día de castilla y león

Cine Comunero

Las aproximaciones del séptimo arte al levantamiento popular contra Carlos V han sido pocas y, en muchos casos, tangenciales a lo largo de la historia, pese al potencial que encierra la Guerra de las Comunidades

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Desde el prólogo de ‘Locura de amor’ (Juan de Orduña, 1948) hasta el cortometraje ‘El llanto de la fiera’ (Fidel Cordero, 1998), medio siglo después, las aproximaciones cinematográficas a la Guerra de las Comunidades de Castilla y sus protagonistas han sido escasas. Directa o tangencialmente, de forma explícita o como telón de fondo, el movimiento comunero a principios del siglo XVI y su conmemoración en la localidad vallisoletana de Villalar de los Comuneros en la actualidad han sido reflejados en películas y documentales en contadas ocasiones, pese a la riqueza argumental que en este caso ofrece la historia.

Castilla. Año 1521. Carlos I de España y V de Alemania lleva cinco años en el poder, encumbrado tras la muerte de su padre (Felipe el Hermoso, fallecido en 1506), la incapacidad mental de su madre (la reina Juana, recluida desde 1509) y el fallecimiento de su abuelo (Fernando el Católico, difunto en 1516). El 9 de febrero de 1518 las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, lo habían jurado como rey, no sin antes trasladarle una serie de peticiones: que aprenda a hablar castellano, que deje de asignar cargos nobiliarios a extranjeros, que frene el expolio de metales preciosos y caballos de Castilla, y que sea más respetuoso con su madre, recluida en Tordesillas.

No cumpliría ninguna de ellas. Nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el verano de 1519, el descontento popular se hizo imparable en mayo de 1520 cuando designó a Adriano de Utrecht como regente de las posesiones hispánicas, a la vez que incrementaba las presiones fiscales sobre las clases medias. La chispa no tardó en prender, y la Guerra de las Comunidades surgió como una de las primeras revoluciones burguesas de la Era Moderna.

Entre tan jugoso material, Juan de Orduña apenas rescata unos detalles en el prólogo de ‘Locura de amor’, su primera incursión en el drama histórico para exaltar los valores patrióticos de la España imperial. Así, en el arranque de aquel trabajo presenta a Juana confinada en el Real Monasterio de Santa Clara, en Tordesillas, y a su hijo Carlos, ya como monarca de la Corona de Castilla, visitándola. Aludiendo de forma soterrada al levantamiento en armas del pueblo castellano, su madre se lamenta de los infortunios que han perseguido a la saga familiar con un recuerdo explícito a su difunto marido: “¡Carlos, él quería que fueses un gran rey! Muchas veces pensó en traerte a nuestro lado, para que aprendieses a sentir como el pueblo que Dios te mandaba gobernar. Bien decía: ‘Cuando Carlos suba al trono, tire todo el mal que por mí padeció Castilla’”.

Tras esa presentación, el film vuela en un ‘flashback’ hasta la noche en que falleció Isabel la Católica para desgranar la historia de Juana y de su esposo, durante cuyo breve reinado ya comenzó a dejarse sentir una cierta animadversión desde las clases medias hacia los monarcas. ‘Él tenía en Flandes la oposición de los castellanos”, reconoce la reina Juana en el film de Orduña, antes de que sus súbditos le repliquen de forma premonitoria: “El pueblo espera mucho de vuestras altezas, y los nobles también”.

“Las diversiones se anteponen siempre a los negocios del reino, y el pueblo pasa hambre por culpa de los que administran el poder. Las libertades de Flandes y Borgoña no pueden consentirse en Castilla”, explica el almirante y asesor de la reina Juana, además de augurar que “la maldad o la ambición de algunos puede provocar una guerra civil”.

