gitano su presidente, Ramón Salazar, «los gitanos se casan cada vez más tarde», cuando no hace muchos años estar soltero con más de 21 años de edad, convertía al individuo en «un bulto sospechoso».

La vía de las subvenciones

Además del propio convencimiento de que la educación es el principal trampolín de promoción personal, la Administración también utiliza el atajo de la compensación económica. Al tratarse en muchos casos de núcleos familiares con fuentes de ingresos económicos irregulares por su dedicación a actividades productivas desrregularizadas como sucede con la venta ambulante, muchas ayudas y subvenciones económicas procedentes de las instituciones públicas están sujetas a un compromiso paternal para la escolarización de los hijos.

Sin embargo, incluso estas medidas son rechazadas por algunos gitanos, como reconoce Ramón Salazar, especialmente cuando se trata de que las hijas cursen estudios en los institutos. Las razones, según el máximo representante de este colectivo en la Comunidad Autónoma, habría que buscarlas también en estereotipos atribuidos a los payos, evidentemente varones, como también a la denigrante realidad de «destinar» a la mujer al sostén del hogar, una tradición machista que entraría en confrontación con una mujer que haya estudiado.

Autoimagen y estima exterior

Por encima de estas circunstancias, -no tanto tiempo ha también generalizadas en la sociedad mayoritaria- tanto desde la Consejería de Educación como desde los mismos gitanos se coincide en que se trata, por una parte, de mejorar la autoimagen que estos últimos tienen de sí, como, por otro lado, de que «los payos nos conozcan de verdad», tal como afirma Ramón Salazar, quien indica que la sabiduría no sólo reside en los libros sino también en la convivencia. De hecho, la clave la da Juana Pérez: «El problema no está en las aulas, sino fuera». En este sentido, los educadores señalan que los niños más pequeños no hacen diferencia. «Si alguien les hace notar que son gitanos la respuesta es «no soy gitano, soy niño»». Una respuesta que obedece más a una integración cotidiana que a un ocultamiento puntual. Como bien saben en el colegio Miguel Hernández todos son únicamente niños.