Vista de Burgos en un grabado impreso en Londres en el siglo XIX
Vista de Burgos en un grabado impreso en Londres en el siglo XIX - Biblioteca Digital de Castilla y León

Letras a la sombra de la catedral y del Cid

Leonardo Romero Tobar rastrea la presencia de Burgos en la literatura desde el siglo XVIII hasta la actualidad, con la «ciudad personaje» de Esquivias

C. Monje
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El Cid, la catedral y el frío. A la búsqueda de la esencia de Burgos, muchas páginas escritas a lo largo de la historia de la literatura se han recreado en sus personajes legendarios y monumentos, además de contribuir a su fama de clima inhóspito.

Leonardo Romero Tobar, burgalés que ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza, ha rastreado los textos donde la ciudad, y en ocasiones la provincia, constituyen «el punto de referencia para su estructura literaria». El resultado, Burgos en la literatura moderna (siglos XVIII-XXI), un libro editado por Dossoles que recupera ejemplos situados «en una etapa intermedia entre la hipertrofiada recuperación de sus viejas glorias antiguas y la apertura a la nueva forma de escribir desplegada en el siglo XX»; y avanza hasta desembocar en la reciente «conversión de la urbe» en un personaje más, como ocurre en la trilogía de Óscar Esquivias integrada por Inquietud en el Paraíso, La ciudad del Gran Rey y Viene la noche.

Un destacado autor de la primera centuria estudiada, Jovellanos, dejó constancia en sus Diarios de la catedral «grande, magnífica», la ciudad de «bellos edificios» y su «niebla espesa, fría y húmeda». Los viajeros románticos del siguiente siglo afianzarían esa estampa.

Entre los escritores extranjeros que quisieron conocer la España decimonónica e hicieron parada en Burgos figura Alejandro Dumas hijo (Impressions de voyage de Paris a Cadix, 1847). Apenas estuvo tres horas en «la patria del Cid» y ensalza la figura del Campeador, con error incluido: «considerar el cofre engastado en el claustro como si fuera el ataúd del héroe», señala Romero Tobar. El autor de La dama de las camelias recomienda ver «la reina de Castilla la Vieja» desde el puente cercano al arco de Santa María, «la más hermosa puerta de la ciudad».

Prosper Merimée anota en sus escritos sobre España tras su paso por Burgos en 1840: «No conozco nada más triste que esta ciudad sin sol. Nada que alegre la vista». Para compensar, otro viajero recala en la ciudad ese mismo año, Théophile Gautier, y en su Viaje por España se maravilla ante la catedral. Del acceso al claustro dice: «Seguramente debe ser la puerta más hermosa del mundo después de la del Baptisterio de Florencia». Para el argentino Domingo F. Sarmiento es «la catedral gótica más bella que se conoce», lo que seguramente mitigase su decepción ante el entorno, «de día es un montón de ruinas vivas y habitadas por un pueblo que es todo lo que se quiera, menos poético ni culto».

La escritora, pintora y escultura rusa Maria Bashkirtseff también plasmó en su Diario sus impresiones sobre el principal templo burgalés. «Hice un boceto de la catedral... ¿Podré describirla? Es un conjunto de ornamentaciones, de esculturas pintadas, de doradas molduras, de fiorituras, de frivolidades; el resultado es algo imponente». Su entusiasmo desaparece al citar una de las pinturas catedralicias, la «célebre Magdalena» que por entonces (viajó a España en 1881) se atribuía a Leonardo da Vinci: «¡Horror! Me voy a animar a decir que no me gusta, que no me dice nada».

La fascinación ante la figura del Cid, que venía de lejos, alcanzó también a Victor Hugo, que en La leyenda de los siglos, en su faceta de poeta épico, da voz al héroe castellano para enfrentar «sus virtudes» a «las tachas» del rey Sancho.

También los del 98, que «confirieron a Castilla el papel de la personificación más auténtica del ser español», pusieron sus ojos en Burgos. Azorín lo hizo en obras como El alma castellana, Los pueblos, Castilla y La Cabeza de Castilla. Ramón Menéndez Pidal, estudioso del Cid y del Cantar, está considerado «una autoridad en la materia». En el terreno de la novela, Pío Baroja convierte la ciudad en uno de los escenarios de El árbol de la ciencia, y Unamuno le dedicó uno de los poemas de su Cancionero.

Los componentes de la Generación del 27 dejaron algunos versos burgaleses más, como los conocidos de «El ciprés de Silos», de Gerardo Diego. Y testimonios en prosa, como los de Lorca en sus Impresiones y paisajes. Pero fue Rafael Alberti el que llevó a su obra poética buena parte de la provincia, tan presente en La amante. Su compañera María Teresa León, quien vivió en la ciudad, dejó una extensa relación de artículos en la prensa local, además de sus posteriores semblanzas del Cid y Doña Jimena.

Burgos en la literatura moderna (siglos XVIII-XXI) avanza por las obras de ambientación burgalesa en la guerra civil, aportaciones poéticas de los Novísimos o las realizadas por autores locales de distintas épocas y géneros, como María Cruz Ebro, Fernando Ortega Barriuso, Jesús Carazo y Tino Barriuso, entre muchos otros que han llevado la ciudad o la provincia al terreno literario.