La «Coppélia» de Eduardo Lao
Escena de «Coppélia», del Ballet de Víctor Ullate - r. carmona
crítica

La «Coppélia» de Eduardo Lao

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Muchas «Coppélias» han jalonado la historia del ballet: desde la pieza original de Arthur Saint-Léon estrenada en la Opéra de París en 1870 con libreto de Charles Nuitter y el propio Saint-Léon sobre un cuento de Hoffman, hasta las versiones de esta obra de Marius Petipa (1884), Ivanov-Cechetti (1894), Pierre Lacotte (1973), Balanchine-Danilova (1974), Roland Petit (1976), Amedeo Amodio (1992), Maguy Marin (1993) o Mauro Bigonzatti (1995). La de Eduardo Lao (2006) viene a unirse a la lista de re-elaboraciones conservando en su integridad la música de Léo Delibes que acomoda perfectamente a su ballet, y de la que consigue que potencie la trama (sobre todo del primer acto). Esta es una de las fortalezas de Lao, al igual que lo es la compacta estructura de su composición, con una buena trabazón de la materia narrativa y una imaginativa puesta en escena.

La parte más débil de este ballet es quizá el segundo acto, reducido a una fiesta que no aporta prácticamente nada a la sustancia argumental, aunque es donde se desarrollan la mayor parte de escenas corales, bien coloridas y organizadas, y en la que los solistas (Coppélia, Franz, el doctor Coppelius y el maestro de ceremonias) ejecutan las partes virtuosísticas. Sin embargo se pierde la originalidad e intensidad del primer acto, al igual que los golpes de efecto creados por los tres espacios sobre los que se construye la acción, con sus juegos de luces y mutaciones escenográficas. Se mantienen, no obstante, los guiños bufos protagonizados en gran parte tanto por el doctor Coppelius como por las tres limpiadoras convertidas ahora en elegantes damiselas.

La ejecución de la última función de la gira vallisoletana fue muy buena: si bien pequeñas faltas de sincronización impiden hablar de una interpretación impecable, hay que destacar la solvencia y empaque del elenco. Los solistas tuvieron una intervención espléndida, y lamento no poder referirme a ellos con nombre y apellidos, ya que incomprensiblemente se omiten en el programa de mano y en todos los lugares en los que he intentado recabar información. La dirección del Ballet debería tomar buena nota y no privarnos de la identidad de estos estupendos bailarines que constituyen, sin duda, otro de los grandes atractivos de esta producción.