DEL AGUA MANSA

CON VUESTRO MECANISMO

Singular que un líder venda su propia resurrección como si fuera la del partido cuya fosa cavó con tanto ahínco

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LA despedida de Óscar López adquiere tintes tragicómicos en Castilla y León. No lo digo yo, que al fin de cuentas sólo soy militante consorte y esto no sirve para nada: ni siquiera para curar un catarro dándole al jarro. Me lo apuntó el viernes un militante de verdad con predicamento en el partido: «Me recuerda al amado líder Kim Jong-il en vísperas de Navidad». Aquel duelo de plañideras cantando la Internacional a moco tendido, mesándose los cabellos al paso de la comitiva fúnebre, fue propia de Muñoz Seca. El largo adiós de Óscar López —me voy pero me quedo— tiene su quid. Cercana la Semana Santa como está, se ha apropiado con desparpajo de las palabras de Cristo según San Juan: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver».

Estas palabras —que respeto profundamente porque inciden en una pasión dolorosa con la esperanza de la Resurrección— le van como anillo al dedo al laico López. Él mismo, el pasado jueves de gloria que no de pasión, nos dio las claves de su calvario mesetario cuando, deshojando la margarita ante sus discípulos, frivolizó con que tenía «una espinita clavada por los resultados de las elecciones». ¿Una espinita? No, hijito. Lo tuyo fue un sayón que ha clavado el «puro cambio» al peor travesaño de la historia. Por tanto, hablamos de una pasión light lejos de las palabras de san Juan y cerquísima del babero que puso Gracián en el Criticón a todos los que hacen pucheros con la boca: «el que come más, come menos».

Singular, por tanto, que un líder venda su propia resurrección como si fuera la del partido cuya fosa cavó con tanto ahínco. Pero más excéntrico resulta que el mismo partido, atrincherado con la escenografía de don Mendo en torno al amado líder, se sienta guapo, como María Teresa Fernández de la Vega, tras una cirugía estética que podrá disimular perfectamente que la arruga es bella, pero muy mal que el estiramiento del paro y de la ruina de España se haga a base de fideos confitados. En política las ideas envejecen mucho más veloz que las personas. Un político como Óscar López, envejecido por el zapaterismo y el rubalcabismo averiados, corre siempre un grave riesgo: ha de competir como un viejo alocado para ver cómo arrebata a los jóvenes la bandera de la invención y el disparate.

Dicen que mañana, con una meditación profunda en el huerto de los olivos de Ferraz, López decidirá si quedarse en las Cortes de Valladolid como portavoz ocasional, o como procurador oyente, o como secretario General en cómodos plazos, o como Senador en días alternos, o como secretario de Organización con dedicación exclusiva o con las combinaciones propias que su nuevo rango exige. Da igual. Sólo acentuará dos sensaciones endémicas en el socialismo castellano y leonés: una, que el cunerismo es un valor existencial porque o no hay cantera autóctona o ha sido eliminada de cuajo; y dos, que no hay recambio posible al zapaterismo ideológico y de las jons, porque el propio López es un tapón inmovilista y autogestionario. Así que, camaradas, vosotros mismos con vuestro mecanismo.