Música

La fuerza del sino

La obra y figura del compositor leonés Evaristo Fernández Blanco sigue siendo recuperada, tal como hace la reciente edición de su obra sinfónica completa

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La última década ha sido especialmente fructífera en conocimiento y reconocimiento del músico leonés Evaristo Fernández Blanco (Astorga, 1902-Madrid, 1993): publicación de su catálogo compositivo (Daniel Gutiérrez Sanz, Catálogo de Obras de Evaristo Fernández Blanco, 2007), grabación parcial de su obra (Obras para piano. Obras para voz y piano, 2002; Cuarteto cromático, 2003; Trío en Do, 2006), programación en ciclos significativos (Fundación Juan March, Del 27 al 51: Recuperación de una Modernidad; Celebración del 1100 aniversario del Reino Leonés..); inclusión en el Diccionario de Música Española e Hispanoamericana (SGAE/Instituto Complutense de Ciencias Musicales), y estudios de corte histórico-bibliográfico (José Antonio Carro Celada, De Schoënberg a Celia Gámez. Una conversación con Evaristo Fernández Blanco, 2002). El último jalón de esta recuperación oficial lo constituye la reciente edición discográfica realizada por José Luis Temes y la Orquesta Filarmónica de Málaga en un doble álbum que recoge su integral sinfónica: Evaristo Fernández Blanco, Obra sinfónica completa (Verso, VRS 2094-DDD); compacto que felizmente ha podido ver la luz gracias al patrocinio de la Fundación Siglo para las Artes de Castilla y León y al Ayuntamiento de León. Un rápido repaso a los títulos de las piezas aquí contenidas muestra una producción más bien modesta desde un punto de vista cuantitativo, que se extiende fundamentalmente entre los años 1920 y 1940: Vals triste (1920), Impresiones montañesas (1921), Obertura sinfónica (1925), Pequeña suite (1929), Tres piezas breves (1930), Dos danzas leonesas (1932), Obertura dramática (1940), y Suite de danzas antiguas (1982). Sin embargo la maestría constructiva de estas partituras, su modernidad (en relación a la música de su tiempo), la solidez de sus líneas, su pureza, equilibrio, vitalidad y potencial creativo sitúan este breve corpus sinfónico y a su autor en una lugar muy destacado dentro de la creación musical española del siglo XX.

Circunstancia vital

Los conocedores de Fernández Blanco atribuyen esta cierta parquedad compositiva a las circunstancias vitales del autor: la guerra civil en primer lugar, que le llevó a perder parte de su obra a consecuencia del bombardeo de su casa, su trabajo en el sexteto de Unión Radio de Madrid por razones políticas (su filorepublicanismo) y a permanecer, tras la contienda fratricida, recluido en una pequeña aldea pontevedresa durante un año; en segundo lugar, el fallecimiento de Sara Martínez, su esposa, acontecimiento que, como señala José Luis Temes en las notas introductorias del CD, nunca superará; y, finalmente, la sordera que le acompañó en sus últimos años. Pero no sólo fueron estas circunstancias adversas las que provocaron el casi total abandono de su labor creadora (que sólo se vería interrumpido cuatro décadas después, con ocasión del estreno de la Suite de danzas antiguas en 1982). El temor a la falta de entendimiento de su obra contribuyó también en gran medida a esta especie de autoexilio artístico, cosa no del todo extraña si se tiene en cuenta que gran parte de su repertorio sinfónico tuvo que esperar muchos años a ser escuchado en público. Fernández Blanco era consciente de la resistencia a un tipo de música excesivamente moderno para su tiempo: en la entrevista que se incluye en el disco que comentamos, cuenta cómo el compositor y director de orquesta Enrique Fernández Arbós, que en 1930 había estrenado con éxito Tres piezas breves en el Teatro de la Zarzuela, le pidió otra obra «más asequible», que encajara más con los gustos del público: «no puede hacer una cosa que no la entienda nadie». Compuso entonces Dos danzas leonesas (1932), que poco después verían la luz de manos del propio Fernández Arbós en el madrileño Cinema Monumental (hoy día Teatro Monumental). La entusiasta acogida del auditorio parecía, a los ojos de Fernández Arbós, confirmar sus vaticinios: «¿Lo ve usted cómo esto es lo que quiere la gente?,» le espetó tras el concierto. Pero «eso» que quería (entendía) la inmensa mayoría no respondía al anhelo expresivo del compositor que, de haber podido, habría optado por un lenguaje más en sintonía con la formación recibida tanto de manos de su maestro, Conrado del Campo, que le inició en el conocimiento del vanguardismo de la Escuela de Viena, como junto a Franz Schreker durante su estancia en Berlín (1921-1923) como becario de la Sociedad de Autores.

