Nicolás sujeta su título de Naútica jutno con un cuadro del barco «Mirenchu» donde pasó la luna de miel
Nicolás sujeta su título de Naútica jutno con un cuadro del barco «Mirenchu» donde pasó la luna de miel - A. Pérez Herrera

Nicolás, el marinero de La Mancha

Este vecino de El Romeral ha pasado 33 años surcando los mares. Primero en barcos madereros y luego en petroleros

ToledoActualizado:

El primer día que Nicolás García Villalobos (El Romeral, 1937) comenzó a trabajar, sus compañeros hicieron una apuesta. «Este de La Mancha se va a marear bien pronto». Sus quinielas fallaron y no solo aguantó estoicamente su primera jornada laboral, sino que no se desvaneció nunca en los 33 años que pasó surcando mares y océanos de todo el planeta como marinero.

Pero, ¿qué le lleva a un vecino de La Mancha a ser marino? «De pequeño siempre quise ser farmacéutico. De hecho -recuerda-, un día hicimos una excursión a Sevilla y todos mis compañeros se fueron a ver el puerto (nunca antes habíamos visto el mar) menos yo, que me quedé en el hotel. A raíz de aquella visita, un amigo me preguntó: ‘¿Por qué no nos hacemos marinos? Y acepté. Mi único requisito era que no tuviera nada que ver con lo militar», recuerda. Y, a los tres meses, este romeralino estaba estudiando náutica.

Se embarcó en un buque maderero en Valencia rumbo a Guinea Ecuatorial el 21 de noviembre de 1959. Transportaba bloques de madera. Veinticinco meses duró su primer viaje. Y así pasó once años de su vida. Después, cambió los navíos españoles por los petroleros extranjeros. El trato humano, la remuneración y las vacaciones fueron las razones de esta permuta.

Pero no es oro todo lo que reluce; la soledad es la cara más amarga de esta profesión. «La separación de la familia era lo más duro. Había veces que te ibas al camarote y te quedabas mirando los mamparos (paredes) y te decían: ‘Se te va a quedar cara de mamparo’».

El 30 de mayo de 1966 contrajo matrimonio con su novia, Pepita. La luna de miel la pasaron en el barco «Mirenchu», un navío de carga general en el que recorrieron el Canal de la Mancha. «Fue la única vez que mi mujer montó en barco y se mareó tanto que juró que no volvería a montar en uno», espeta. De ese viaje nació Luis Fernando, su primer hijo. Al joven fue el único que le «picó el gusanito» de ser marino pero, cuando comprobó «en sus carnes» cómo era la vida en el mar, se desencantó. Y cambió el timón del barco por la sociología.

Como anécdota, Nicolás recuerda que, en la época de Franco, él se encontraba de viaje en Rusia y le enviaron un telegrama para informarle del nacimiento de su segunda hija, María José. «Los rusos pensaban que era algún tipo de clave y no me enteré hasta una semana después del nacimiento. Cuando regresé a casa del viaje, mi hija ya caminaba».

Nicolás se lamenta de que, debido a las largas temporadas que pasaba en el mar, no ha podido ver crecer a sus tres hijos. Porque, además de María José y Luis Fernando, este marinero jubilado y viudo, presidente de la asociación «Romeral Vivo», tiene otra descendiente, Gemma. «Cuando regresaba a casa me miraban con caras raras en plan ‘¿quién es este hombre?’ y, cuando me acercaba a mi mujer, nos separaban». Nicolás no ha visto crecer a sus hijos, solo ha podido estar con ellos en momentos puntuales, como en sus bodas; por eso ahora está dando a sus ocho nietos todo el cariño que no pudo dar a sus hijos.

Nicolás posa en el jardín de su patio, con tintes marineros
Nicolás posa en el jardín de su patio, con tintes marineros - A. Pérez Herrera

A sus 81 años, es una persona con una gran vitalidad que «pocas veces» se ha puesto enfermo. Quizá en ello haya influido su «dieta de bacalao» y respirar la brisa marina. «Habré comido más de una tonelada de bacalao en toda mi vida y lo sigo comiendo ¡no me canso!». Como no existían cámaras frigoríficas, comer carne en alta mar era tarea complicada. Por ello, en muchas ocasiones, «llevábamos los animales vivos y los matábamos en el barco para poder comer carne fresca».

«Sentí mucho miedo»

¿En alguna ocasión llegó a temer por su vida? «La única vez que sentí miedo fue en el Mar del Norte. Había un horrible temporal que balanceaba bruscamente el barco mientras la tripulación pedía ayuda. Yo estaba de capitán (con 17 años y una semana en el cargo); me despedí de mi familia mentalmente. Sentí mucho miedo».

Pero los «malos ratos» se diluyen en su memoria cuando Nicolás recuerda el mejor regalo que pudieron traerle los Reyes Magos. «Había una marejada muy fuerte y regresábamos de Rumanía cuando vimos una bengala a lo lejos. Era de un oficial francés que había salido desde Menorca para dar una vuelta con su barco. El temporal lo había volcado y llevaba a la deriva desde el 22 de diciembre. Nosotros lo recogimos el 5 de enero al sur de Córcega. «Siempre he dicho que salvar a esta persona es el mejor regalo de reyes que he tenido nunca».

Nicolás y Pepita, el día de su boda
Nicolás y Pepita, el día de su boda- A.P.H.

En sus años como marinero, Nicolás ha recorrido todos los puertos del mundo salvo la costa que comunica California con Hawái. «Me he quedado con esa espinita y muchas veces pienso que me iría a trabajar allí pero, eso sí, solo una breve temporada. Ahora, lo más lejos que voy en barco es al islote de Benidorm», sonríe.

Si volviera a nacer, ¿escogería de nuevo ser marinero? «Sí, aunque en mi mente siempre ronda la idea de ‘y si hubiese sido farmacéutico...’». Quizá, en este caso, no habría conocido a la sirena con la que compartió su vida. «Una vez, un niño me preguntó si había visto una sirena. Le dije que sí, una vez, y me casé con ella».