El doctor Marañón, en su biblioteca del Cigarral de Menores - ABC

Elogio y nostalgia de Marañón. Pervivencia de sus valores

«Nos parece que, en Marañón, lo humano y lo intelectual se enlazan en un todo inquebrantable, donde caben la fe, la ética, la estética y la política, la relflexión, la acción y la convivencia»

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El Elogio y nostalgia. Lección que trasciende la vida de la fama. Más persona que personaje. Más ideas que ideología. Más liberalidad que liberalismo. Emoción de quien escribe versos al amor de su vida. Sencillez de quien se interesa por la salud de sus vecinos en el barrio de San Martín. Atrevimiento y autoridad para que, en tiempos de pasiones, un anarquista preste ayuda para salvar a un derechista. Importa la razón vital, el argumento que distingue el claro intelecto de quien pisa el suelo, por más que el prestigio alcance cotas superiores. La vanidad no le cegó ni la ambición le pudo. Por eso, tras mucho leer, concluimos este elogio y nostalgia con la aseveración de que la esencia –y la existencia- de Gregorio Marañón y Posadillo tienen más de humanidad que de humanismo. En estos rasgos apuntados sobre los pilares de la emoción, de la consideración de la persona, la liberalidad, la inteligencia y el mirar más al otro y a lo otro que a uno mismo, encontramos la fórmula que distingue su personalidad y singulariza su obra.

Humanidad, como lección, es lo que apreciamos en su vida y en su obra, cuya caracterización bajo el signo del intelectualismo ha podido velar la dimensión de su figura. Nos parece que, en Marañón, lo humano y lo intelectual se enlazan en un todo inquebrantable, donde caben la fe, la ética, la estética y la política, la reflexión, la acción y la convivencia. Su identidad viene marcada por una correspondencia biunívoca entre conducta y pensamiento, entre emoción y cavilación. Y todo ello deriva en un carácter conciliador en lo humano y sincrético en lo intelectual, que encontró su ámbito espacial, emocional y factual en Toledo, y su vehículo de transmisión en la magnanimidad, como actitud vital, y en la lengua española, sometida a un estilo personalísimo y con alto valor estético.

Infancia: hacia Toledo

Resulta paradójico que Marañón fuera un niño inhibido por la timidez, reconcentrado en el carácter, tendente al silencio, tal vez inducido por una leve tartamudez y por la temprana muerte de la madre, cuando él contaba tres años. Este episodio le haría ver en la madre la encarnación de la generosidad y, en el parto, la imagen recta y metafórica de la búsqueda de la verdad, del ejercicio de la dignidad, del sentido de la vida. La intrahistoria familiar se teje con el círculo de amigos del padre, al que pertenecen Menéndez Pelayo, José María de Pereda y, sobre todo, Pérez Galdós, a quien se refiere cuando afirma: “Una parte importante de la formación de mi espíritu está vinculada a la convivencia con don Benito Pérez Galdós y su familia”. Las largas horas de lecturas en la nutrida biblioteca del padre y la sugestión producida por la presencia de estos prohombres en el ámbito doméstico fueron determinantes en la configuración de su personalidad. Siempre se sentiría deudor de aquel periodo formativo. En la relación que le unió con Pérez Galdós está presente la bruma del sentimiento, un celaje que la sitúa entre lo histórico y lo legendario. Parece que fue el novelista quien le despertó la vocación por la medicina y, muy tempranamente, el afán humanista: “La juventud vuelve los ojos a la cultura antigua y universal; no la del simple saber cosas pretéritas para almacenarlas (...), sino la de sentir lo que nos rodea con un criterio de eternidad, con la seguridad de que todo el progreso se apoya en postulados de comprensión, de generosidad, de tolerancia, que son y serán siempre los mismos; y esto es Humanismo”. El humanismo en Marañón no es intelectualismo, sino bonhomía, es esperanza optimista en vez de desesperación, investigación en lugar de dogma o creencia, verdad frente a ignorancia, alegría como superación de la culpa, tolerancia sin miedo, compasión sin egoísmo y razón frente a toda ceguera. «La verdad estricta o aséptica –escribe- se logra –o se cree que se logra– con la razón. Pero la verdad eficaz y viva solo se conquista por el camino del bien». El maestro, el docente, el mentor tiene, en último extremo, una función social, política, civilizadora: «El humanismo se manifiesta en la comprensión, la generosidad y la tolerancia, que caracteriza a los hombres impulsores de la civilización. Hay que clamar para ensalzar el humanismo, pedir y desear que la juventud sea humanista, o, al menos una parte de ella, que bastaría para que se salve el mundo».