Personalidad creadora

En su catálogo sinfónico, sin embargo no todo son concesiones a esa «inmensa mayoría· a la que circunstancialmente tuvo que plegarse; precisamente el núcleo de su quehacer compositivo, la Obertura Dramática de 1940 así como la Pequeña suite (1929), amén de piezas de cámara (Cuarteto cromático, Movimiento perpetuo, Tres preludios o Poemas líricos) incorporan, a su modo, las nuevas fórmulas de las vanguardias europeas, con pequeños escarceos en los «ismos» (atonalismo, pre-serialismo, expresionismo, experimentalismo), y con un marcado contagio del lenguaje stravinskiano.

Aún en piezas más convencionales –las mencionadas Danzas leonesas, las Impresiones montañesas o el conjunto integrado en la Suite de danzas antiguas–, que parecen vincularlo con el nacionalismo de J. Turina, J. Rodrigo o Antonio José, Fernández Blanco conserva su personalidad creadora, rebasando el marco referencial (el pintoresquismo localista) tan al uso en la música de su época. Podía, sí, servirse de algún recurso rítmico, tímbrico, etc en su alusión a un lugar o un acontecimiento evocado, pero sin concesiones a un folclorismo facilón de corto alcance; más bien al contrario: la crítica, como recuerda José Antonio Carro, alabó su tratamiento de los materiales populares «al elevarlos a la suprema categoría de producción artística de primera calidad». En definitiva, una «música bella y bien estructurada, de directo impacto sobre la sensibilidad» en palabras del crítico Enrique Franco, gran conocedor y admirador de su obra (y en cierta manera «culpable» de que Fernández Blanco retomara las artes y compusiera la Suite de danzas antiguas -1982-, accediendo a un encargo de Radio Nacional).

La Obertura Dramática

De toda la integral sinfónica, la obra de mayor ambición y vuelo es para José Luis Temes la Obertura Dramática, creada muy poco después de terminar la guerra civil (aunque no sería estrenada hasta 1983 por Odón Alonso y la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española en el Teatro Real de Madrid) y especialmente cara para su autor. Concebida como «ambientación musical de un drama cívico-socio-bélico», la partitura parece estar escrita al hilo de los acontecimientos del conflicto bélico siguiendo las huellas de la devastación y la barbarie –primer episodio, «Desolación»–, el recuerdo de las imágenes del combate –segundo episodio, «Acción» – y, finalmente, rindiendo emotivo homenaje a los caídos –tercer episodio, «Homenaje a los héroes», con alusiones explícitas al bando republicano–.

La obra gozó de un grandísimo éxito de público y crítica (que ponderaba el «admirable pulso sinfónico» y la «lograda voluntad poemática»), tanto que resulta curioso –por incomprensible– que esta pieza no se haya grabado hasta la fecha, gracias a la voluntad de José Luis Temes. Quizá este primer arranque de edición acabe con lo que parece haber sido el sino de Fernández Blanco: «La desgracia mía es haber tenido tanto éxito... He tenido la suerte de que cuando una obra mía se toca con éxito, después no se vuelve a tocar».