Cualquier alusión al levantamiento desaparece en el remake del film de Orduña que Vicente Aranda dirigió en 2001, partiendo también del montaje teatral escrito por Manuel Tamayo y Baus (ese montaje inspiró otras tres películas tituladas también ‘Locura de amor’, la primera dirigida por Albert Marro y Ricard de Baños en 1909, la segunda por Miguel Villar Toldán en 1926, y la de Benito Perojo en 1948, además de la producción italiana ‘Giovanna la pazza’, de Mario Caserini, en 1910).

La película, que arranca y culmina con la reina Juana en sus últimos años de vida (1554), transcurre en su totalidad entre 1496, cuando la llevan a desposar a Flandes, y 1507, cuando la desposeyeron de sus privilegios como reina y su hijo Carlos aún era un niño. Y tampoco aparece referencia alguna al levantamiento comunero en ‘Juana la Loca… de vez en cuando’, una farsa dirigida en 1983 por José Ramón Larraz aprovechando el éxito de parodias históricas como ‘Cristóbal Colón, de oficio descubridor’ (Mariano Ozores, 1982) o ‘El Cid Cabreador’ (Angelino Fons, 1983).

‘La leona de Castilla’

El gran éxito popular de ‘Locura de amor’, que incluso traspasó las fronteras nacionales, propició el florecimiento de una corriente de cine histórico producido por Cifesa, que buscaba “reescribir la historia nacional desde unas perspectiva nacionalista y profundamente reaccionaria”, citando el ensayo ‘La madre patria enajenada: ‘Locura de amor’, de Juan de Orduña, como alegoría nacional’, del profesor de la Universidad Internacional de Florida, Santiago Juan-Navarro. Él mismo destaca que en films como los citados, ‘La princesa de los Ursinos’ (Luis Lucia, 1947), ‘Agustina de Aragón’ (1950), ‘Alba de América’ (1951) o ‘La leona de Castilla’ (1951) –las tres últimas de Juan de Orduña–, “se superponen dos historias (una amorosa y otra política), a las que sirve como trasfondo el tema omnipresente de la muerte o supervivencia de España”.

Es precisamente esta última, ‘La leona de Castilla’, el largometraje estrenado en salas comerciales donde de forma más directa se ha abordado la historia de los comuneros. Distribuida por Divisa Red, la película se centra en la figura de María Pacheco (Amparo Rivelles), esposa de Juan de Padilla (Rafael Romero Marchent), hidalgo que encabezó la revuelta comunera en Toledo.

Adaptando la obra teatral escrita por Francisco Villaespesa en 1914, el ambicioso film (con lujosos escenarios y vestuario a cargo de Pertegaz) arranca con un plano fijo del ajusticiamiento de Padilla, con el verdugo sujetando su cabeza inerte para aleccionar a la multitud, mientras los créditos desfilan por la pantalla. Acto seguido, una voz en ‘off’ deja bien a las claras la intención moralizante del discurso audiovisual que seguirá después: “Frente a la ambición del César hispano, se alzó el criterio estrecho de los comuneros, para los cuales el mundo acababa en sus trigales castellanos, en sus fueros y en sus privilegios. (…) Ésta es una historia triste, como todas las que forjó la rebeldía”, anuncia la solemne voz del narrador, que poco después presenta a María Pacheco como una “heroína” a quien “el odio de sus enemigos la persiguió hasta la muerte”.

Tras el aleccionador prólogo, la primera secuencia muestra a una expedición rebelde entonando una marcha comunera a su entrada en Toledo: “Antes que el rey era Castilla, antes que el Águila imperial, de los comuneros España, con Padilla al frente, qué buen capitán”. La alegría les durará poco, pues un día más tarde se encaminarán con Padilla al frente hacia Villalar, donde una tormenta sepultará sus opciones de victoria. “El fango de Villalar cubre ahora a nuestros muertos. Su esposo será ajusticiado mañana en Villalar”, es el escueto comunicado que recibe la inminente viuda. Tras presenciar in situ la ejecución, María Pacheco se verá envuelta en una intriga palaciega promovida por un traidor (de nombre Ramiro Manrique, y encarnado por Manuel Luna), que propaga el rumor de que Pacheco es infiel a la memoria de su esposo relacionándola con el duque de Medina Sidonia, realista que acompañó al comunero en su ejecución.

