Fernando Conde - Al pairo

Colegio de curas

Esperemos que en el pecado haya estado también la penitencia

Fernando Conde
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La Iglesia tiene un problema. En los últimos meses han salido a la luz varios y nuevos casos de abusos a menores cometidos por religiosos. En su mayor parte los hechos ahora sabidos se remontan a tres o cuatro décadas. No hay por qué dudar del testimonio de quienes los han sufrido y ahora denunciado, sobre todo, cuando se acumulan sobre el historial y la conducta de una misma persona. Los culpables, aunque la ley los exonere por prescripción de sus actos, deben pagar de algún modo. Sin contemplaciones. Y si son o eran realmente creyentes, esperemos que en el pecado haya estado también la penitencia o, al menos, parte de ella. La corrupción no está sólo en malversar el dinero que se administra, sino también en abusar de la posición de poder que se tiene y en el ascendente que se proyecta sobre otras personas.

Y el problema de la Iglesia en este caso no está tanto en el hecho de haber dado cobijo a este tipo de criminales, cosa de la que perfectamente podía ser desconocedora en muchos casos, como en tratar de quitarle hierro a esos delitos o mirar para otro lado cuando se han hecho públicos. Acierta ahora la Iglesia al dar la cara, como institución. Lo acaba de hacer en el caso de Manuel Briñas. Y acierta porque la Iglesia en su conjunto, con sus miles de misioneros, sus obras sociales, su atención a los desfavorecidos, su compromiso ético y moral, que no olvidemos que es respetado por la mayor parte de quienes la componen y sustentado con su ejemplo, no puede permitir que las manzanas podridas acaben ennegreciendo todo el árbol.

Es evidente que a ciertos sectores de la sociedad este tipo de noticias les viene bien para cargar munición, una vez más y cada poco, contra el clero. Sólo hay que ver la rabia con la que arremeten contra el todo cada vez que falla una de sus partes, por individual y pequeña que sea. Sin embargo, es absolutamente injusto aplicar esa sinécdoque. La Iglesia, como el funcionariado, el cuerpo militar, los sindicatos o los partidos políticos está compuesta por hombres, con sus virtudes y sus defectos. Y no es razonable juzgar al cuerpo en su conjunto por la conducta poco ejemplar de alguno de sus miembros.

Un servidor se educó en colegio de curas, de agustinos recoletos concretamente. Y de ello guarda un magnífico recuerdo. Y puede afirmar con rotundidad que jamás vio señales de un proceder impropio en aquellos curas que, además de dar, Lengua, Latín o Filosofía, administraban el colegio. Eso sí, en muchos casos lograron que camináramos con bastantes dudas sobre el sentido religioso de la vida. Pero esa es ya otra biblia diferente.

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