También debe Marañón a Galdós su primer contacto con Toledo. La ciudad, rica en leyendas, ha alimentado ese primer encuentro, al amparo de un proverbial destino que Marañón nos relata así: «Porque yo también, como el gran pintor (El Greco), emigré a Toledo sin saber por qué, por ese instinto que atrae a los hombres, como a los pájaros (...) a lugares donde el destino ordena que nuestra obra se va a cumplir». Probablemente atraído por la definición de Galdós sobre Toledo como «síntesis de la historia de España», llegó éste a la ciudad, a la que percibió no como un compendio histórico, sino como toda una incoación de la naturaleza humana. Los datos nos dicen que, en 1922, adquirió el Cigarral de Menores, fundado en el siglo XVI por Jerónimo Miranda Vivero y ligado a nombres como el cardenal Quiroga, Felipe II o Bécquer. En el cigarral rubricó Marañón su amor por la ciudad y por su propia esposa, Lola, pues dio al cigarral el nombre de «Los Dolores». Desde este lugar podía divisar la belleza de la «peñascosa pesadumbre». En este locus amoenus compuso la práctica totalidad de su obra. Y en él, como academia platónica, dio acogida a innumerables intelectuales, científicos y políticos. De 1922 a 1960 -con el intervalo comprendido entre 1936 y 1942 en que permaneció fuera de España-, ofreció Marañón banquetes a lo más granado de su tiempo. Aparte de las frecuentes visitas de Unamuno, García Lorca, Azorín, Pérez de Ayala, Ortega y Gasse, fueron agasajados en el cigarral Leopoldo Matos, ministro del Gobierno Berenguer, Ángel Ossorio, de los republicanos del Gobierno Provisional; el Presidente francés, Edouard Herriot junto con Manuel Azaña; Martínez Barrios, la condesa de París, la emperatriz Soraya, el rey Humberto de Italia, el Príncipe heredero de Rumanía, Marie Curie, el doctor Fleming, Enrique Larreta, el premio Nobel Walksman, André Maurois, el conde Keyserling, Sir Howard Florey, H. G. Welles, Duhamel, Jean Cocteau, Nicola Prende, Steinbeck… Parece indudable que Marañón quería fundar un cenáculo en que confluyeran las mejores cabezas de su tiempo, para que, en contacto con Toledo, espacio cuya belleza y mensaje compendia el destino más elevado del hombre, surgiera una orientación humanística y humanitaria para el mundo.

MARAÑÓN ALCANZÓ EN TOLEDO LA SAZÓN DE SU ACTIVIDAD CLÍNICA, DE SU CREATIVIDAD Y DE SU PENSAMIENTO

Cuando Marañón se ubica en Toledo, atesora un amplio bagaje formativo con una percepción extensa y profunda de lo humano. Para recorrer el camino de la indagación clínica y humanística cuenta con la endocrinología y la psiquiatría, el estudio de la personalidad individual y de la mentalidad social, y agrega la literatura, la filosofía y la historia al instrumental médico que permite operar el cambio en la salud del individuo y en la del colectivo: “La enfermedad no es solo la inflamación o el deterioro de tal o cual órgano, sino todo ese mundo de reacciones nerviosas del sujeto enfermo, que hace que la misma úlcera de estómago, por ejemplo, sea una enfermedad completamente distinta en un segador y en un profesor de filosofía”. El médico, por tanto, no es solo sanador del cuerpo, sino también del espíritu, individual y grupal. Y, en consecuencia, no opera solo con categorías científicas, sino también con los afectos, dejando que su fondo emocional, su entusiasmo, su fe, lo guíen: “Los médicos nos damos cuenta de que hay un margen en torno de cada trastorno que solo se deja atacar por la brecha ideal y misteriosa de la sugestión. Y esta fuerza, que creo debe llamarse extracientífica, depende, en último término, de una sola cosa: del entusiasmo del médico, de su deseo ferviente de aliviar a sus semejantes; en suma, del rigor y de la emoción con que sienta su deber”. En esto reforzamos nuestra idea de «humanidad». Por ello, al hablar de la responsabilidad profesional del médico, que él se arrogó en la práctica de la medicina asistencial e investigadora y en los ensayos humanísticos, distintas ramas de un mismo tronco, señala: «(…) por mucho que quiera [el médico], su ciencia seguirá siendo una ciencia embrionaria, llena de lagunas e inexactitudes. Y estas solo se pueden disimular con amor». Es el amor el aglutinante esencial, gratuito y arbitrario, que nos vincula con nuestros semejantes. Esa pulsión puede entenderse como dinamizadora de la actividad creativa de los poetas, por ejemplo, de la Academia del Conde de Fuensalida, tal como él la estudió en un artículo clave para conocer el petrarquismo español. Marañón alcanza en Toledo la sazón de su actividad clínica, de su creatividad y de su pensamiento, en esa fusión interdisciplinar que le hace adoptar el mismo prisma en el diagnóstico presencial que en el ensayo histórico. Sus ensayos biográficos, que lo son también biológicos, y que hoy podemos llamar psicoanalíticos, constituyen un corpus científico de su estudio de lo esencial humano, del acercamiento al ideal de pensamiento y conducta en las figuras de Huarte de San Juan, Luis Vives, Feijoo, Gaspar Casal, o en su desviación en los personajes de Enrique IV de Castilla, el Conde Duque de Olivares, Antonio Pérez, Tiberio… Sin embargo, pese a sus acercamientos científicos, a sus hallazgos historiográficos y médicos, es consciente de que la verdad de lo universal humano escapa a los dominios de lo racional y de lo empírico. Para alcanzar la verdad universal es necesario dar lo que Kierkegaard llamó el salto de la fe, trascender las fronteras de la experiencia y de la razón, adentrarse en la mística. Toledo muestra, como ningún otro lugar, esa vía que está presente en su aura, y un hombre supo plasmarla con genio inimitable: El Greco.

