Antonio Illán Illán

Tebas Land: encuentro con la dignidad humana y teatral

La condición humana está ahí, presente, en cada palabra, en cada explicación, en cada mirada, en cada gesto

Antonio Illán Illán
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Título: Tebas Land. Autor: Sergio Blanco. Dirección: Natalia Menéndez. Intérpretes: Pablo Gómez-Pando y Víctor Sevilla. Escenografía y vestuario: Alfonso Barajas. Videoescena: Álvaro Luna y Bruno Praena. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Producción: Salvador Collado/Euroescena. Escenario: Teatro de Rojas.

Tebas Land es una obra absolutamente contemporánea por más que beba en el mito clásico de Edipo y lo utilice como metáfora para tratar de justificar la tragedia de un parricidio. Aunque ese eje que desencadena la acción nos lleva por un jardín de caminos que se bifurcan hasta encontrar la dignidad de las emociones y la comunicación entre personas que no parece que estén en disposición de comunicarse nunca. Será precisamente el hilo de las emociones el que conduzca a los espectadores a considerar, como Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no comprende.

El muy reconocido, premiado y exitoso autor franco-uruguayo Sergio Blanco ha escrito una obra que resulta un ejercicio ejemplar de metateatro (teatro dentro del teatro); sin embargo no se confunde ni engaña al espectador, que en todo momento sabe distinguir entre la realidad que se cuenta y el teatro que la interpreta. La trama es compleja pero los hilos no se enredan. Un dramaturgo va a crear una obra a partir de la figura de un joven parricida preso en una cárcel; busca un realismo tal, que pretende que sea el mimo joven preso el que represente su propia historia; luego las cosas se tuercen y habrá de buscar un actor que represente el papel del parricida, aunque con tanta identidad que casi llegan a confundirse ficción y realidad. La sucesión de realidades contadas, de sensaciones vividas, de introspección en el alma del joven, de comunicación y acercamiento entre autor y preso nos lleva a conceptuar al criminal como víctima. En la realidad muchas veces las cosas no son como parecen. Cierto que hay un parricidio y mucho sufrimiento del protagonista antes de dar muerte al padre, cierto que se retrata la crudeza de los malos tratos en la familia. Sin embargo, luego vamos descubriendo con qué facilidad el dramaturgo en la ficción induce al joven preso a transitar por caminos ignorados, como la literatura (el mito del Edipo del drama de Sófocles, y el complejo del mismo nombre freudiano), Dostoievski (Los hermanos Karamazov y el propio Dostoievski con su epilepsia), la música (Concierto para piano n.º 21 de Mozart y Amada, amante de Roberto Carlos). Y todo nos lleva a vislumbrar el descubrimiento de unas relaciones humanas positivas que pudiera ser que hasta el amor alcancen.

Los encuentros entre autor y parricida en la prisión, en una cancha de baloncesto le sirven para escribir unas escenas que inmediatamente interpreta el actor contratado a tal efecto. Plano real y plano imaginario se suceden. El parricida y el actor que le da vida son papeles que dobla Víctor Sevilla con una versatilidad manifiesta para diferenciarse, al principio, y para reencarnarse, al final.

Entre los dos personajes se produce un intercambio muy interesante y no sabemos quién sale más enriquecido con él; lo que sí es seguro es que el dramaturgo acaba más «tocado» y, en cierto modo, sin ceguera alguna, arrastrado a seguir atado emocionalmente al parricida. «Matar al padre», algo que todos hemos pensado alguna vez, es aquí más que una metáfora.

En esta obra de Sergio Blanco quizá podemos atisbar la simbiosis, o quizá mejor el sincretismo, del síndrome de Estocolmo y el complejo de Edipo, con la reescritura del drama clásico Edipo rey.

Metidos de lleno en las acciones que se suceden con un ritmo trepidante, lo que importan son los distintos encuentros que mantienen en la cancha de la prisión el joven parricida. En esa ascensión emocional vemos que la acción se preocupa menos de la reconstrucción del crimen y más de la representación escénica de los encuentros entre ambos personajes. Lo que empieza siendo la indagación en el alma de un criminal en busca de la cruda realidad acaba por convertirse en un encuentro poético y terapéutico entre dos personas con alma que crecen en humanidad, en afectos y en valores. La realidad es menos importante que su representación, aunque en Tebas Land todo está arquitectónicamente tan inteligentemente construido, que realidad y representación no se confunden.

La condición humana está ahí, presente, en cada palabra, en cada explicación, en cada mirada, en cada gesto. Hay reflexión, y no poca; y hay verdad en ese desnudar el teatro para sentir la cruda realidad de la palabra despojada de artificios. La tragedia no impone su ley, sino su circunstancia. El final abierto es lo más justo. Ni solución jurídica, ni solución emocional. Todo queda un poco, como en la canción de Dylan, escrito en el viento.

Tebas Land no es un texto cualquiera; escrito en 2012, fue estrenado en 2013 en Montevideo. La obra ha sido declara de interés cultural en Uruguay. También ha sido premiada como mejor producción en los Off West End London Awards de 2017. Lo merece.

Estupenda acción teatral de una dramaturgia compleja, muy bien resuelta por Natalia Menéndez en la dirección y por unos actores que crecen como gigantes en el escenario. Han convertido el texto del uruguayo/parisino Sergio Blanco en una joya que conmueve y fascina.

La propuesta de Natalia Menéndez ha sido la de construir un puzle haciendo evidentes todas sus piezas: lo social, lo emocional, lo administrativo (esos detalles de los documentos oficiales para dar verismo a la historia), lo crítico (los encierros físicos y mentales, como castigo, frente a la idea de rehabilitación), lo creativo, lo ingenuo, lo imaginativo, lo tierno, lo trágico, lo humorístico, lo “gore” (en la descripción/representación del parricidio), incluso lo amistoso/amoroso. Todo se monta sobre el indiscutible eje de la palabra, del caudaloso diálogo entre los dos actores (tres personajes), que mantiene la frescura y el interés por lo que sucede o se cuenta en la escena, superando la barrera física establecida (el enrejado es casi un personaje más con toda razón) por la impactante escenografía de Alfonso Barajas. Y junto a la palabra, me alegra señalar la importancia de la música como elemento motivador que une a las personas.

Que la obra es buena ya ha quedado reflejado en lo escrito. Pero la excelencia de la misma se logra en la interpretación. Y ahí han estado Pablo Gómez-Pando y Víctor Sevilla. El primero, Gómez-Pando, con una perfecta naturalidad creciendo y haciendo notar el paso equilibrado del arte a las emociones; los cambios de registro en los diferentes planos no le llevan a la sobreactuación y se balancea perfectamente entre la realidad, la ternura, el enfado o la indignación, la sorpresa o el afecto. El segundo, Víctor Sevilla, hace notar su condición social y su sentimiento, cuando encarna al parricida, incluso con el abundante empleo del vulgarismo “dijistes”, y crece con el personaje principal y con el desdoble en el actor que lo interpreta. Excelentes ambos.

El público, de pie, aplaudió con largueza una obra y una representación que le dejó satisfecho. Vaya también el mío desde aquí.

Un aplauso también para el valiente productor Salvador Collado, que no se arredra ante nada, como lo de muestra con esta apuesta nada fácil.

El Teatro de Rojas ha acertado con la programación de Tebas Land, teatro de actualidad, pero del bueno.

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