Páginas a la vanguardia
MIGUEL ÁNGEL SANTOS
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Páginas a la vanguardia

Entre 1928 y 1978 , Valladolid concentró una importante actividad en torno a la poesía vanguardista, promovida en varias revistas, objetos de una exposición

p. Lambertini
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Desde el pasado 4 de Julio hasta el 28 de Agosto, la Sala Municipal de Exposiciones de la Sala Revilla de Valladolid exhibe una muestra con el título de «Revistas vallisoletanas de Vanguardia 1928-1978». Interesante exposición porque, por vez primera, gracias a la iniciativa del Ayuntamiento de Valladolid y de la Fundación Jorge Guillén, se da cuenta de una realidad literaria que no siempre —para muchos estas revistas sólo existían como cita en algunos libros de literatura— ha sido suficientemente explicada. Y lo que es más evidente: nunca hasta ahora ha podido el público en general, e incluso el especializado, hacerse una idea cercana de las revistas —prácticamente inencontrables—, como tampoco del significado estético que representaron en su día, y que ahora forman parte de la historia literaria del siglo XX.

Con un criterio pedagógico hilvanado —aquí están las nueve revistas, sus cronologías que se prolongan durante 50 años con apariciones y eclipses guadianeras, sus colaboradores tanto literarios como artísticos que suman alrededor de doscientos, más una serie de documentos originales—, se matizan gran parte de las cuestiones históricas y se despejan los interrogantes dudosos con sencillez pero, al mismo tiempo, con estudiada efectividad, ya que la incidencia en los recursos vanguardistas proyectan un reclamo sobre el visitante y consiguen una sensación colorista y placentera más allá de los ejemplares de las revistas como objeto de colección. Los fondos de la muestra, en su mayor parte, proceden de las bibliotecas de Jorge Guillén y Francisco Javier Martín Abril, depositadas como patrimonio de la Comunidad castellano y leonesa en la Biblioteca Pública de Valladolid, y del archivo Francisco Pino.

El título de la muestra se ajusta a lo que se pretende explicar: que se trata de revistas vallisoletanas y de vanguardia. El vallisoletanismo de las nueve revistas –Meseta, Ddooss, A la nueva ventura, Cancionero, Mejana, Carpeta Amarillas, Carpeta Blancas, Carpeta Grises, y Carpeta Verdes– es evidente porque tanto sus inspiradores como sus directores efectivos fueron vallisoletanos y ejercieron como tales a lo largo de toda su vida. Se ha hablado mucho de los inspiradores. En realidad fue un pacto de conveniencia entre dos generosos maestros del 27 –Jorge Guillén y José María de Cossío– que, en plena producción y expansión estética, se encontraron con dos jovencísimos y receptivos poetas –Francisco Pino y José María Luelmo sobre todo– que desde sus albores se sintieron desplazados por aquella preceptiva decimonónica que seguía marcando las pautas poéticas en Valladolid y en muchas otras ciudades de España. Por tanto, dos confluencias para una misma inquietud renovadora.

Invertir la vieja tendencia

Cuando aparece el primer número de Meseta en de 1928, Jorge Guillén ya aunaba dos magisterios a un tiempo: era catedrático de la Universidad de Murcia y era señalado como el purísimo autor de Cántico. Los jóvenes vallisoletanos de entonces respiraban por ese resquicio guilleniano de poesía novedosa que les alejaba, definitivamente, de la retórica del XIX y que por diversas razones en el Valladolid de Zorrilla seguía coleando a principios del XX. Jorge Guillén, por su parte, tampoco perdía ocasión de organizar en Valladolid, a través del Ateneo y del periódico El Norte de Castilla, del que fue crítico literario en su juventud de la Sorbona, actos académicos y tertulias poéticas entre amigos para invertir la vieja tendencia. Otro tanto ocurría con José María de Cossío que ya entonces ejercía de crítico y gestor de la nueva modernidad española. Si a esto añadimos que Jorge Guillén estaba emparentado en segunda línea con Francisco Pino, y que José María de Cossío era íntimo amigo de la madre del joven poeta, no es de extrañar, por tanto, que la levadura vallisoletana fermentara casi por una generación espontánea de la que se nutren las jóvenes generaciones.

La exposición delimita con nitidez las tres épocas que enmarcan la actividad de las revistas vallisoletanas de vanguardia. La primera abarca de 1928 a 1934, 6 años para tres «revistas virginales», según bautizaba Rosa Chacel a Meseta (1928-1929). Ddooss (1931), y A la nueva ventura (1934). Virginales, sobre todo, los 6 números de Meseta porque reflejan los postulados del 27 y recurren a sus autores con una virginal candidez. Años más tarde, cuando ya no había remedio, Pino dirá al respecto que «la Generación del 27 nos invadió, asaltó y aprovechó. Se extendió en nuestras revistas como aceite en papel secante, manchando u honorando —como se quiera— todas sus páginas». Sin embargo Ddooss y A la nueva ventura reflejan postulados diferentes marcando el cariz vanguardista de sus jóvenes directores. Y ello a pesar de la terrible crítica que Juan Ramón Jiménez, enemistado por aquel entonces con todo el 27, lanzara de paso sobre el número 3 de Ddooss: «Lo de Federico García Lorca es ya el truco permanente, una cosa muy floja», señalará el poeta de Moguer con displicencia.

Nuevas formas de expresión

La Guerra Civil dinamita la actividad de las revistas vallisoletanas. De hecho hasta 1941 —la Meseta de 1939, que también aparece en el exposición, es en realidad un peaje de guerra que poco o nada tiene que ver la Meseta de 1928– no aparece Cancionero, que muere ese mismo año, y hasta 1965 con Mejana no volverá a recuperar de hecho un espacio realmente vanguardista. Ambas revistas, por tanto, marcan un periodo transitorio hacia nuevas formas de expresión. La tercera época coincide plenamente con una estética neovanguardista y se inaugura con la serie Carpeta Amarillas en 1971. Siguen inmediatamente Carpeta Blancas en 1975, Carpetas Grises en 1976, y Carpeta Verdes en 1978. En esta ocasión Pino, alejado de lo que llamaba «un ridículo Olimpo», será el único director visible de las revistas que en solitario arriesga poesía y porvenir.

Y claro, la exposición demuestra que, efectivamente, las revistas vallisoletanas rezuman vanguardia de la primera a la última página. Los movimientos literarios de la denominada Vanguardia histórica el futurismo, el surrealismo, el creacionismo, etc– pasaron de algún modo por estas revistas en su intento por renovar las formas y los contenidos poéticos sin olvidar, claro está, la asimilación al proceso lingüístico de otras expresiones artísticas. No fueron las únicas revistas que lo intentaron —en los años treinta hubo en España una proliferación notable que no cabe enumerar ahora—, pero sí las únicas que, a lo largo de 50 años —y poco importa su intermitencia—, mantuvieron el banderín de enganche del vanguardismo como si se tratare de una apuesta irrenunciable. Esto se explica por una razón elemental: porque en la punta de lanza de las mismas siempre hubo un vanguardista vocacional como Pino que, además de revistas, hizo obras de vanguardia. Algo que no ocurrió con la mayoría de los poetas españoles, como es de sobra conocido. Por esto mismo, cuando en los años sesenta se produce un nuevo brote de proceso vanguardista, las revistas vallisoletanas, como bien demuestra esta exposición, estaban ahí con todas sus consecuencias.