FRAUDE DE LOS ATAÚDES EN VALLADOLID

«Morchón ordenó y ayudó a cambiar ataúdes y no decíamos nada porque no nos atrevíamos»

El exempleado de El Salvador que durante décadas guardó documentación sobre la supuesta trama defiende que «siempre estaban bajo amenazas de despido» y que ni él ni el resto de compañeros recibieron «nunca» un beneficio

Valladolid Actualizado: Guardar
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«No es que fuéramos de confianza. Estábamos acojonados por miedo al despido. No pasaba una semana sin que dijeran 'os voy a despedir' y no decíamos nada porque no nos atrevíamos». El extrabajador de El Grupo Salvador cuyas anotaciones de incineraciones irregulares hicieron destapar la presunta trama de los ataúdes en Valladolid aseguró ante la juez instructora del caso que él y sus compañeros temían perder su empleo, porque «siempre estaban bajo amenazas» y por ello acataron el supuesto cambio de los féretros pagados por las familias de los difuntos por unos más baratos para volver a vender los primeros. Un proceder que era «ordenado» por el propietario de la funeraria, Ignacio Morchón, quien también -dijo- participaba. «Yo he cambiado con él» y «alguna vez» con su hijo.

Justo M. llegó a la empresa a mediados de los noventa. En principio atendía en recepción, pero posteriormente se le encomendó trabajar en el crematorio. Cuando empezó, sus «compañeros» le dijeron: «Esto es lo que hacemos. Ignacio nos lo ha mandado». En el supuesto «cambiazo», señaló, participaban los trabajadores encargados de la incineración y los conductores, los cuales se han acogido a su derecho a no declarar.

Un hecho, el de que «ni uno» declarara, ante el que la juez preguntó a uno de los hijos del propietario y actual gerente de las funerarias si había existido alguna presión sobre ellos. Ignacio Morchón lo negó, aunque reconoció que era «raro».

Justo M. insistió en que reinaba el «miedo» y que se había «despedido a muchos». ¿Por qué no se fue y denunció los hechos cuando los supo en lugar de trabajar bajo esas presuntas amenazas?: «Porque tenía mucha edad y una minusvalía. ¿Donde iba yo a ir», declaró.

No supo explicar muy bien por qué durante sus casi dos décadas en el crematorio tomó anotaciones de las presuntas prácticas fraudulentas: cadáveres a los que se movía de una caja cara -para revenderla- por otra «que no valía nada y era de aglomerado», difuntos que se introducían en el horno sólo sobre una puerta e, incluso, cenizas «cambiadas». Fueron «muchas horas en soledad» en las que -aseguró- quiso «dejar constancia. Siempre tuve la intención de llevarlo a la Fiscalía pero no lo hice. He tenido la boca cerrada».

Respecto a las irregularidades, narró cómo en «muchas ocasiones» traían cuerpos del tanatorio al cementerio a incinerar, cuando figuraba que se procedió a la cremación en el primer punto. Desde allí, ya llegaban con la «caja cambiada». También explicó que a veces cuando las familias querían verlo, observaban cómo se introducía el féretro en el horno, pero éste estaba apagado y «un ventilador de gas » hacía que diera «la sensación de que estaba encendido». Una vez se habían ido, «se hacía el cambio».