Fernando Conde - Al pairo

Cosas del diablo

«La estatua, todo hay que decirlo, es de dudosa factura. Nada que ver, por ejemplo y desde el punto de vista artístico, con aquella de inspiración miltoniana que Ricardo Bellver hizo para la Exposición Universal de París»

Fernando Conde
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¡Qué diablos pasa en Segovia! Andan esos castellanos viejos embriscados por culpa de un bronce. Y tengo para mí que en trances de desencuentro siempre anda el diablo enredando y de por medio. Debe de estar el Maligno disfrutando lo suyo de tan mefistofélica disputa y poniendo, de paso, su granito de arena para no bajarse del pedestal. Por algo se dice que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Por culpa del Leviatán hay clamores a orillas del Eresma y está la cosa caliente cual caldera de Pedro Botero. Los del ayuntamiento, que no comulgan con la fe ni tienen mucho credo, le quieren poner una estatua a Lucifer en la cuesta de San Juan. Dicen los partidarios de la erección que por rendir homenaje a la vieja leyenda que asegura que fue el demonio, y no los romanos, quien construyó el imponente azud segoviano en una sola noche. Lo cual, dicho sea de paso, hasta mucho me parece, tratándose de un ser casi tan todopoderoso como el Todopoderoso. Dicen por el contrario los adversos a su colocación que lo hacen más por provocar a quienes tienen unas hondas y asentadas creencias religiosas. Y así andan en la plaza y en aquellos tendidos, envueltos en una encarnizada división de opiniones y con un cabreo infernal.

La estatua, todo hay que decirlo, es de dudosa factura. Nada que ver, por ejemplo y desde el punto de vista artístico, con aquella de inspiración miltoniana que Ricardo Bellver hizo para la Exposición Universal de París de 1878, y que el Museo del Prado, como postrer propietario, cedió para adornar un rincón del castizo parque del Buen Retiro. La que se pretende ubicar en el horizonte visual del acueducto es de un «kitsch» que mejor luciría en un jardín con enanitos y águilas de escayola que en esa emblemática calle segoviana antesala de «la ciudad antigua, la de las torres de oro», como cantara el Marqués de Lozoya en su versos.

De momento anda la cosa en suspenso y a la espera de un juicio final que dirima las razones de los contendientes. Pero si a la postre el diablo gana esta partida, sabe Dios que no le permitirán disfrutar de una tranquilidad celestial. Porque, ya verán ustedes como pronto habrá quien, con nocturnidad y alevosía, le deje cojuelo de algún miembro. Y en tal caso, como en la obra de Vélez de Guevara, tendría el alguacilado municipal que ir levantando los tejados para conocer los secretos de la gente y así echarle mano al autor de tal diablura. ¡Eso sí!, sea como fuere, ándense con ojo los adoradores de Belcebú, porque ya se sabe que el que demonios da, diablos recibe.

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