Elvira Daudet
Elvira Daudet
NECROLÓGICA

Elvira Daudet, mujer a sangre abierta

Aunque ejerció el periodismo a carta cabal, su gran pasión fue la poesía

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«Ella tan familiar, tan dulce y necesaria,/ sería la libertad, si no fuera la muerte». Son los dos versos con los que cerró su Poesía Completa (Evohé, 2016). Elvira Daudet, periodista y poeta murió el pasado 2 de junio. Venía jugando con la certera los últimos tiempos. La burló en ocasiones. Su fragilidad física hacía más evidente a los cercanos lo poderoso de su voluntad, la arcilla de su inteligencia. El mar y los amigos la sostenían. Jaime, Paloma, Rafael, Isabel… y Málaga, por citar. Conquense de nación (1938), hija de padres libertarios, pasó su juventud en Sigüenza: esa ciudad de tan dormida piedra como su Doncel, decía. A la que amaba. Fue allí donde despertó a la pasión de escribir. Apareció en el Gijón hacia 1957 con el pronto desparpajo de ser. Hizo del periodismo su casa y alimento. Durante muchos años dominó la última de «Pueblo» con sus reportajes. También escribió en estas páginas de ABC y en «El Independiente». Corresponsal en Roma durante los años del plomo, desde allí narró las muertes de Aldo Moro y Pasolini. Pero no hablaba de ello. Su última pasión fue su primera, la poesía.

Sus poemas eran pólvora encinta. «Estoy pariendo el mundo» es su verso inaugural. Mujer, mujer siempre y a sangre abierta, más allá de modas incisivas, no es posible entender su poesía sin esa consideración. Si por Crónicas de una tristeza logró el González de Lama y El don desapacible (1994) fue su mayor proyecto, con Terrenal y marina su voz alcanzó el cráter íntimo de la verdad. Luego el silencio. Jaime Alejandre la rescató para todos en 2010. Una lectura en «Libertad 8» de su Cuaderno del delirio produjo la explosión. Pocas voces tan creíbles al contar las agujas del desconsuelo, del desamor. Pocas tan capaces de transitar conciencias, de transportar limpias las altas emociones. Sus lectores la multiplicaban. La hicieron tan feliz como era preciso, revivir.

Recuerdo en Cuenca, celebrando juntos una calle a ella dedicada. Las ediciones se sucedían mientras su cuerpo débil la negaba. Ha muerto una gran dama de la poesía, de la vida. Tuve la suerte de vivir con ella horas y palabras. Y guardo dentro la alegría de nuestra amistad. Vaya para Isla, Río y Álvaro, sus hijos, mi abrazo. Y el de tantos. Siempre Elvira.