Estremecedora belleza

ÓPERA Y GRANDES VOCESOrquesta Sinfónica de HungríaAndrás Ligeti, director_Andrea Meláth, mezzosoprano_ István Kovács, bajo_Programa: J. Haydn, «Sinfonía nº 104 en Re Mayor»; B. Bartók, «El castillo de

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ÓPERA Y GRANDES VOCES

Orquesta Sinfónica de Hungría

András Ligeti, director_Andrea Meláth, mezzosoprano_ István Kovács, bajo_Programa: J. Haydn, «Sinfonía nº 104 en Re Mayor»; B. Bartók, «El castillo de Barba Azul»_Lugar: Valladolid, AuditorioFecha: 20-05-2008

ROSA SANZ HERMIDA

«El castillo de Barba Azul» es una obra tan infrecuente en las programaciones como bella. Su cuerpo sonoro, dotado de una singular arquitectura absolutamente rompedora para la época en la que fue compuesto, entraña una gran riqueza rítmica, un sabio uso del juego de tonalidades, un prodigioso manejo de la paleta tímbrica, especialmente imaginativa en los metales. Béla Bartók escribió esta ópera en 1911 y recibió por ella el primer premio de la Sociedad de Bellas Artes de Hungría. El libreto está basado en un cuento de Perrault, aunque el libretista, Béla Balázs (seudónimo de Herbert Bauer), le imprime una dimensión simbólica y un carácter poético continuamente subrayado por el discurso musical. En este sentido, texto y música aparecen totalmente imbricados, alimentándose continuamente uno del otro.

La interpretación de András Ligeti al frente de la Orquesta Sinfónica de Hungría ha sabido plasmar con enorme talento la intensidad emocional del drama, al igual que los cantantes Andrea Meláth e István Kovács, que han dado vida al duque Barba Azul y su joven esposa Judith con un gran trabajo vocal; tanto que apenas se ha echado en falta la escenografía. Gracias a esta impecable actuación de orquesta y voces, el auditorio ha podido adentrarse en el drama de estos recién casados que afrontan el pasado de Barba Azul a través del recorrido de las estancias de su castillo. Estremecedor y escalofriante relato que explica poéticamente las horas del día pero que representa también un simbólico viaje al corazón del ser humano, su historia y su verdad última (guiado siempre por el amor, y a través de un doloroso camino). Al final de la obra, Judith acabará apagándose cumpliendo su fatal destino (simboliza la noche), y el duque, de nuevo, solo, «desposeído de cuanto era su riqueza interior», en palabras de Alejo Carpentier, que decía que «nunca fue Béla Bartók más grande que en esta obra».