Toledo a lo divino

En el año 1956, Marañón entra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando –perteneció a cinco Academias. Eligió un discurso sobre El Toledo de El Greco. Había encontrado la ocasión idónea para llegar al culmen de su sincretismo, a la última etapa de su indagación sobre ética y estética. En aquel discurso, como en el ensayo El Greco y Toledo, Marañón se hace eco de las ideas que Maurice Barrés había vertido en El Greco o el secreto de Toledo sobre el misticismo oriental del pintor, fundido con el ascetismo castellano y el sentido judío de la trascendencia, rasgos todos ellos ostensibles en Toledo. El Greco y Toledo eran una sola alma. El pintor cretense había plasmado con profunda expresión plástica las imágenes arrobadas de la mística carmelitana. Esta tesis, defendida también por Cossío, era indudable en su tiempo, y no obstante, da un paso de enorme trascendencia en su alocución ante la Academia: los modelos de las figuras religiosas de El Greco habían sido los acogidos a la caridad en la Casa de los Locos, en el Nuncio Viejo. Este texto escrito en las postrimerías de su vida habla por sí mismo de su energía intelectual y de su amor constante a la ciudad. Aún tuvo tiempo de ejercer su proverbial hospitalidad con Marino Gómez-Santos, quien lo acompañó, en el cigarral, durante la última etapa, recabando datos para una biografía. Es el propio Gómez-Santos quien nos refiere la siguiente noticia: “La última tarde del doctor Marañón en el Cigarral la dedicó a la lectura; habló poco. A la puesta del sol permaneció absorto en la contemplación de Toledo, que aparecía con negras nubes de tormenta, dando a sus edificios espectrales un color de plata vieja. En aquel momento de profunda y melancólica emoción ante el espectáculo impar que tenía ante los ojos, cruzó por su mente quizá un pensamiento premonitorio de su próximo fin. Con palabras claras y bien articuladas dijo: «Toledo, luz de mi vida».

Valor de Marañón hoy

Elogio y nostalgia, sí. Sin embargo, el verdadero valor reside en lo actual de su pensamiento, de su modus vivendi social. La apertura de sus ideas, que trascienden el marco estrecho de las ideologías, abraza como objetivo el bien de las personas y el progreso de la sociedad. Su razón es esencialmente práctica y permite actuar sin dilación y con argumentos sobre las circunstancias. La moral social, más que una ética teórica, orienta sus decisiones. La curiosidad, el asombro del que nace el pensamiento, le lleva a una indagación permanente para asentar el saber y abrir vías al conocimiento. Y Toledo, esencia, espíritu y cuerpo, es el espacio en el que se resume el mundo y desde el que, con criterio proporcionado y necesariamente exento de ocurrencias, es posible abrazar el universo. Estos valores sociales, adelantados a su tiempo, perviven, como lección humana y humanista y como referencia, en nuestro mundo de hoy, son su herencia.