Raúl Torres en la tertulia del café Ruiz
Raúl Torres en la tertulia del café Ruiz
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Raúl Torres, una historia interminable

«Pinta una Cuenca vertiginosa con ecos de Goñi y de los dibujantes de La Codorniz»

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Es en sí mismo considerado, todo un filandón, un decamerón y un heptamerón juntos, una compilación de mil y una noches, un cuento de nunca acabar, la never ending story: cronista universal de ese rincón rocoso y bravío, una ciudad llamada Cuenca, que lanza a los espacios siderales desde la ribera de sus verdes ríos verdaderos chopos o lanzaderas de la imaginación. Raúl es el eslabón, felizmente no perdido, que conecta con las vanguardias del siglo XX, con César, Federico y Carlos (González Ruano, Muelas y De la Rica). Raúl representa la transmisión, la continuidad en Ruiz cada mañana de las tertulias del propio Ruiz y del Colón, pero también del Bergantín de la Vela Roja, del Gijón, del Lyon, del Pombo, del Levante, de todos los gloriosos cafés literarios del siglo XX, incluidos los muy anteriores a su llegada a Madrid.

Raúl era además amigo y discípulo de los más grandes: de César, de Cela y de Umbral, a los que siempre procuró aproximar desde su conquense atalaya. Probablemente, es el escritor que más ha hecho por poner a Cuenca en el mapa de la gran literatura y por vincular a ella a los grandes de las letras. Al tiempo, no ha dejado nunca de fomentar y animar las vocaciones incipientes.

Cuenca, por Raúl Torres
Cuenca, por Raúl Torres

Hace años, Raúl, que es humorista pero ante todo generoso y amigo de animar a las personas que se aventuran por el incierto y más bien proceloso golfo de las letras, te preguntaba en qué andabas y te ofrecía de inmediato un premio o un viaje, e incluso las dos cosas juntas. Hoy se limita a preguntarte si has escrito algo desde la última vez que lo viste.

Una vez, a mediados de los 90, me llamó para decirme que yo había ganado, al fin, un premio literario y además, de cierto nivel, un premio literario del que él era jurado. Fue harto sincero: los otros dos miembros del sanedrín tenían sus firmes e inamovibles candidatos y como era imposible cualquier atisbo de acuerdo, él me propuso a mí para el primer premio y los otros dos quedaron como accésits, ya que, según me dijo, halagando en extremo mi vanitas (que también la tengo, claro), mi selección de columnas era lo mejor de los tres. Me vino entonces a las mientes el don Quijote experto en certámenes y academias cuando le dice al hijo del Caballero del verde Gabán, estudiante y poeta febril, que el primer premio siempre se debe al favor (hoy diríamos enchufe o amiguismo), siendo en realidad el segundo el primero de verdad en cuanto al mérito. No digo que fuera tal mi caso pero, desde luego, casi todo está en el Quijote, ante todo en cuestión de letras.

Conozco a Raúl, ya digo, desde hace décadas, desde los 80-90, hemos compartido años de actividad en la antigua Academia (toda academia lo es por naturaleza) y siempre lo tuve por maestro en un doble fervor: el de Cuenca (con el aura mágica de Contrebia) y el de Borges. En los momentos de bloqueo o desfallecimiento, Raúl te inoculaba la pasión por la literatura. Una literatura que siempre percibí próxima al realismo mágico pero conectada también a la vida, a las personas, a la gente; al humor, al beso, a la sonrisa. Siempre me ha gustado de Raúl, como escritor y como ser humano, su sentido lúdico, el hedonismo de su mirada, el lado disfrutón de su persona y de tantos de sus escritos.

Dibujo de Torres
Dibujo de Torres

Estos últimos años, hemos pasado muchos ratos en el café Ruiz, en el corazón de Carretería, en lo que cariñosamente él ha llamado «la tertulieja», donde hemos compartido (junto con Josefina, Eulalio, Jaime, Miguel, Cristian, Mateo y algunas otras y otros) la pasión por el juego de palabras y por las historias pasadas o futuras, y además recibido el ocasional regalo de sus dibujos y láminas. Raúl, como Carlos, como Federico (García Lorca, en este caso), como Alberti, tiene además del don de la palabra, el de la imagen y pinta una Cuenca vertiginosa con ecos de Goñi y de los dibujantes de La Codorniz.

Raúl Torres ha publicado decenas de libros (novela, poesía, ensayo, guías) con títulos tan sugestivos como: El viajero del Huécar, El buscador de sueños, Viaje a las Alcarrias, Salón del estanque, Cela y Cuenca (Cela y yo), Invitado al vacío, César González Ruano (un decenio en Cuenca), Cuentos de hadas conquenses… Representa toda una vida consagrada a la creación y a la difusión literaria. Ahora le dan un homenaje en su pueblo natal,Cañada del Hoyo, encrucijada de antiguas luchas nobiliarias, de carlistas y de maquis. Desde su castillo, allende el mar de pinos y el Pico Ranera, se presienten los viñedos utielanos y las planicies litorales del Mediterráneo. ¡Cuántas historias contadas y por contar! Ahora no es Raúl su cantor o contador sino el asunto o materia de las mismas. No voy a poder estar físicamente, Raúl, pero sí literariamente, a través de estas palabras, de esta columna,

¡Salud y literatura, maestro!