Un aula de alumnos gravemente afectados, trabajando con su tutora Esther en el centro Carrechiquilla, de Palencia
Un aula de alumnos gravemente afectados, trabajando con su tutora Esther en el centro Carrechiquilla, de Palencia - F. HERAS

Educación especial: inclusión desde la diferencia

Los padres de alumnos matriculados en esta modalidad educativa niegan sentirse «segregados» como denuncia la ONU en un informe que ha movido al Gobierno a apostar por su supresión. El centro palentino de Carrechiquilla es el ejemplo

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La fotografías de los profesores y alumnos colgadas de la puerta junto a su nombre y un pictograma con la actividad que están desarrollando hacen fácilmente intuible que de puertas para dentro Esther, la tutora, y Juan, AT (asistente técnico), se encuentran trabajando con Sofía, Alberto y Marina. Están viendo «Lifted», el cortometraje de Pixar en el que un joven alienígena recibe instrucciones de su tutor para el manejo de una nave. Cada alumno con las herramientas que necesita, mientras su profesora lo comenta. En ese momento son únicamente tres alumnos, pero en ningún caso superarán los seis y estarán atendidos, como mínimo, por un profesor especialista en Pedagogía Terapéutica –los llamados PT- y el mencionado AT.

La posibilidad de trabajar con los niños en esos grupos tan reducidos, que permite a cada alumno tener un «currículum» individualizado, es una de las peculiaridades que más valoran los padres que decidieron optar por la educación de sus hijos en un centro de educación especial. Pero la tranquilidad de estas familias se ha visto alterada desde hace un par de meses a raíz de unas declaraciones de la ministra Educación, Isabel Celaá, que anunciaba en el Senado la intención del Gobierno de convertir estas instalaciones en «centros sectoriales de apoyo a la inclusión que brinden el asesoramiento y la ayuda necesarios para que el alumnado que esté actualmente escolarizado en estas instalaciones específicas pueda incorporarse progresivamente a los centros ordinarios».

Desde entonces poco más se conoce de la medida. Sólo que responde a un mandato recogido en la Convención Internacional sobre Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, que según el organismo internacional España no está cumpliendo al mantener la educación especial y no apostar de manera decidida por la inclusión en colegios e institutos ordinarios.

«¿Acaso han visitado algún centro de educación especial español estos representantes de la ONU? ¿Y a qué llaman inclusión, que un niño con necesidades vaya a un cole ordinario o que un niño normalizado venga a un centro específico? Nosotros tenemos la convicción de que hacemos inclusión activa con nuestro alumnado, que no es otra cosa que integrarles en la sociedad». Quien habla es Alberto Sanz, a quien tras varios años como director de un colegio ordinario «un motivo personal» le llevó hace dos años a asumir la dirección del Centro de Educación Especial de Carrechiquilla, en Palencia. «El enfoque es completamente diferente. En un cole ordinario estás empeñado en que los niños saquen adelante sus evaluaciones individualizadas. Aquí es otro el planteamiento. Si hay un problema de conducta no puedo ponerme a abordar contenidos, tengo que pensar qué habilidades enseño yo a ese niño para que sea capaz de autocontrolarse y, por ejemplo, poder acudir al cine», defiende.

El ejemplo de Carrechiquilla

Pero, ¿siendo diferentes los fines puede trabajar un centro de estas características por la inclusión –extremo que duda la ONU–? «Siempre», señala contundente, y añade: «Diría que un centro de educación especial es el referente de la inclusión». No lo dice por decir. De hecho, el proyecto Comunica 3.0 del centro palentino recibió hace dos años el Premio Nacional a la Inclusión del Alumnado con Necesidades Educativas Especiales, una iniciativa del Gobierno en la que las instalaciones palentinas competían con colegios e institutos de cualquier condición. Entre los objetivos de este proyecto, «dar a sus alumnos las oportunidades necesarias para participar plenamente en la sociedad en la que viven». Para ello desarrollan distintas actividades, cuenta Alberto, entre ellas, todos los viernes una asamblea en la que los alumnos de Carrechiquilla se reúnen con estudiantes de centros ordinarios de la provincia para abordar temáticas de lo más diversas, desde el Día del Cáncer hasta el de la Paz.... En esa línea de inclusión y de apertura a la sociedad también están otras iniciativas, como el libre acceso de otros centros a su piscina de hidroterapia.

