Entren sin llamar
f.heras

Entren sin llamar

mar sancho
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Contar grandes mentiras de manera que aparenten ser grandes verdades. O grandes verdades de forma tal que se conviertan en literatura. Narrar con desparpajo, con ironía concatenada, dejando caer las frases y las ideas que éstas guardan en contundentes cataratas que todo lo inundan. Ser formidablemente rebelde en el lenguaje. Retratar al mundo contemporáneo tan atroz y deslustrado como en realidad es.

La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi resulta, con todo ello, tan breve como mayestática en Habitaciones privadas, un volumen de diez relatos cortos que ganó el Premio NH-Mario Vargas Llosa de Relato en 2010 y que, casi dos años después, publica Menoscuarto Ediciones. Son relatos de precisión, hiperbólicos y, en algunos casos, esperpénticos en la plasmación de la sociedad ultramoderna que retratan y de sus habitantes tristísimos. La soledad es común denominador a todos los títulos del conjunto, así como su transcurrir en espacios angustiosos y cerrados: un after hours, una celda, habitaciones de hotel o una oficina. La presencia argumental de las nuevas tecnologías refrenda aún más esa soledad de los seres de las grandes ciudades cuyas relaciones se hallan en peligro de extinción desde aquel momento en que ansían llegar a casa para jugar a las cartas por internet o buscan el amor de su vida en un número de teléfono con más dígitos de lo habitual.

Estas existencias que narra Peri Rossi son reconocibles, presentes y fácilmente identificables por el lector, lo que las hace aún más cómicas y más trágicas. Por encima de la crítica al capitalismo y a sus esclavitudes, el libro deleita y regocija tanto en la forma como en el fondo. Si leer es observar historias ajenas por la rendija de una puerta, en estas Habitaciones privadas vale la pena detenerse e, incluso, adentrarse. Pues, a fin de cuentas, en su interior podríamos hallarnos sorpresivamente incluso a nosotros mismos.

Vidas varadas

«Hay muy pocas palabras que sean tan de verdad. Palabras tan duras que sirvan como para apedrear no una vida, sino muchas al mismo tiempo. (…) Palabras como vacío, amor, deseo». Estas tres palabras son las que engarzan todas las demás que conforman la novela de Pilar Salamanca, Soñar con ballenas (Menoscuarto Ediciones), un relato desacostumbradamente costumbrista que recorre los tiempos de la Segunda República y la Guerra Civil en un pequeño pueblo costero del mar Cantábrico. El vacío que dejan aquellos que van desapareciendo llevados por la muerte o por la guerra. El amor que nunca llega a ser posible porque se marchita con el tiempo en unos casos, porque se resquebraja o porque es meramente inconfesable en otros. Y el deseo de la narradora Mélida, siempre acallado hasta hacer que ella misma parezca invisible, no siendo más que el espejo enamorado de la protagonista Lila, quien es a su vez el espejismo que a lo largo de los años se empeña en contemplar la primera voz del relato.

La muerte, un leit motiv habitual en Pilar Salamanca, es la omnipresente constante en esta obra de efectiva madurez narrativa. «Porque en la vida el final de cualquiera es sólo el principio de la historia del otro. Menos cuando te mueres, claro, que ese es el final que realmente termina».

También los sueños se conforman como una reiteración conductora de la historia, sueños en los que asoman ballenas, las grandes y pequeñas preocupaciones humanas. Estampas impresionistas dibujan los paisajes o los sentimientos y, sobre ellas y todo lo demás, la omnipresente humedad de la costa que va disolviendo los lugares y también las almas de aquellos que los habitan, la humedad entristecida de los puertos pesqueros y de las fábricas de conservas. Aquellos pasajes que describen aconteceres históricos resultan un tanto postizos, cual esas escenas reales que algunos cineastas intercalan en películas bélicas y cuyo colorido no es concordante con el del resto de la cinta.

Y mientras todo transcurre vivazmente, la existencia de Mélida permanece invariable en su pasión inadmisible, en la quietud de quien no puede actuar. «Cada posibilidad encierra en sí las sombras de todas las posibilidades que no existieron, las opciones abandonadas, lo que una podía haber hecho y dejó sin hacer». Pues cualquier anhelo de cualquiera de los personajes queda varado como la ballena en la ría, inmutable como la arena que estrangula el brazo de mar que baña Portus. El acierto de la autora: insinuar en lugar de contar.

Prohibido soñar

Otra de las acertadas novedades de las palentinas ediciones Menoscuarto es la última obra de la también palentina de nacimiento Enriqueta Antolín. Qué escribes Pamela es una novela instantánea, casi impresionista, que con un conglomerado heterogéneo de pasajes narrativos, próximos a ser breves relatos, consigue engrandecer una historia de familia. Esa misma historia que escribe Pamela se presenta desorganizada por otras tantas voces que la relatan a su manera, reinventándola hasta lograr su fraccionamiento en una multiplicidad de historias más.

El desorden de tal invención resulta delicioso para el lector y, más aún, hubo de serlo en el hecho creativo para la escritora quien, con una libertad insolente, recorre los diversos prismas de cada acontecido que se relata, desvaría sobre la relevancia histórica de la princesa mora Zaida o conjetura sobre un retrato de Isabel II, concibiendo cada una de las páginas del libro cual si de un juego se tratase.

Como un secreto cuaderno de confesiones, Qué escribes Pamela desdobla los pliegues de lo cotidiano, logrando que entre tantos acontecidos ordinarios se atisbe siempre algo extraordinario. Pero más allá de ello, y con el vívido fin de desconcertar al lector, la autora recopila una diversidad de miradas sobre el mismo suceder, recuerdos reales o irreales, descabelladas conjeturas, imágenes que se despliegan en los ojos de quienes las relatan y, en definitiva, una cornucopia de secretos y revelaciones que conllevan a un conocimiento de aquello que acontece pero sin ofrecer grandes certezas al respecto.

Los personajes, no siendo preciso dibujarlos más allá de cómo los perfilan sus propias acciones, son el efectivo argumento de la novela: Pamela, su padre, su madre, el boliviano. Queda prohibido soñar en esta lectura donde lo veraz puede ser tan asombroso y desmedido que no se hace preciso más que redundar sobre ello. Una novela tan irónica como ingeniosa.