Miles de personas «se rindieron» en Pedraza al primer Concierto de las Velas

BEATRIZ REVILLA
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PEDRAZA (SEGOVIA). La localidad segoviana de Pedraza se volvió de cera y fuego para acoger un año más la noche más cálida y hermosa del verano con el primer Concierto de las Velas. Su esencia, mezclada con los aromas del buen yantar, atrapó de nuevo a miles de visitantes, en su mayoría procedentes de la Comunidad vecina de Madrid, que acudieron en un reguero incesante a la llamada del ambiente mágico de Pedraza y de las 50.000 velas prendidas por doquier.

Un evento estival al que no faltó tampoco una de sus vecinas de honor, la consejera de Cultura y Turismo, Silvia Clemente, que casualmente estrenó su nueva cartera en su tierra y lo hizo con unas palabras de alabanza hacia el esfuerzo de la Junta y del municipio por «integrar y difundir el acervo cultural de Castilla y Léón», así como por conservar y alejar este rincón segoviano de las garras del crecimiento urbanístico «arbitrario».

A las diez en punto de la noche, las últimas luces del pueblo se apagaron en la Plaza Mayor para encender la pasión de la música en la piel del decano español del saxo, el navarro Pedro Iturralde acompañado del cuarteto Adolphe Sax.

En su décimosegunda edición, el concierto quiso rendir un homenaje al compositor y fundador de Los Brincos, Fernando Arbex, fallecido el sábado tras una larga enfermedad, y por primer año dedicará parte de su recaudación a la investigación de la anemia infantil conocida como «de Fanconi». Con un programa ecléctico que encandiló sobre todo en su primera parte, Iturralde recuperó sus «vivencias» de Lisboa, Casablanca y Argel, llenó de vida con músicas populares como la Czarda húngara o el baile griego del Kalamatianos, y cerró su recital con adaptaciones de los clásicos Granados, Manuel de Falla o Joaquín Turina.

Pero además, el incombustible y polifacético músico, que lo mismo dirigía con el piano que deleitaba con el saxo y el clarinete, tuvo dos guiños al público con la interpretación de la preciosa balada francesa «Las hojas muertas», de Joseph Kosma, y un original bis a petición de una asistente argentina de «La milonga del Ángel», del maestro Astor Piazzolla.