Teatro hecho cine

En la misma década, el madrileño Agustín Macasolí, veterano director de fotografía con más de medio centenar de películas a sus espaldas, dirigió en 1958 ‘Evocación de Carlos V’, un cortometraje producido por No-Do incluido en el número 716 de la sección ‘Imágenes’. Y no fue hasta la llegada de la democracia cuando tuvo lugar la primera adaptación explícita de la revuelta comunera hasta su desenlace con la ejecución de los cabecillas en Villalar de los Comuneros.

El zaragozano José Antonio Páramo, habitual del medio televisivo, fue el encargado de dirigir el Estudio 1 ‘Los comuneros’, a partir de un guión escrito por Ana Diosdado que adaptaba su propio libreto teatral (escrito en 1970 y estrenado en 1974), con Juan Diego como Padilla, Nicolás Dueñas como Bravo y Joaquín Hinojosa como Maldonado, además de Isabel Mestres como María Pacheco y Lola Herrera como una reina Juana destrozada psicológicamente que, aun así, tiene la lucidez suficiente como para opinar: “Nadie tiene la razón y la justicia cuando hay guerra”.

El telefilme está rodado en formato cinematográfico (con cámaras de 16mm) y en color, con un exiguo presupuesto de 12 millones de pesetas, que obliga a filmar la mayor parte de las secuencias con planos cortos, incluida la batalla de Villalar, para intentar disimular la escasez de medios. Con una duración próxima a las dos horas, su estreno en el primer canal de TVE se produjo el jueves 8 de junio de 1978, a las 22.05 horas.

El film arranca con Carlos V agonizante en su retiro en el Monasterio de Yuste, en 1558. Rodeado de relojes que atestiguan el irrefrenable paso del tiempo, y ante su inminente muerte, el emperador echa la vista atrás y viaja en el tiempo hasta reunirse consigo mismo a la edad de 20 años, cuando acababa de ser coronado y decide sofocar por las bravas el levantamiento comunero.

Con una evocadora secuencia, de atmósfera onírica, se muestra a los tres cabecillas de la revuelta en el cadalso, y se recrean las míticas palabras de Juan Bravo pidiendo ser ejecutado en primer lugar “para no ver la muerte del más noble caballero de toda Castilla”, en alusión a Padilla, así como la resignación vivida en tan dramático momento: “Ayer fue día de pelear como caballeros, hoy no lo es ya sino de morir como cristianos”.

“¿Puede Salamanca tolerar con los brazos cruzados que nuestro rey nos abandone llevándose los dineros de las rentas reales, y nos deje empobrecidos en manos de un puñado de extranjeros?”. Las palabras las pronuncia Francisco Maldonado, capitán salmantino en la Guerra de las Comunidades de Castilla, mientras Padilla le replica: “Luchamos por algo más importante que rencores y privilegio”.

Como expuso el profesor titular de Literatura Española de la Universidad de Santiago de Compostela, en el seminario ‘Televisión y Literatura en la España de la Transición (1973-1982)’, celebrado en la IFC del 13 al 16 de febrero de 2008, “lo interesante del film es el conflicto cainita que se plantea entre las dos españas, la representada por el rey Carlos y la popular de las comunidades, entre las cuales, al no haber diálogo posible, no cabe más que la guerra y la tragedia. En ese sentido la figura de Padilla es fundamental, ya que, frente a los otros comuneros, él desea a toda costa dialogar con el rey”. El lo intenta, pero sin éxito, pese a su empeño: “Hay cosas más importantes que el honor. Lo que yo digo es justo, y debe oírmelo decir”, exclama el personaje.

