Idiorritmias
Ballet contemporáneo de Burgos - ical
CRÍTICA

Idiorritmias

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Alberto Estébanez acaba de estrenar en el Teatro Principal de Burgos su última creación, «Pielescallar», con textos de Sara R. Gallardo, dramaturgia de Cándido de Castro (fundador y director de Achiperre Teatro), escenografía y vestuario de Elisa Sanz (último Premio Max a la mejor figurinista), música y videoproyecciones de Samuel Peñas e interpretación actoral de Cándido de Castro y dancística de Emilia Javanovic (ex bailarina de la Compañía Nacional de Danza), Sara Saiz, Leticia Bernardo, Alejandra Miñón y Paula Páramo (Ballet Contemporáneo de Burgos). Y digo creación por el carácter proteico de esta producción, en la que se entreveran sin solución de continuidad danza, poesía, música e imágenes desde una pluralidad de lenguajes (verso libre, rap, danza contemporánea, hip-hop). El resultado global es dispar desde el punto de vista de la dosificación de tensiones/distensiones, cuestión en absoluto relevante desde la hermenéutica contemporánea, que prescinde de toda visión del objeto artístico como una unidad estructural, y por tanto no considera ni tiempo, ni espacio, ni acciones según un principio de sucesión y causalidad.

Lo que más interesante me parece de esta producción es haber logrado articular esos diferentes códigos centrándose en el ritmo, su principio unificador-configurador. Éste consigue una asombrosa simbiosis que mantiene al espectador embelesado durante buena parte de la función, tanto en los momentos «actuados» (narrados, bailados, ilustrados), como en aquellos otros en los que sólo existe en forma de respiración, percusión corporal, latido o incluso silencio. Especial potencia alcanza cuando los tres registros (lingüísticos, kinésicos y musicales) se producen de forma «homofónica», como en «Sí, casi, casa, tú, silencio», cuando los ritmos percutidos acompañan el magnetismo de los troqueos (sí-i, cá-si, cá.sa, tú-si, lén-cio), mimados a su vez por las bailarinas. Aparentemente en tempos distintos del lenguaje y la música-kínesis discurre la escena de la paródica «deconstrucción del lenguaje» («¡Defunción del sujeto y del predicado: el amor ha muerto!»), subrayada además por la disociación entre prosodia –jubilosa y festiva– y la semántica del enunciado. El ritmo poético ocupa gran parte de la obra construyendo distintos espacios emocionales que cada arte expresa con sus propios recursos.

Semejante densidad conceptual es sostenida por el excelente trabajo de los intérpretes: la calidez y los matices vocales de Castro; el lirismo y la delicadeza de Javanovic y la versatilidad del grupo de bailarinas, con momentos especialmente brillantes como la escena del muro.