Aitor se comunica con María gracias al programa Toby
Aitor se comunica con María gracias al programa Toby - F. HERAS

Y es que otra de las peculiaridades de los centros de educación especial son sus instalaciones. En Palencia, además de aulas totalmente adaptadas a las necesidades de sus alumnos, con camas para los cambios de posicionamiento de los niños motóricos, sistemas de comunicación como el Toby para niños plurideficientes y cocina propia donde se elabora todo de forma específica para cada niño, es un centro de recursos para toda la provincia, tanto en cuestión de documentación –con acceso a su biblioteca sobre temáticas de lo más diverso en cuanto a discapacidad– como de herramientas –«si hay un niño motórico en cualquier pueblo que necesita una silla desde aquí se la ofrecemos».

Actualmente, Carrechiquilla cuenta con once maestros tutores PT, tres de Audición y Lenguaje, un profesor de Agrarias y otro de Artes Gráficas y 18 técnicos para atender a 52 alumnos, estando sólo en régimen de residencia los que viven en pueblos más alejados. Un 80% del alumnado del centro –que atiende a niños de 3 a 21 años– está gravemente afectado y es plurideficiente. ¿Y si hubiera la remota posibilidad de dotar a los centros ordinarios de todas estas herramientas? «Siempre pongo este ejemplo: por mucho que quisiéramos dotar a todos los centros de salud de medios nunca llegarían a ser un hospital». Y duda además de que la sociedad –familias y alumnos de la ordinaria– esté preparada para esta convivencia.

Un futurible «imposible»

Además de verlo como un «futurible» imposible, los padres insisten en que para nada se sienten «segregados» y no deberían perder el derecho de decidir libremente el centro educativo que quieren para sus hijos. Lo apunta Mariano Luis, presidente del AMPA del Centro 1 de Valladolid y uno de los portavoces de la plataforma creada en defensa de este sistema, que aglutina a 30 asociaciones de dependencia y asociaciones de padres. También lo defiende desde el AMPA de Carrechiquilla Emma, madre de dos gemelos de 16 años diagnosticados con retraso madurativo que llevan tres años en este centro, «y si llego a saber lo felices que iba a estar, llevarían muchos más», pese a que reconoce que cuando le hablaron de este tipo de educación para sus hijos como «única opción» se llevó «un disgusto». «Recuerdo que cuando iban al otro colegio siempre veían a los dos solos en un rincón. Ellos me decían que estaban contentos pero yo no les creía. Ahora les veo con sus compañeros jugando al baloncesto, al fútbol...» La importancia que tienen los grupos de referencia para estos chicos también es destacada por Esmeralda Tejero, presidenta de la Asociación de Ayuda a la Dependencia y Enfermedades Raras: «Cuando escogemos estos centros es porque creemos que es lo que necesitan nuestros hijos a nivel no sólo educativo, sino sanitario y social».

Las familias, al igual que los profesionales afectados, están viviendo estos momentos con preocupación. Son muchas las dudas: ¿Ese sistema de inclusión va a ser un simple trasvase de niños? ¿Se ha analizado realmente la población que atienden estos centros?. No entienden porque se ha puesto el foco el algo que funcionaba. Desde la Consejería de Educación han lanzado a los padres un mensaje tranquilizador. Asegura que seguirá manteniendo estos centros porque «una cosa es la inclusión y otra, su eliminación». La Educación Especial insiste que su futuro, además de que siempre surgirán nuevos métodos y recursos materiales para atender las sus necesidades de sus alumnos, debe pasar por «potenciar que cada padre pueda elegir lo que necesita su hijo porque no todos somos iguales», concluye Sanz.