La celebración de Villalar

Tras la muerte de Franco, llegó la reivindicación del espíritu comunero, y qué mejor lugar para demandar la autonomía regional que el municipio vallisoletano de Villalar. Tras la convocatoria de 1976, prohibida por el gobernador civil, y la de 1977, en pleno proceso de legalización de los partidos políticos, en 1978 el Plenario de Partidos Políticos y Entidades Regionalistas (constituido en octubre del año anterior) hizo el primer llamamiento oficial para constituir el Día de Castilla y León, pronunciado por el representante de Alianza Regional, según refleja ‘El Norte de Castilla’ en su edición del 7 de abril de 1978: “¡Castellanos y leoneses, por la autonomía, la libertad y el progreso de Castilla y León, todos a Villalar de los Comuneros el 23 de abril!”.

Aquellas palabras surtieron efecto, y la localidad se vistió de fiesta, como reflejan las imágenes de ‘Villalar 78’, la segunda película rodada por el colectivo audiovisual Lecas Films, que acababa de ver la luz (su primer trabajo, grabado escasas semanas antes, fue ‘Por la autonomía de Castilla y León’, donde recogían manifestaciones en Burgos y Valladolid). Como recuerda a Ical el berciano Paco Merayo (actual responsable de la productora León Media, junto a su socio el cineasta Julio Sánchez Valdés), que ejerció las labores de foto-fija y sonidista en el film, la película se rodó en 16mm para hincharla posteriormente a 35mm.

Codirigida por Miguel Ángel Delgado, Roberto Haya y Tomás Rodríguez, ‘Villalar 78’ refleja el ambiente, el desarrollo de la celebración y las intervenciones en público. Entre otras imágenes, refleja la quema de una bandera española por parte de algunos asistentes, algo que “cabreó mucho a Fraga, que en las Cortes pidió que se buscara a los responsables”. “Estuvimos un año con el negativo sin tocar ni nada, y al final lo llevamos a revelar a Portugal porque era una época muy convulsa”, rememora Merayo sobre un film de 15 minutos de duración que acabó estrenándose en 1980.

Aquellas primeras celebraciones del Día de Castilla y León encontraron también eco en films como ‘Villalar’, un corto rodado por el madrileño Luis Mamerto López-Tapia y estrenado en 1980, o como ‘Atado y bien atado’, la segunda parte del ambicioso proyecto ‘Después de…’, codirigido por los hermanos Cecilia y Juan José Bartolomé entre la primavera de 1979 y finales de 1980, que plasmaba el sentir de los españoles en plena transición mientras se iniciaba la construcción del mapa autonómico.

“Esta aventura empezó cuando escribíamos el guión para una comedia satírica y nos dimos cuenta que cada vez hablábamos más de lo que ocurría en el país que de nuestro trabajo. Así que abandonamos el guión y decidimos salir a la calle con una cámara para recoger los cambios que se estaban produciendo entre la gente tras la muerte de Franco. Contar en una película lo que los noticiarios no nos contaban, descubrir qué ocurría de verdad...”, recuerda Juan José Bartolomé.

Así, cámara en ristre, se desplazaron a Villalar de los Comuneros el 23 de abril de 1979 para grabar las primeras imágenes de una película que estuvo prohibida durante dos años en España, donde se terminó estrenando fuera de concurso en el Festival de San Sebastián tras las elecciones generales de 1983.

“Nos habían dicho que en Castilla y León, en la considerada cuna del centralismo, la fiesta se estaba convirtiendo en una especie de manifestación anticentralista. Y allá fuimos. Allí estaban un coro de viejecitos de un asilo cantando zarzuela, chicos jóvenes airados, ecologistas, pacifistas, campesinos y obreros más o menos radicalizados, gentes del más variado espectro político, incluso algún excéntrico que había creado un partido para él solo... Sólo unidos en el abucheo a los políticos que intentaban dar sus discursos oficialistas. Creo que estábamos reflejando una de las últimas manifestaciones de la transición, cuando todos se mezclaban con todos y cada uno inventaba su propio eslogan. Un espíritu creativo que luego fue sustituido por manifestaciones mucho mejor organizadas, pero también mucho más controladas”, añade su hermana.

