Fernando Conde - Al pairo

Abrigos para el frío

«En esas antesalas de la muerte hay miles de viejos muebles humanos como él, arrumbados en rincones, aparcados en sillas de ruedas, posados en sofás que se hunden por el peso de la espera»

Fernando Conde
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José Antonio vive en una residencia de ancianos. Le llevó allí el tiempo, que a él le sobraba por todas partes y a sus hijos les faltaba a todas horas. Nada que reprocharles. Las cosas son así ahora, amigo mío. José Antonio es sólo uno más. En esas antesalas de la muerte hay miles de viejos muebles humanos como él, arrumbados en rincones, aparcados en sillas de ruedas, posados en sofás que se hunden por el peso de la espera. La suya es una residencia normal, de las de clase media, podríamos decir. El trato allí es humano, cuando pueden dispensarlo, y la comida… ni de tres estrellas Michelín ni tampoco de las de un famélico tenedor. Una cosa terciada y digna, dice José Antonio justo antes de ponerse a filosofar sobre la vida. Esa vida que ya no le importa a casi nadie: ¡Y qué vas a hacer...! Bastante tienen los chicos y las nueras con sacar adelante a los tres churumbeles. El pequeño tiene dos y el mayor uno; los tres, chicos. Son buena gente, educados y de ley. Quizá los tengan un poco mimados, eso sí. Pero es normal, tienen que suplir el regalo del tiempo con la dádiva del capricho. ¡Qué van a hacer!

José Antonio raya los ochenta. Enviudó un día de enero, hace veinte años. Un ictus… y la vida del revés. Saqué adelante como pude a los dos. Me lo agradecen. Vienen a verme cuando pueden, aunque hay semanas que les coincide mal a los dos y aquí ando, a la espera de que pase pronto. Y yo me pregunto que qué es lo que querrá que pase pronto, ¿la vida, el tiempo, la semana in albis…? Cuando vienen a verme, a veces traen a los nietos. Esta juventud va por mal camino. Te lo digo yo. Me besan como autómatas, enfrascados en sus pantallas. Y así pasan la visita, que suele ser corta: cenas, compromisos, compras de última hora. Ya sabes, papá, los días de diario no dan para nada.

A José Antonio se le encharca el azul bajo las gafas. Cataratas, me advierte, pero no voy a operarme. ¡Pa lo que hay que ver!, sentencia cáustico. ¿Sabes una cosa?A veces me quedo observando a mis nietos y recuerdo cuando yo era joven. Y pienso en cómo puede ser que nosotros, con tan poco, tuviéramos tanto, y en cambio ellos, con tanto, tengan tan poco. Será que tiene que ser así.

José Antonio mira por la ventana del salón comunal. Parece que hace frío ahí fuera, ¿no? José Antonio se vuelve y me mira un segundo. Se echa la mano al pecho. Aunque para frío, amigo, éste de aquí. Para este no hay abrigo.

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