En las imágenes, las pancartas antinucleares, los cánticos antimilitares y el espíritu festivo se mezclan mientras las actuaciones se suceden en el escenario, por el cual también desfilan políticos como el fallecido Juan Manuel Reol Tejada, que había sido elegido como primer presidente del Consejo General de Castilla y León el 22 de julio del año anterior. “En Villalar todo tenía un cierto tono del mejor esperpento celtibérico... Hasta que se truncó en tragedia. Empezaron a sacarse banderas republicanas y la guardia civil tomó por asalto el pueblo. Dada la concentración de gente y para evitar males mayores tuvieron que retirarse”, recuerda el director.

Aproximaciones recientes

La última aproximación cinematográfica a la historia de los comuneros dentro del terreno de la ficción tuvo lugar en 1998, con el cortometraje del madrileño Fidel Cordero, rodado durante el verano en Medina del Campo (en localizaciones como el Hospital Simón Ruiz), en 35mm y en color, con una duración de 13 minutos. La película está ambientada en el otoño de 1520, mientras se fragua la revuelta comunero, y adapta libremente un cuento tradicional, con Francisco Maestre y Estrella Zapatero en los personajes principales.

“Quisimos hacer una versión de la bella y la bestia ambientada en la revolución comunera. Yo estaba muy contento con el guión, pero salía un mediometraje de cerca de 40 minutos, y hubo que amputar muchas escenas. Para el rodaje recibimos ayudas económicas de la Junta de Castilla y León, de la Comunidad de Madrid y del Ministerio de Cultura, y para la fotografía tuvimos el lujo de contar con Néstor Calvo, que había estudiado conmigo diez años antes”, detalla a Ical el cineasta.

La presentación del film corre a cargo de un titiritero, que se vale de sus muñecos para poner al público en situación durante la Guerra de las Comunidades. Esa secuencia deja paso a la presentación del villano, un hombre que lleva por los pueblos a un ser deformado para exhibirlo en una barraca de feria, y del cual se apiada una hermosa mujer. Al pueblo llegan noticias de que los comuneros han atacado Torrelobatón y tomado el castillo, mientras dos habitantes de la villa se enzarzan en un debate político sobre la conveniencia o no del levantamiento.

Profesor de historia en un instituto de secundaria, Cordero explica por qué se decantó por la revuelta comunera para ambientar su relato: “Es un episodio que siempre me ha interesado mucho. Fue la primera revolución moderna, y he leído cuanto ha caído en mis manos sobre el tema; de hecho pensé hacer la tesis sobre este asunto. Por otra parte, debido a cuestiones familiares siempre he estado muy vinculado a Castilla y León, donde un año antes rodé mi largo ‘La fabulosa historia de Diego Marín’. Además guardo cierta afinidad ideológica con los postulados de la revolución comunera”.

El realizador apunta que, tiempo después, llegó a entablar conversaciones con la escritora Toti Martínez de Lezea sobre la posibilidad de adaptar al cine su novela ‘La comunera: María Pacheco, una mujer rebelde’. “Hablamos de hacer un guión, pero nos faltaba un productor para poner en marcha el proyecto”, asegura antes de apuntar que “se tendría que haber rodado algo reciente sobre la historia de los comuneros en cine, porque las películas que hay se han quedado algo antiguas”. “Yo no pierdo la esperanza”, concluye.

Y el último acercamiento a este episodio histórico con el cine de por medio se produjo en 2004, a través de la serie ‘Memoria de España’, una producción documental que aborda el reto de narrar toda la historia de España desde sus orígenes hasta la actualidad, con carácter divulgativo y el objetivo de acercar la historia al mayor número posible de espectadores. Dirigida por Fernando García de Cortázar y producida por RTVE, la serie dedicó su capítulo número 12 a Carlos V con el título ‘Carlos V, un monarca, un imperio y una espada’, un trabajo de 52 minutos de duración donde aparece reflejada la guerra de las comunidades y posteriormente las germanías.